Josemaría Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus Dei
 

La Eucaristía, Misterio de Luz

Mons. Javier Echevarría, acual Prelado del Opus Dei, es el autor de la presentación del folleto publicado en Ecuador con ocasión del Año de la Eucaristía. El folleto recoge dos homilías de San Josemaría Escrivá de Balaguer centradas en la Sagrada Eucaristía: La Eucaristía, Misterio de fe y de amory En la fiesta del Corpus Christi.


Cuando san Josemaría hablaba del misterio de la Eucaristía, recurría a ejemplos tomados del amor humano, porque para amar a Dios —así lo vivió y predicó incansablemente— no tenemos más que un corazón: el mismo con el que amamos a nuestros seres más cercanos.

Estas páginas comunican la experiencia de un santo enamorado de Jesucristo y, por tanto, ardientemente devoto del Santísimo Sacramento. He tenido la fortuna —verdadera gracia de Dios— de vivir a su lado muchos años, y he contemplado de cerca, en numerosas ocasiones, su fe recia y tierna, doctrinal, rendida y contagiosa, inflamada de amor a Dios, también cuando —como nos ocurre a todos— ese amor no iba acompañado por el sentimiento.

Ver como San Josemaría celebraba la Santa Misa, como hacía una genuflexión ante el Sagrario, o simplemente como dirigía la mirada a la Sagrada Hostia expuesta en el ostensorio, a nadie dejaba indiferente. Era tal su fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía, que frecuentemente le llevaba a exclamar: «Señor, creo en Ti, en esa maravilla de amor que es tu Presencia Real bajo las especies eucarísticas, después de la consagración, en el altar y en los Sagrarios donde estás reservado. Creo más que si te escuchara con mis oídos, más que si te viera con mis ojos, más que si te tocara con mis manos» (Carta 28-III-1973, n. 7).

Esa fe gigante, sin quiebra, era un don divino al que el Fundador del Opus Dei correspondió en todo instante, con una confianza absoluta en el Señor. Muchas veces, cuando hablaba del misterio de la Eucaristía, recurría a ejemplos tomados del amor humano, porque para amar a Dios —así lo vivió y predicó incansablemente— no tenemos más que un corazón: el mismo con el que amamos a nuestros seres más cercanos.

Si tratáramos así a Jesucristo, descubriríamos que en la Santísima Eucaristía «se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros» (Es Cristo que pasa, n. 88). Y aprenderíamos a tratar a cada una de la Personas divinas; a servir a los demás, olvidándonos de nosotros mismos; a divinizar toda nuestra jornada, convirtiéndola —como enseñaba San Josemaría— en una misa que es prolongación y preparación, al mismo tiempo, del Santo Sacrificio en el que los cristianos hemos de esforzarnos por asistir y participar de modo activo.

La Eucaristía es misterio de luz, como el Papa ha puesto de relieve al incluirlo en el Santo Rosario. Luz de Cristo que ha de iluminar todos los instantes de nuestra existencia: el trabajo intenso, a veces sin ganas, y la vida familiar, con sus alegrías y sus dolores; las relaciones sociales; los momentos dedicados al descanso; la enfermedad... Todo es ocasión de encuentro con Dios si nuestra vida es «esencialmente, ¡totalmente!, eucarística» (Forja, n. 826).

Pido a Santa María que la lectura y meditación de estos textos del Fundador del Opus Dei ilumine la conducta de muchos hombres y mujeres; que encienda sus corazones en el amor de Dios y que les impulse —como a los discípulos de Cristo en el camino de Emaus (cfr. Lc 24)— a comunicar a otras personas la buena nueva del encuentro con Cristo muerto y resucitado, glorioso ahora, realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

La Virgen Maria acogió en su seno virginal al Verbo hecho carne, lo llevó bajo su corazón durante nueve meses, lo reclinó en sus brazos y lo contempló siempre con amor. Ella, Mediadora de todas las gracias, nos alcanzará de la Trinidad Santísima el gran regalo que todos esperamos en este Año de la Eucaristía: una intimidad mayor con su Hijo Jesucristo, que sobre el altar renueva sacramentalmente su sacrificio redentor y nos espera siempre en el tabernáculo.





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