Josemaría Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus Dei
 

El trabajo no es una maldición

Etiquetas: Trabajo
La Gaceta de los Negocios publicó con motivo de la canonización de san Josemaría Escrivá un artículo en el que Ángel Peña exponía “el mensaje revolucionario” de Escrivá en una época en a que “primaba un concepto erróneo del trabajo alejado de la trascendencia propia de la actividad de un cristiano”.


“El trabajo no es una una maldición, ni un castigo del pecado”. El 6 de octubre, Juan Pablo II ha canonizado en Roma al autor de esta frase: Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. En el centenario de su nacimiento y ocho años después de su beatificación, la Iglesia reconoce la ejemplaridad de su vida, que dedicó a predicar la santificación del día a día del cristiano y, sobre todo, la actividad que absorbe la mayor cantidad de tiempo y esfuerzo: el trabajo. Josemaría Escrivá tomó la decisión de hacerse sacerdote en 1918. Tras servir como regente auxiliar en la parroquia de Perdiguera, un pueblecito de 870 habitantes se trasladó a Madrid, donde atendió a los necesitados de las barriadas más pobres. El 2 de octubre de 1928, mientras participaba en unos ejercicios espirituales, Dios le hace concebir la idea del Opus Dei a la que dedicó el resto de su vida.

El mensaje que Escrivá se sintió llamado a predicar resultó revolucionario en su época. Harold James, historiador de la Universidad de Princeton, recuerda cómo “en el contexto soxial y económico de la primera mitad del siglo XX, primaba un concepto erróneo del trabajo, alejado de la trascendencia propia de la actividad de un cristiano”. Además, intelectuales anglosajones como Lawrence Harrison pusieron de moda una división interesada de las religiones. El protestantismo y el confucionismo, según ellos, producen culturas progresistas; el catolicismo, el Islam o el budismo, por contra, provocan la regresión porque, entre otras cosas, conciben el trabajo como una maldición.

Una tesis falsa que aprovecha cierta dejadez de los católicos. Así, Escrivá explicaba en una entrevista The New York Times en 1967: “El espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima -olvidada durante siglos por muchos cristianos- de que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino”. Escrivá de Blaguer nunca pretendió haber inventado nada. Su tesis hunde las raíces en el mismo origen de la religión católica: “El Génesis habla de esa realidad (el trabajo) antes de que Adán se hubiera rebelado contra Dios. En los planes del Señor, el hombre habría de trabajar siempre, cooperando así en la inmensa tarea de creación.

Nada nuevo
La misma realidad se concreta en el modelo central del cristianismo: “Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante 30 años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús, el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación”, explicó Escrivá a The New YorkTimes. Y, finalmente, el Magisterio de la Iglesia confirma la misma idea. En 1966, en una entrevista con Le Figaro, Escrivá señalaba como “el Concilio (Vaticano II) ha recordado a todos los cristianos, en la Constitución Dogmática De Ecclesia, que deben sentirse plenamente ciudadanos de la ciudad terrena, trabajando en todas las actividades humanas con competencia profesional y con amor a todos los hombres, buscando la perfección cristiana, a la que son llamados por el sencillo hecho de haber recibido el bautismo”. Desde entonces, la Iglesia ha insistido en esta senda, en especial Juan Pablo II.

Trabajo bien hecho
Pero no cualquier trabajo produce los efectos sobrenaturales que Escrivá señala. Para que el desempeño de la profesión valga como oración y como ofrenda a Dios es necesario que esté bien hecho: “¡Qué me importa que me digan que fulanito es buen hijo mío –un buen cristiano-, pero un mal zapatero. Si no se esfuerza en aprender bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero no podrá santificarlo ni ofrecerlo al Señor”.

El esfuerzo personal es clave. “Hay dos virtudes humanas –la laboriosidad y la diligencia- que se confunden en una sola: el empeño por sacar partido a los talentos que cada uno ha recibido”. Según Escrivá, con esas virtudes, unidas indisolublemente a la oración y a la frecuencia de los sacramentos, se produce “el milagro de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra ocupación particular”.

Aquí entra en juego la responsabilidad de adquirir la mejor capacitación según las posibilidades de cada uno: “Para servir, servir. Porque , en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas encomendadas. No basta querer hacer el bien, hay que saber hacerlo”.

La formación, por tanto, ocupa un espacio importante en la pastoral de Escrivá. Un esfuerzo en lo religioso y en lo profesional que debe durar toda la vida: la formación continua, tan en boga en el management actual, es para él una obligación del cristiano. Esta concepción de la calidad ofrecida a Dios es válida para todo tipo de trabajos. Pese a las críticas sobre un presunto elitismo del Opus Dei, el mensaje de Josemaría Escrivá de Balaguer al respecto es claro: “En el servicio de Dios no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia”.

Testimonios
Los testimonios recabados para el centenario de su nacimiento demuestran una variedad que habla por sí misma. Coinciden en que el mensaje de Escrivá cambió su forma de ver la vida y su profesión. Desde Katarina Lee, coordinadora del departamento de Comunicaciòn Social de la Universidad de Sidney, hasta Pablo Carazo, churrero en Alcázar de San Juan; desde Rafael Sánchez-Bravo, taxista madrileño hasta Francisco Ponz, catedrático de Fisiología y antiguo rector de la Universidad de Navarra; desde el atleta Isaac Viciosa, al sindicalista Mariano Sánchez Sánchez ...

Un consejero del Tribunal de Cuentas y Premio Príncipe de Asturias como Juan Velarde Fuentes ha hablado de la aportación de Escrivá de Balaguer en relación con la Economía”, que consiste, a su juicio, en la idea “de la santificación del trabajo y el marino Víctor Corostola explica que el Fundador del Opus dei le ha enseñado a “ofrecer a Dios mis singladuras, mis recaladas y muy especialmente a amar a la Virgen Santísima, Estrella que ilumina mi rumbo”.

Sin embargo, Escrivá no lo tuvo fácil para hacer comprender su mensaje y para articular un engranaje que le permitiera llevarlo a la práctica. La idea del Opus Dei, surgida en 1928, tuvo que recorrer un itinerario jurídico para encontrar su exacto espacio dentro de la estructura de la Iglesia.


Prelatura personal
En 1982, Juan Pablo II erige el Opus Dei en Prelatura personal. Esta nueva figura, prevista en el Concilio Vaticano II, conjuga el carácter secular del Opus Dei, su implantación mundial y su inserción en la estructura jurisdiccional de la Iglesia. A la muerte de Escrivá en 1975, Álvaro del Portillo le sucede a la cabeza del Opus Dei y, desde el fallecimiento de éste en 1994, Javier Echevarría es el prelado. En la actualidad, forman parte de la prelatura más de 80.000 personas de los cinco continentes. La sede -con la iglesia prelaticia- se encuentra en Roma.

El mensaje de la Obra, no obstante, no ha cambiado desde que Escrivá lo fundara en octubre de 1928. “La misión principal de la Obra es la de formar cristianamente a sus socios y a otras personas que decidan recibir esa formación”, explicaba en 1967 a Peter Forbath, corresponsal de la revista Time.


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