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Anunciar la buena nueva de Cristo en todos los lugares

Cuando veo tu carita, me acuerdo de tu país –os quiero mucho a los japoneses–, que es noble, grande, de hombres de ciencia y de cultura, con sed de verdad y de Dios, y que están en la oscuridad del paganismo

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La locura de los hijos de Dios

Hace muchos años que decían de mí: ¡está loco! Tenían razón. Yo nunca he dicho que no estaba loco. ¡Estoy loquito perdido, pero de amor de Dios! Y te deseo la misma enfermedad.

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Un crimen de la humanidad

Con las gentes de África, muchos europeos –no todos, muchos– cometieron una maldad muy grande, que fue traerlos a la fuerza aquí, y en esclavitud. ¡Eso es un crimen de la humanidad! ¡Un auténtico crimen! Tenemos que reparar

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Una cadena de imposibles

El Fundador del Opus Dei tuvo la cordura de acometer esa cadena de imposibles que el Señor le pedía, apoyándose en la realidad de su condición de hijo de Dios. Esto le daba una fe y una esperanza inquebrantables

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Hasta la muerte

Era consciente de que el Señor podía llamarle en cualquier momento, y pedía de nuevo, con cariño y con fuerza, que rezáramos mucho por él, en cuanto supiéramos de su fallecimiento. Mendigaba así, una vez más, la limosna de la oración

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¿Va usted a decir Misa?

Don Casimiro Morcillo recordaba perfectamente cómo el Fundador del Opus Dei le había pedido que encomendara al Señor una intención suya. Tal era la vibración que había puesto en sus palabras. No se conocían. Don Josemaría se cruzaba con él a las seis de la mañana en la calle de Eloy Gonzalo. Un día lo paró y le dijo: –¿Va usted a decir Misa? ¿Quiere rezar por una intención mía?