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Testimonios

Volver a empezar

Virginia McGough, ama de casa, Cheshire, Gran Bretaña

4 de diciembre de 2002

El aspecto de las enseñanzas de san Josemaría que ha tenido más repercusión en mi vida es la filiación divina. El saber que soy una hija amadísima de Dios, y que todo lo que me pasa ha sido querido o permitido por Él, me da una seguridad maravillosa, una gran paz. Por supuesto, algunas veces (muchas, si soy sincera), pierdo esta paz. Me pongo nerviosa y acabo gritándoles a los niños. Pero entonces las enseñanzas de Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la importancia de rectificar, de volver a nuestro Padre Dios con la confianza de un niño que sabe que su padre está deseando que pida perdón para arreglarlo todo, son maravillosas. Y una vez que le he pedido perdón a Dios, es fácil pedirles perdón a los niños o a mi marido.

No podía permanecer pasivo

James Burfitt, profesor, Sidney, Australia

2 de diciembre de 2002

Nací en una familia católica y, aunque conocí el Opus Dei cuando era joven, nunca me había interesado demasiado. Ya había empezado a trabajar cuando, gracias a un hermano, hice un retiro espiritual. empecé a frecuentar unas clases de formación cristiana y redescubrí la posibilidad de tener una vida de trato con Dios. Me di cuenta de que Dios me había dado mucho y que yo tenía que responder.

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Una aventura genial

Mariana González, maestra, y Germán Iramendi, funcionario bancario, Uruguay

1 de diciembre de 2002

San Josemaría es el “culpable” de haber convertido nuestra vida de novios primero, y de casados ahora, en una “aventura genial”.

Durante el noviazgo seguimos su consejo, “que os queráis, que os tratéis, que os conozcáis; os digo que os respetéis mutuamente, como si cada uno fuera un tesoro que pertenece al otro...”. Es cierto que vivir el noviazgo limpiamente cuesta, pero ¡vale la pena! Hay que aprovechar ese tiempo para hablar. ¿Y de qué hablar? De todo y de nada, de lo importante y de lo trivial, así después de la luna de miel uno no tiene “sorpresas”. Si los novios, en vez de hablar, emplean ese tiempo en manifestaciones de afecto propias del matrimonio probablemente no lleguen a conocerse bien. Era lindísimo pasar horas hablando de nuestro futuro juntos: dónde viviríamos, cuántos hijos tendríamos, cómo los educaríamos. Hablamos incluso de colegios, y hasta tratábamos de predecir cómo sería la convivencia diaria, en qué debería ceder cada uno, en qué cambiar, y muchas cosas más. Procuramos también conocer los defectos del otro para que como decía el Padre “¡...que améis todos los defectos mutuos que no son ofensa a Dios!”.

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Me di cuenta que podía ser buen cristiano, hincha de Peñarol y político colorado

Jorge Barrera, abogado y político, Uruguay

1 de diciembre de 2002

Debo reconocer que por formación familiar siempre fui muy idealista. Viví, nací y crecí con la política y por tanto la discusión de ideas era un tema central. Siempre me consideré un idealista y por tanto defiendo la convicción que me fuera inculcada por mis padres de que la vida tiene sentido si uno se la juega por un ideal.

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El gol se lo dedicaba a Dios

Ignacio González, futbolista profesional y estudiante, Uruguay

1 de diciembre de 2002

Al fútbol se podría decir que jugué desde siempre, desde que puedo caminar. Mi padre me motivó mucho porque es gran deportista y fanático del fútbol. Jugué al baby-fútbol en el Club Poco Sitio y también en los campeonatos intercolegiales con la camiseta de Monte VI, la institución educativa en que cursé mis estudios. Siempre me encantó ese deporte y en 1992 junto a unos amigos me presenté en Danubio para probarme: me aceptaron y en el año 93 arranqué jugando en la séptima división.

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Mi armadura se fue desmoronando

Lucía Vanrell, estudiante, Uruguay

1 de diciembre de 2002

Mi nombre es Lucía Vanrell, tengo 20 años y soy estudiante de Bioquímica en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República uruguaya. Pertenezco a una familia de fuerte tradición católica, pero después de haber tomado la Primera Comunión, al entrar en la adolescencia, comencé a separarme de Dios.

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Los sábados por la mañana, catequesis

Marcelo Sheppard, estudiante universitario, Uruguay

1 de noviembre de 2002

Algunos bachilleres acuden cada semana a barrios marginales de Montevideo a enseñar el catecismo a niños y adolescentes. A la vuelta del tiempo, además de recordar anécdotas, se dan cuenta que los más favorecidos son ellos mismos.

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Poner amor hasta la última piedra

Regina N. Eya, profesora de Psicología en la “Enugu State University”, Enugu, Nigeria

10 de octubre de 2002

El secreto para hacer un trabajo lo mejor posible es el amor con que lo empiezo, lo continúo y lo acabo y el amor con que lo ofrezco; y ésta es tarea de cada día. Sé que Dios me ve y es testimonio de mi esfuerzo. En mi despacho uso pequeños objetos -un crucifijo, una imagen de la Virgen, etc.- que me ayuden a acordarme de Dios y a rectificar frecuentemente la intención, a afrontar problemas en la relación con un colega o la fatiga extraordinaria. Rectificar la intención es necesario para completar el trabajo hasta el final, hasta la última piedra.

Mons. Adam Exner, Arzobispo emérito de Vancouver, Canadá

Dejó que Dios fuera su conductor y guía

9 de octubre de 2002

Desde joven, y a lo largo de toda su vida, Josemaría Escrivá de Balaguer dejó gustoso que Dios guiara y modelase su vida. Y siempre, el tema de su oración fue: “Permite que, lo que tú desees y yo no, ocurra”. No planificó su vida: dejó que Dios fuera su conductor y guía.

Juan Pablo II, Plaza de San Pedro, Roma, Italia

El rostro tierno de un Padre

7 de octubre de 2002

El Señor le hizo entender profundamente el don de nuestra filiación divina. Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla a través de las más diversas vicisitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de nosotros la respuesta del amor. La consideración de esta presencia paterna, que lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca se siente solo ni tiene miedo. En la Cruz —cuando se presenta — no ve un castigo sino una misión confiada por el mismo Señor. El cristiano es necesariamente optimista, porque sabe que es hijo de Dios en Cristo.