Josemaría Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus Dei
 

Patricio Olmos. Buenos Aires, 26 de junio de 2007

“Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son los hijos de Dios” (Rom 8, 14): Acabamos de escuchar estas palabras de San Pablo en esta Misa que estamos celebrando para honrar al Señor, a través de uno de los buenos hijos de Dios, San Josemaría. Nos alegra particularmente que nos presida el Señor Cardenal Jorge Bergoglio, a quien queremos agradecerle su compañía con “obras y de verdad”, esto es: rezando y ofreciendo mortificaciones por él.

“Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son los hijos de Dios”. Dejarse guiar por Dios, “dejar actuar a Dios”, como tituló el entonces Card. Ratzinger un artículo sobre San Josemaría. Dejarse guiar por quien sólo busca santificarnos y hacernos felices. Y para esto, es preciso estar dispuestos a cambiar nuestros planes.

Es lo que hicieron los apóstoles, según oímos en el pasaje evangélico de la pesca milagrosa. Simón Pedro y sus compañeros estaban terminando su trabajo; limpiaban y ordenaban las redes, seguramente con la cabeza puesta en el ansiado descanso. Pero el Señor no sólo les pide que le acompañen mientras Él enseña a la muchedumbre desde una de las barcas, sino que, además, cuando ya pensaban en regresar, vuelve a cambiarles los planes: "Guía mar adentro y echen las redes para la pesca" (Lc 5, 4). Y, finalmente, un cambio todavía más profundo cuando, los llama para lo que nunca habían pensado: ser "pescadores de hombres".

La docilidad al Espíritu siempre ha sido característica de los hombres y mujeres de Dios. Y de cada uno de nosotros espera que, dejándonos guiar por el Espíritu, nos contemos entre esos santos y esos pescadores de hombres.

Hace pocas semanas nos lo recordaba el Santo Padre, en Aparecida (Brasil), al decir que nosotros, "fieles de este Continente…, en virtud …(del) bautismo, …(estamos) llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo"1: santos y apóstoles, esta es la llamada cristiana, esta es la llamada que Dios ha querido recordarnos a través de San Josemaría.

Él, siendo joven pensaba ser arquitecto, pero Dios llamó a su puerta y le pidió que le dejara entrar para proponerle otros planes. Y se dejó guiar por el Espíritu y fue el sacerdote escogido como instrumento fidelísimo, como acabamos de rezar en la Oración colecta, "para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado".

Si San Josemaría estuviese aquí, muy probablemente nos invitaría a escuchar y seguir la voz del Espíritu que recientemente habló a través de los obispos latinoamericanos reunidos en la Asamblea de Aparecida. Allí ellos proclamaron una “gran misión continental”, una gran difusión del Evangelio, que quiere ser permanente y profunda para llegar a todos, y tiene como objetivo “buscar a los católicos alejados y a los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios”2.

¿Cómo realizar esta evangelización -esta “gran misión continental”- en las circunstancias de un cristiano corriente, de alguien que debe emplear gran parte de su tiempo, siempre escaso, entre la familia y el trabajo?

Se me ocurría que tal vez pueda servirnos recordar tanto algo que dijo Juan Pablo II sobre San Josemaría, como una de las propuestas de los Obispos en Aparecida.

Juan Pablo II afirmó el día en que canonizó al santo que hoy nos convoca: “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador les indica”. “Desde dentro”: sin abandonar las ocupaciones habituales, más aún, con ocasión de ellas.

Simplificando las cosas, se podría decir que hay momentos en los que conviene una misión casa por casa, o yendo a todas las escuelas, comercios u hospitales, y allí dar testimonio de Jesucristo a quienes quieran recibirlo; este tipo de misión, por su propia naturaleza para los cristianos corrientes será algo esporádico y extraordinario.

Pero, el carisma de San Josemaría, respetando como es lógico ese otro tipo de misión, es hacer presente a Cristo en el lugar donde uno se encuentra, a través del “trabajo y del cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano”: “Misionar” en la propia casa o en el propio trabajo, diríamos; algo que debe ser constante, y exige de cada uno el esfuerzo por ser coherentes.

Ese mismo día de la canonización Juan Pablo II, nos encomendaba un encargo bien determinado: “Siguiendo sus huellas, difundan en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esfuércense por ser santos ustedes mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y de servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu.

En Aparecida, nuestros obispos, refiriéndose a los pastores, señalaban algo muy concreto que cualquier cristiano corriente puede escuchar como dirigido a él mismo: “invitamos a dedicarle más tiempo a cada persona, escucharla, estar a su lado en sus acontecimientos importantes y ayudar a buscar con ella las respuestas a sus necesidades. Hagamos que todos, al ser valorados, puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa”3.

Transformar el mundo desde adentro y dedicarle más tiempo a cada persona. Un desafío que Dios nos pide y que está a nuestro alcance. Querría ejemplificarlo con el testimonio de uno de los primeras personas que se formaron con San Josemaría. Se trata de un hombre, ya fallecido, que según nos cuenta su hija vivió un horario muy intenso. Empezaba a las seis de la mañana con un rato de oración y con la asistencia a la Santa Misa; luego, cuatro hora de trabajo en una fábrica; después, trabajaba en la universidad, con investigación, estudio y dando clases. Al llegar a su casa, dos horas más de clases particulares en su casa, porque los ingresos no alcanzaban para las muchas bocas. Terminaba el día con el rezo del Santo Rosario.

Me detuve en estos pormenores, porque este hombre es el protagonista del punto 986 de Surco, donde leemos: ”¿No se reirá, Padre, si le digo que hace unos días me sorprendí ofreciéndole al Señor, de una manera espontánea, el sacrificio de tiempo que me suponía tener que arreglar a uno de mis pequeños, un juguete descompuesto?” - y le contesta retóricamente el autor- No me sonrío, ¡gozo!: porque con ese Amor, se ocupa Dios de recomponer nuestros desperfectos".
Y escribe la hija: "Tengo recuerdos muy vivos de esas escenas: las muñecas descabezadas o sin piernas; la pieza que había que pegar…, todo eso se sabía que, dejado en la mesa del despacho, volvía a adquirir su forma original. ¡Qué poco valorábamos en aquel momento el acto heroico de perder 10 minutos, ó 15; pero cuánto lo valoraba un alma a la que Dios … le salía al encuentro en esos detalles minúsculos, pero grandiosos al estar llenos de Amor4.

Dedicarle más tiempo a cada persona. Manifestación de amor. Los padres y los mayores de una familia, son los principales evangelizadores de los más chicos. Y para esto tenemos que dedicarles tiempo. Al principio será enseñándoles las primeras nociones de la vida cristiana. A medida que crecen habrá que ir inculcándoles, junto con las devociones, virtudes y el criterio para ir encarando con sentido cristiano la vida: la misa dominical; la solidaridad con todos, especialmente con los más necesitados; el pudor y la pureza; la responsabilidad en el trabajo; el agradecimiento por tantas cosas recibidas, etc.

Para un cónyuge cristiano, dedicarle más tiempo a cada persona será renovar cada día el cariño hacia su mujer o marido: conquistándolo como cuando eran novios. Asi se expresaba el santo: "El amor debe ser recuperado en cada nueva jornada, y el amor se gana con sacrificio, con sonrisas y con picardía también".

Los amigos también necesitan de tiempo. Al compartir cristianamente alegrías o penas, se está evangelizando. Hay modos cristianos de divertirse. Los cristianos que en ese momento no ceden en lo que es inmoral y empobrecedor, ¡cuánto bien hacen a sus amigos o amigas!, aunque los ridiculicen o dejen solos. Si hay verdadera amistad y coherencia es más fácil que haya respeto y, con la gracia de Dios, buen ejemplo.

En las distintas ocupaciones laborales también se puede dedicar más tiempo a cada persona: p.ej. al prestar atención a los problemas de los demás, como si fueran propios y con ánimo de servir. Así, con naturalidad, se facilita la confidencia que abre a la amistad con Cristo, o que lleva hacia el sacramento de la Confesión.

Dedicarle tiempo a cada persona. Es lo que hizo Jesucristo: en el episodio inmediatamente anterior al proclamado en el Evangelio se lee que "al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias, los traían a él. Y él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba"5.

Cualquiera de nosotros podría decir que precisamente lo que nos falta es tiempo, y que por lo tanto, nos resulta muy difícil darlo. Porque vivimos en una sociedad, apurada y acelerada, que con sus ritmos y exigencias nos lo devora constantemente. Porque todo parece tener que ser “exprés”, rápido, o “para ayer”. Es cierto, no se puede negar. Pero estos son las circunstancias que nos tocan santificar y evangelizar, y para las que contamos con toda la gracia de Dios. Siempre tendremos que estar aprendiendo a aprovechar el tiempo.

Notaremos que nuestro tiempo se “multiplica” si diariamente empleamos una parte de él en hacer oración, en rezar, porque "el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, … Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá". Dios “trabajará” para nosotros, o mejor dicho, nosotros nos dejaremos guiar por el Espíritu y se nos concederá lo que nos conviene.

Y así, con libertad de hijos elegiremos amar, dar no sólo nuestro tiempo, sino darnos nosotros mismos.
Notaremos que nuestro tiempo se “estira”, si con generosidad nos privamos de comodidades y distracciones superfluas; si luchamos por ser más ordenados en el uso del tiempo, viviendo esos “minutos heroicos” para levantarnos, para acostarnos o para respetar esos horarios que nos damos cuenta que nos conviene vivir.

La Virgen dedicó su tiempo para los demás. La vemos en las bodas de Caná atenta a las necesidades de los que estaban a su alrededor, estando en los detalles de delicadeza. A Ella, por intercesión de San Josemaría, le pedimos para la Iglesia una pesca abundante de almas, fruto del trabajo y de la convivencia diarias, realizadas por amor.

Notas
1. Benedicto XVI, Discurso Inaugural, 3
2. Mensaje de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano a los pueblos de América y el Crribe, n. 5.
3. Idem, 3.
4. M. Antonia Virgili Blanquet, El Norte de Castilla (16-V-92).
5. Lc 4, 40.


El Padre Patricio Olmos es Vicario del Opus Dei en la Argentina.


http://www.es.josemariaescriva.info/articulo/patricio-olmos-buenos-aires-26-de-junio-de-2007