
| |
La Tata y Camino
El autor, Alejandro Llano es Catedrático de Metafísica y Profesor Ordinario de Filosofía en la Universidad de Navarra
Provenía de Lastres, un pueblecito pesquero de Asturias. Su nombre era Azucena Olivar Sánchez, pero para mis hermanos y para mí era siempre “la tata”. Había sido nuestra niñera, y ayudó muy eficazmente a mi madre, que no daba abasto con nueve hijos, la casa y el seguimiento de los negocios de mi padre, que tenía que pasar largas temporadas en México para atender las empresas que allí tenía.
Era una persona extraordinariamente alegre. Mis primeros recuerdos de ella la dibujan como una chica de cerca de treinta años, de pelo muy negro, más bien gruesa, de cara agradable y sonriente, siempre solícita por los pequeños de la casa y con un gran ingenio al hablar. Sabía una infinidad de historias, de dichos y cuentos, que nos iba transmitiendo y que yo considero como uno de los núcleos de la tradición en la que me he formado.
Años después, cuando mi hermano Nacho intentaba llevarme a alguna excursión organizada en un Centro del Opus Dei, yo me resistía, porque me parecía absurdo el plan de pasar frío y hambre, trepando y andando hasta agotarse por la Sierra de Guadarrama. Pero, en el fondo, me temía que aquellas excursiones sirvieran de ocasión para plantearme el problema de mi posible vocación a la Obra, cuestión en la que yo no quería de ningún modo entrar. La tata siempre se ponía de mi parte, y le decía a mi hermano que me dejara en paz. Nacho retrocedía ante la tata, respetada y querida por todos hasta la veneración. Y yo le agradecía íntimamente el capote que me echaba.
Pronto tuve la ocasión de manifestarle con obras mi gratitud, porque en aquella temporada le dio por aprender a leer, y me eligió a mí como su profesor. Azucena no sabía leer ni escribir, y no parecía que le hiciera falta en absoluto. Sin tener letras, se manejaba perfectamente en la vida y no llegaba noticia de que nadie hubiera sido capaz de engañarla en nada. Pero, casi de repente, le entró un deseo incontenible de ser capaz de leer. Yo le tomé el pelo todo lo que pude, diciéndole que era muy lista pero que seguiría siendo toda su vida una ignorante.
Ella misma me había contado, riéndose, que de niña frecuentaba muy poco la escuela, porque los pescadores que componían su familia eran muy pobres, y ella tenía que trabajar en diversas tareas para traer algún dinero a casa. Los pocos días que iba a la escuela, la maestra -que valoraba su capacidad- le pedía que le hiciera recados, lo cual le entretenía a ella más que encerrarse en un aula.
Pero esta vez no aludió para nada a su indiferencia hacia todo tipo de aprendizaje escolar. Y, a la primera ocasión que tuvo, sacó el libro por el que quería que yo le enseñara a leer. Se trataba de Camino, de Josemaría Escrivá. No me extrañó, porque -con toda naturalidad- Azucena era una mujer piadosa y Camino era un libro que circulaba por mi casa y con la ayuda del cual, quien más quien menos, algunos hacían un rato de meditación, aunque yo apenas lo conocía.
Algo recordaba ella de las letras y de las sílabas. Repasamos velozmente aquellos rudimentos y nos pusimos a leer el primer punto: “Que tu vida no sea una vida estéril…”. Nunca había leído nada. Pero, una vez que terminó el texto inicial, se volvió hacia mí y me explicó su contenido. Habló con toda naturalidad sobre cómo habíamos de ser útiles a los demás para llevar una vida fecunda, y me explicó -con una claridad insólita para mí- lo que era el apostolado. Me dejó completamente asombrado. Pero eso sólo fue el principio. No tardó nada en llegar a leer casi de corrido y, sin fallar uno, me comentó sucesivamente los restantes 998 puntos de Camino.
Casi todos los días dedicábamos un rato a su clase de lectura. Pero esos minutos pasaron a ser, sin ninguna justificación por su parte ni manifestación de extrañeza por la mía, una lección de ascética y mística que Azucena me impartía como si fuera una Doctora de la Iglesia. Porque hablaba de aquellas honduras de la vida en Dios, no como quien transmite una doctrina aprendida, sino como acerca de algo que ella sabía por experiencia y como por connaturalidad. Yo le gastaba de vez en cuando alguna broma sobre su sabiduría, o le discutía, también en plan de guasa, algo de lo que ella había dicho (y que yo notaba que era sencillamente la verdad). Lo cierto es que me sentía muy impresionado, como si estuviera asistiendo a algo extraordinario, sin explicación humana, aunque tuviera lugar en la habitación diminuta que la tata ocupaba en nuestro piso de la madrileña calle de Castelló. Aquellas lecciones magistrales me cambiaron completamente por dentro. Gracias a la tata, empecé a tener realmente vida interior. Comencé a hacer oración en serio, aunque trabajosamente. Y Jesús pasó a ser para mí una persona viva, con la que podía tratar a lo largo de mis actividades diarias.
Ya no puse obstáculos para frecuentar el Centro del Opus Dei por el que iba mi hermano. Y, cuando me hablaron de vocación, acepté inmediatamente. Tuve la certeza de que había llegado a un puerto que, en algún sentido, era definitivo. Tampoco dudé en cuál sería la primera persona a la que comunicaría mi decisión. La tata estaba aquella tarde del 12 de enero en la cocina, porque ya no había niños que cuidar, y ella se había convertido en una excelente cocinera. Cuando le di la noticia, en lugar de extrañarse como yo esperaba, se sonrió y, con su malicia de pescadera asturiana, exclamó:
-Caíste como un mazcatu.
El mazcatu es una ave parecida a la gaviota, que observa el mar desde la altura de su vuelo y, cuando descubre un pez, se deja caer en vertical sobre él y lo captura.
Y ese fue el momento en el que los dos pusimos las cartas boca arriba. Ella necesitaba aprender a leer, porque le habían aconsejado que hiciera todos los días un rato de lectura espiritual. Por contagio de mis hermanas y hermanos, ella también se había acercado a la Obra, y poco antes que yo había pedido la admisión al Opus Dei. El final de esta historia es que la tata murió años después en olor de santidad, tras seguir ayudándonos a todos los de la familia con su profunda vida sobrenatural y su agudo sentido del humor. Acercó a Dios muchas personas, que quedaban asombradas por la hondura de esa sabiduría cristiana que ella me demostró por vez primera cuando leíamos juntos Camino.
Leer más en Olor a yerba seca. Memorias, Alejandro Llano. Ediciones Encuentro. Madrid (2008).
http://www.es.josemariaescriva.info/articulo/la-tata-y-camino2c-alejandro-llano2c-san-josemaria
|
|
|