La ruina de don José Escrivá, padre de Josemaría, le obligó a buscar otro trabajo y lo encontró en Logroño, adonde se trasladó toda la familia en 1915.
Un día de invierno, Josemaría salió temprano y vió unas huellas en la nieve: eran de un fraile que caminaba descalzo, para ofrecer al Señor un sacrificio.