Josemaría Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus Dei
 

El Relojerico, un entrañable amigo

Josemaría debía tener dos a tres años cuando su madre le habló por primera vez de su Ángel de la Guarda y, más tarde, le enseñó a tratarlo como a un amigo.

—El está de continuo junto a ti.
—¿Siempre conmigo, mamá? ¿Siempre a mi lado?

El Relojerico asentía con aire de importancia.

Esto le produjo al niño una inmensa alegría. No recordaba Josemaría cuándo había comenzado a rezar aquella oración:

—Ángel de mi guarda, dulce compañía...

Pero lo que sí sabía era que su Ángel y él eran dos amigos inseparables.

Al principio lo llamaba en algún apuro, pero más adelante, para todo. Nada ponía más contento al Relojerico que Josemaría acudiera a él. Al verlo afligido, revoloteaba a su alrededor para que le contara lo que sucedía. Como todo ángel, no podía saber lo que pasaba en su interior si Josemaría no se lo decía.

A los tres años, Josemaría fue a un parvulario atendido por religiosas: las Hijas de la Caridad. Su Ángel no se separaba de su lado y se esforzaba por soplarle al oído cualquier ocasión donde pudiera ofrecer algo a Jesús.
Un día, una niña lloraba sin consuelo en un rincón.

—¡Fue Josemaría!, se oyó decir a los niños.
—¡El le pegó, él le pegó!

No había sido él. Lo castigaron severamente y Josemaría no contó que no era él quien le había pegado a la niña.

¡¡Qué contento estaba el Relojerico!! Aquello había sido todo un logro: Josemaría no se defendió, a pesar de lo mucho que le dolió esa injusticia.


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