Josemaría Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus Dei
 

Las cosas verdaderamente valiosas en la vida

Etiquetas: Cruz, Enfermedad
Para quienes no la conocieron, Sofía nació el 24 de diciembre de 1983 y a los pocos días falleció su madre. A partir de entonces, junto a sus abuelos maternos y con el apoyo de una numerosa y muy solidaria familia, enfrenté una nueva realidad. Seis meses más tarde supe que Sofía tenía una enfermedad incurable que iría debilitando sus músculos y que su vida sería inevitablemente corta, aunque siempre alenté la esperanza de que no lo fuera tanto. Algunos me han dicho ahora: ¡qué carga habrá significado! Y es al revés; Sofía, cuyo nombre significa sabiduría, nos hacía a todos las cosas más fáciles, pues con su entereza y forma de enfrentar la vida, y sus dificultades, era un cable a tierra que nos recordaba por dónde pasan las cosas de real valor en esta vida.

Cuando llegó a la edad escolar, la llevé a un instituto de enseñanza primaria. Al concluir ese año me pidieron que la sacara pues con sus limitaciones no iba a poder estar a la altura de las exigencias que tenían sus compañeros. Salí a buscar otro colegio. Y tuve suerte. Así apareció “Los Pilares”, un colegio que sacan adelante un grupo de padres inspirados en las enseñanzas de San Josemaría. Desde el primer día me dijeron: “si predicamos el vivir para los demás...¡cómo no lo vamos a hacer!” Nunca podré agradecer lo suficiente a “Los Pilares” por su actitud y la formación posterior.

Cuando al principio supe de su enfermedad, tuve miedo a las complicaciones futuras de la incapacidad. Cuesta mostrarse frente a los demás en un caso así. Me rebelaba. Me costó mucho. Ella sabía que tenía un padre exigente: su limitación era sólo física y era una picardía no exigirle. La obligaba en cosas como caminar un poco más, manejarse sola... Llegaba a cuestionarme: ¿hasta dónde tengo derecho?

Sin embargo, ella lo captó exigiéndose: quería ser la hija orgullosa de dar ese gusto a su padre. Cuando me entregaba el carnet de notas, me miraba, “¿por dónde me vas a agarrar?”, un 10 entre los 11 y los 12... Eso la ayudó a destacarse. Así se ganó el respeto de los demás. Despertaba la atención: inteligente, preparada, estudiosa, culta. Nunca había diálogos tontos.

Yo era directivo de DESEM. Sofía tomó también ese desafío. Lideró un grupo de empresarias del colegio que participaron y terminaron el trabajo, aunque no ganaron. En el Cine Plaza fue la entrega de premios y a Sofía tuvieron que subirla con su silla de ruedas al estrado.

En casa Sofía vio crecer a sus hermanos y les contagiaba su amor a la vida, su buen humor y su fe cristiana, ayudándolos cuando olvidaban parte de la letra de nuestras oraciones diarias. Su talla espiritual me superó de lejos. Y no me importa repetir: cuando conocí su enfermedad tuve miedo...; sin embargo Sofía fue una bendición. Vino y dio lo mejor de ella para hacernos mejores. Fue un ángel entre nosotros.

“No te quejes, si sufres. Se pule la piedra que se estima, la que vale. ¿Te duele? –Déjate tallar, con agradecimiento, porque Dios te ha tomado en sus manos como un diamante... No se trabaja así un guijarro vulgar” (Surco, n. 235).


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