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Montserrat Caballé, soprano, España
Mi vida no tendría sentido sin el canto, sin el arte. Sin ese don de expresar de manera excepcional, privilegiada, el amor, la bondad, el patriotismo, mis sentimientos más íntimos, los más nobles, los más elevados. Poder hacer disfrutar a los demás es mi gozo.
Hace muchos años alguien me regaló Camino, un libro en el que se recogen pensamientos que ayudan a encontrar a Cristo, y allí leí: “Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.” Estas palabras me han alentado a vivir de fe en mi trabajo, a no olvidarme nunca de rezar antes de subir a un escenario, a hablar con Dios, de un modo o de otro, a lo largo de la jornada; a entender que mi fe puede trascender también mi ámbito personal.
Pero mi vida tampoco tendría sentido sin mi familia, sin todo el elenco de valores que configuran su entorno. Aunque, por imperativos profesionales, tengo que desplazarme y viajar de un extremo a otro del globo, siempre he procurado encontrar los espacios necesarios para cuidar esos valores: la fidelidad, la unión y el amor hacia los amigos. En ese sentido, las palabras de Juan Pablo II en su reciente carta “Novo millennio ineunte” son muy reconfortantes: La caridad se convertirá entonces necesariamente en servicio a la cultura, a la política, a la economía, a la familia, para que en todas partes se respeten los principios fundamentales, de los que depende el destino del ser humano y el futuro de la civilización.
Todo eso; mi trabajo, mi familia, he procurado enaltecerlo por medio de la fe que me ha hecho y me hace esperar el premio más grande, el éxito más sorprendente, la alegría en el corazón de los que buscan al Señor.
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