Practicaba mi fe, iba a Misa todos los domingos pero jamás se me ocurrió que podía buscar la santidad. Eso, pensaba, es sólo para sacerdotes y religiosos. Pero cuando mi mujer me dio a leer algunas de las homilías de san Josemaría, descubrí que yo también podía llegar a ser santo. Fue una gran novedad.