
| |
Dos años en Ecuador (1952-1954): recuerdos en torno a unas cartas de San Josemaría Escrivá de Balaguer
El siguiente texto recoge parte de un relato autobiográfico que inicia con los primeros contactos del autor con el Opus Dei, en Roma, en 1948. La fuente utilizada es la correspondencia que mantuvo con san Josemaría, entre 1952 y 1954 desde Quito, cuando era la única persona del Opus Dei en esa ciudad. Ofrece datos y valoraciones personales, junto con aspectos relevantes de los primeros pasos del Opus Dei en Ecuador y en otros países de América. La versión completa del texto en castellano se puede leer en la Revista Studia et Documenta del Instituto Histórico san Josemaría Escriva. La suscripción a la revista se puede conseguir en la siguiente dirección: http://isje.edusc.eu.
Al releer un conjunto de cartas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, escritas entre septiembre de 1952 hasta octubre de 1954, han venido nuevamente a mi memoria algunos datos referentes a cómo conocí al Fundador del Opus Dei, y el motivo de aquella correspondencia. Los ofrezco a continuación como lo que son: unos recuerdos sólidamente apoyados en una relación epistolar, más que un estudio histórico propiamente dicho.
Respecto a esto último, conviene tener presente que, entre septiembre de 1952 y octubre de 1954, no hubo ningún otro miembro del Opus Dei en Quito, donde yo residía. Por este motivo, San Josemaría me escribió con particular frecuencia1.
Pasemos ahora a relatar las circunstancias en las que se inició mi relación con el Fundador del Opus Dei. Desde junio de 1948 me encontraba en Roma, en calidad de hijo de familia, con mi hermano, mi madre y mi padre, que era Embajador del Ecuador ante la Santa Sede. Cursaba el tercer año de estudios de Derecho, en “La Sapienza”, universidad estatal de Roma, después de haber aprobado mis dos primeros cursos en la Universidad Católica de Quito. Allí, con ocasión de esperar al Profesor Vincenzo Arangio Ruiz, de Derecho Romano, quien se retardó un poco, comencé a hablar en italiano con un compañero sobre la esperada clase.
Al poco, llegó el catedrático, escuchamos su conferencia, y después de la clase seguimos conversando hasta darnos cuenta de que nos costaba entendernos en el incipiente italiano que hablábamos; con lo cual nos identificamos él como español y yo como ecuatoriano; pasamos a la lengua castellana, y ya éramos amigos. Mi nuevo amigo se llamaba Ignacio Sallent. Esto fue al comienzo del curso, en los primeros días de octubre de 1948.
Con mi amigo, hicimos largas caminatas por Roma, visitando iglesias y monumentos, asistimos a conferencias sobre variados temas en distintos lugares, y nos fuimos conociendo mejor, al discurrir sobre lecturas, temas de actualidad en Italia, en el mundo y en nuestras patrias. Yo invité a Ignacio a casa de mis padres y él me invitó a conocer el “Pensionato universitario”, donde él vivía3. Me describió la formación de jóvenes que allí se desarrollaba y el afán apostólico que les movía. Me habló someramente del sacerdote que inspiraba y era Fundador de esa Obra de Dios.
Comencé a frecuentar los círculos de estudios, dirigidos por Xavier Silió, un joven profesional, también miembro del Opus Dei, que dominaba perfectamente el italiano; y asistí los sábados a las meditaciones de don Salvador Canals, sacerdote del Opus Dei, quien igualmente predicaba en la lengua de Dante. El ambiente alegre, sencillo y cordial de ese centro me impresionó favorablemente.
Me llamó la atención, desde el primer día, la estrechez material, la pobreza, en la que vivía ese grupo de ocho o diez personas, al que se sumaban los sábados un conjunto de quince o veinte estudiantes italianos que acudían por las mismas razones que a mí me llevaban allá. En cambio, me resistí sistemáticamente a ir a estudiar en la pequeña sala destinada a ese efecto, por simple comodidad: me parecía más eficaz hacerlo en casa de mis padres, y me ahorraba el tiempo prolongado de los traslados en los medios de transporte: tenía que tomar un autobús y un tranvía, además de caminar un buen kilómetro, todo lo cual significaba unos tres cuartos de hora o más.
Así fui conociendo el Opus Dei, y en abril de 1949, Ignacio Sallent, con quien había conversado tanto de tantas cosas, me explicó más detalladamente lo que es la Obra y me propuso que me planteara la vocación. Pedí ayuda al Señor, maduré el examen, y en tres o cuatro días llegué a la conclusión de que ése era el camino por el cual me llamaba Dios. Tuve una conversación con otro sacerdote, don Juan Bautista Torelló, para despejar cualquier incertidumbre, y redacté una carta al Padre –así llamábamos a San Josemaría todos los que frecuentábamos el “Pensionato”–, pidiendo la admisión como numerario. Esto fue el 23 de abril de 1949.
El Fundador del Opus Dei había estado por entonces de viaje por España y regresó a Roma precisamente ese día. Tuve así la gran suerte de ser presentado a él en el día siguiente. Desde entonces, aunque seguía viviendo con mis padres, frecuentaba lo más posible el “Pensionato”, y durante algo más de tres años (hasta julio de 1952), tuve innumerables oportunidades de escuchar a San Josemaría y de conversar con él. El 3 de mayo de 1951 pasé a vivir en el “Pensionato”, con ocasión del traslado de mi padre a Londres.
El Padre inspiraba entera confianza. En ratos de tertulia, prácticamente de todos los días, con la mayor llaneza y sencillez nos iba transmitiendo un mayor conocimiento y amor por la Obra, su espíritu sobrenatural y el apostolado. Nos abría constantemente horizontes de vida y acción cristiana en el mundo y nos ilusionaba con la expansión del Opus Dei por toda la tierra, con la única finalidad de servir a Dios y a la Iglesia.
Nos dirigía con alguna frecuencia la meditación, y celebraba con nuestra asistencia la Santa Misa en días especiales, mientras que habitualmente lo hacía más privadamente. También nos predicó varios retiros y el año 1950 asistí a uno de una semana completa, así como en 1951 se alternaron entre el Padre y don Álvaro del Portillo en las meditaciones del curso de retiro.
El pequeño grupo de siete alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz7, al que me incorporé en el curso 1949-50, asistíamos a clases en el “Angelicum”, dirigido por los padres dominicos. El Padre nos estimulaba a realizar muy a conciencia los estudios. Yo continué asistiendo a las clases en la universidad estatal, y preparé en aquellos años las dos tesis, para obtener los doctorados de Derecho en la italiana, y de Derecho canónico en la pontificia. Con diferencia de pocos días me presenté a los respectivos exámenes de grado y obtuve esos dos diplomas.
San Josemaría nos daba ejemplo de todas las virtudes. Nosotros, los estudiantes, nos dábamos perfecta cuenta de estar tratando a una personalidad extraordinaria en la vida de la Iglesia, y pensábamos, sin duda, que estábamos conviviendo con un santo, pero, probablemente, no nos planteábamos el hecho de que algún día estaría en los altares, propuesto por el Papa como modelo para la Iglesia universal.
Veíamos a un hombre de gran piedad, que infundía amor a Jesucristo y a su Madre Santísima, veneración y extremada obediencia a la Iglesia y al Papa, un sentido de servicio y apostolado sin salir de nuestro sitio y mediante el cumplimiento de los deberes ordinarios de los cristianos.
Sobresalía en el género de vida que llevaba el Fundador del Opus Dei, la constante preocupación por formar, con la mayor naturalidad y sencillez, a quienes estábamos cerca de él.
Cuando se aproximaba la culminación de nuestros estudios –en mayo o junio de 1952–, San Josemaría nos fue proponiendo a los alumnos del Colegio Romano los lugares que había pensado para cada uno. Alguno iría a Alemania, otros a España; “y tú, Juan, irás a Ecuador”, me dijo un día. Yo interpreté que aquello se cumpliría pasados algunos años, y que vendría a mi patria, acompañado de algunos otros miembros de la Obra. Me engañaba, pues en otra tertulia el Padre afirmó: “ya sabéis vuestros destinos, de modo que, al día siguiente de graduaros, cada mochuelo a su hoyuelo”. Para esas mismas fechas, mis padres se disponían a regresar a Ecuador, adonde llegaron a mediados o finales de septiembre.
El Padre tenía una gran confianza en todos nosotros y con santa audacia esperaba una correspondencia adecuada, con la gracia de Dios. Pero también disponía los asuntos con la debida prudencia, poniendo los medios humanos, para la buena realización de los planes apostólicos. Con esa finalidad, me indicó que, antes de ir a Ecuador, visitara en España las principales ciudades y conociera las labores que allí hacía la Obra. También dispuso que ese año 1952, participara en Molinoviejo, cerca de Segovia, de dos cursos de formación seguidos, en lugar del que se suele hacer habitualmente: quería que en ese período terminara los estudios del primer curso de Teología. Previamente había terminado los de Filosofía, y el mismo Padre presenció un examen general que rendí ante don Álvaro del Portillo.
Cumpliendo esas indicaciones del Fundador del Opus Dei, al día siguiente de graduarme en la Universidad de Roma, esto es el 17 de julio de 1952, partí para España. Allí conocí las residencias universitarias de Madrid, Zaragoza, Barcelona, Sevilla, Granada, Bilbao y Santiago de Compostela. También conocí el Colegio Gaztelueta, en Bilbao, y el Estudio General de Navarra, que más tarde sería la actual universidad.
En ese recorrido por la Península, escribí varias cartas al Padre, a las que hace referencia en la primera que me escribió desde Roma. En esa misiva inicial, me recomienda hablar pausadamente con la Comisión Regional del Opus Dei en España, sobre la futura labor apostólica en el Ecuador. Marca, desde el principio el tono familiar y cariñoso de toda la correspondencia.
Antes de emprender ese viaje, un día cuya fecha no recuerdo con precisión, pero que debió de ser por mayo o junio de 1952, estuvimos junto al Padre un largo rato dos estudiantes: Javier Echevarría y yo. En esa oportunidad, me dio una serie de indicaciones puntuales de cómo debía comportarme en Quito.
Recuerdo, por ejemplo, que me recomendó visitar cuanto antes al Señor Arzobispo, que le explicara la labor de la Obra y pidiera su bendición. Que buscara un sacerdote, de preferencia anciano o miembro de la Curia, y le pidiera ser mi confesor habitual, explicándole lo esencial del Opus Dei, no para que fuera un director espiritual –ya que no podía serlo sin conocer a fondo la Obra–, pero sí para mi Confesión semanal. Que visitara a parientes, amigos, antiguos profesores, etc., para abrir posibilidades apostólicas. También me dijo que hiciera que mi madre invitara a sus amigas y les explicara nuestro apostolado, para sugerirles que lo encomendaran en sus oraciones, y, si lo deseaban, comenzaran a preparar utensilios para el oratorio que habría que instalar en su momento; podían también hacer alguna aportación con el mismo fin. Esas indicaciones, y otras muchas generales o individualizadas, naturalmente procuré ponerlas en práctica desde el primer momento. El Padre, a través de las cartas también me insistió en varios de esos aspectos.
Ya en Quito –arribé por barco a Guayaquil el 4 de octubre de 1952 y llegué a la Capital hacia la media noche del día 6, después de largo trayecto de ferrocarril y autobús–, encontré a mis padres.
A los pocos días me llegó ya una primera carta de Mons. Escrivá, en la que me decía: “He ido recibiendo tus cartas, la última desde Sevilla. Me gusta que vuelvas al Ecuador después de haber conocido España”. Luego me recomendaba seguir en contacto con la Comisión Regional de ese país, y terminaba con estimulantes y afectuosas palabras: “D. Álvaro y todos tus hermanos de aquí te recuerdan siempre con mucho cariño. Juanito: ¡no te me duermas en América!: es preciso comenzar pronto la labor.– Un abrazo.– La bendición del Padre” 8.
En carta del 16 de octubre de 1952, el Padre me insistía en la necesidad de comenzar cuanto antes en Ecuador. “Esperamos, con impaciencia, pero sin prisas, la labor de Quito: tú tienes la palabra.– Mientras, te encomendamos para que veas con claridad cuándo y cómo y con cuántos y con quiénes.– Tenemos a D. Álvaro enfermo –el hígado– y es preciso pedir al Señor que le dé la salud: tiene demasiado trabajo encima y demasiadas preocupaciones.– Pide a la Santísima Virgen que podamos resolver estos apuros económicos, que nos agobian.– Saluda afectuosamente a tus padres y hermano” 9. Y terminaba con “Un abrazo muy fuerte y la bendición de tu Padre – Mariano” 10. Volvía a urgirme en la labor apostólica con otras palabras escritas al pie de una carta fechada 9 de enero de 1953, por un alumno del Colegio Romano (Andreu Barrera). Concretamente, el Padre y don Álvaro me encarecían que “pronto” se pudiera comenzar aquí y me aseguraban su acompañamiento espiritual y oraciones11.
Además de esta correspondencia más personal, tenía la suerte de recibir mensualmente en Quito la Hoja informativa, que se abría en cada número con unas palabras orientadoras del Padre, e incluía noticias y comentarios sobre el apostolado y la difusión del Opus Dei por el mundo12.
Además de esas y otras noticias, también me envió el Padre el tarjetón que se imprimió en facsímil, con palabras suyas, manuscritas, anunciando la celebración –el 2 de octubre de 1953–, de los 25 años de la fundación de la Obra. Quería el Padre que lo festejáramos en la intimidad familiar, sin ruido y con mucha piedad.
Las otras precisas recomendaciones que me hiciera San Josemaría en Roma, las fui cumpliendo con el mayor afán. Uno o dos días después de llegado a Quito visité a un antiguo profesor mío en el primer curso de Derecho, el Dr. Jorge Pérez Serrano, quien tenía entonces el bufete de abogados de mayor prestigio en esta ciudad, y me invitó, a pesar de mi juventud e inexperiencia, a unirme a ese grupo de distinguidos profesionales. Esto me facilitó enormemente el abrirme paso en el trabajo profesional, hacer nuevas amistades y cumplir el apostolado que me correspondía. Algunos de aquellos colegas, llegaron, con el correr de los años, a ser de los primeros supernumerarios del Opus Dei en Ecuador.
También el confesor que escogí, el Canónigo Ángel Gabriel Pérez, Deán de la Catedral, llegó a ser un excelente amigo y colaborador. Él a su vez me presentó a otras personas, clérigos y laicos. Entre los primeros, al Revmo. Miguel Enrique Romero, quien había fundado y mantenía el colegio de segunda enseñanza de mayor prestigio en Quito, por aquellos años. Este eclesiástico me brindó su amistad y confianza, me pidió consejo profesional en algunos asuntos, y como en esas conversaciones le di a conocer el Opus Dei, se interesó por que la Obra asumiera la dirección del colegio. Este fue el tema de otras cartas mías a San Josemaría, y de parte suya, manifestó que le parecía que podía ser una buena manera de comenzar en Quito.
Con la ayuda de estos buenos amigos y de muchos otros, se fueron organizando charlas, conferencias, círculos de estudios para jóvenes estudiantes, sea en casa de mis padres, en mi despacho profesional, en el colegio de Mons. Miguel Enrique Romero y en un local que me prestó Mons. Ángel Gabriel Pérez. También principié a escribir artículos de difusión de los principios cristianos, y daba cuenta de todo esto –enviando las revistas– al Padre. En carta de 22 de enero de 1953, hace referencia a esas publicaciones: “Queridísimo Juanito: que Jesús te me guarde. Leo con mucha alegría tus cartas y las revistas que envías” 17.
Otra actividad que me sirvió para consolidar amistades y hacer apostolado, fueron numerosas excursiones a los montes nevados de los alrededores de Quito. A veces se tomaban fotografías y algunas las envié al Padre, quien hace referencia a ello en la correspondencia. Así por ejemplo, en su carta del 12 de septiembre de 1953: “Que Jesús te me guarde, Juanito. Queridísimo: acuso recibo de tus cartas y de esas simpatiquísimas fotografías: te envidio, cuando te atreves a subir a tanta altura” 18.
Vivía yo con mis padres y también le daba noticias a San Josemaría sobre ellos. Mi padre se sometió a una operación quirúrgica en los primeros meses del año 1953. El Padre me manifiestó su complacencia por el buen resultado de la intervención médica, asegurándome sus oraciones. En palabras manuscritas, al pie de una carta de 15 de marzo de ese año, se refería el Padre a esto, y también a un viaje que hice a Bogotá, para participar en un curso de retiro: “Contentísimos con tus ejercicios y tu carta desde Colombia. Di a tus papás que nos dio mucha alegría saber que fue muy bien la operación” 19.
No teniendo los medios ordinarios de formación permanente y de dirección espiritual, escribía con frecuencia, por indicación de San Josemaría, al Consiliario del Opus Dei en Colombia, don Teodoro Ruiz. También mantenía correspondencia con la Comisión Regional de España. Varias veces el Padre me insistió en concretar con ellos sobre el pronto establecimiento de una casa de la Obra en Quito. A esto se refiere en las cartas de 22 de enero, 15 de marzo de 1953 y otras posteriores.
Dos veces me visitó don Teodoro, por una semana en cada ocasión, y en esos días aprovechó para predicar un primer curso de retiro a unos pocos señores que habían pedido la admisión como supernumerarios, y también para tres o cuatro chicos que aspiraban a ser numerarios.
Entre tanto, la labor apostólica iba tomando cuerpo y se conocía más y más el Opus Dei en diversos ambientes. Esto también originó algunas incomprensiones y molestos comentarios. El Padre estaba al corriente de todo y me animaba con sus cartas, como en las de 19 de febrero y 20 de abril de 195425.
Entre tanto, procuraba tener el mayor contacto con jóvenes estudiantes, para quienes tenía reuniones de formación en varios lugares, y algunos de ellos manifestaron el deseo de incorporarse al Opus Dei como numerarios o como supernumerarios. Cuando llegó el deseado día en que vino un sacerdote y se puso un centro de la Obra, teníamos ya ese pequeño núcleo inicial de personas.
La última carta de San Josemaría que recibí antes de la llegada de don Joaquín Madoz, que fue el primer sacerdote del Opus Dei destinado en Ecuador, tiene fecha 30 de septiembre de 1954. En ella pregunta con cariñoso interés si ya ha llegado “Quinito”, apelativo cariñoso de don Joaquín Madoz, que efectivamente llegó a Quito el 20 de octubre de ese año. La carta decía así: “Querido Juanito: que Jesús te me guarde. ¿Habrá llegado Quinito antes de que llegue esta carta? No sabes con qué alegría espero vuestras noticias. No te preocupes por las ordinarias dificultades que nos promueven: contento y con sentido sobrenatural, adelante. Encomiendo a esos hijos del Ecuador y a los que irá el Señor promoviendo en esa querida nación. Un abrazo. Te bendice, os bendice vuestro Padre, Mariano. Saluda cariñosamente a tus papás” 30.
Otra carta del Padre lleva fecha 19 de octubre y en ella volvía a preguntar si ya había llegado efectivamente don Joaquín. Es la última que aquí reproduzco: “Querido Juanito: que Jesús te me guarde. ¡Tan contento del Ecuador! Si sois fieles como hasta aquí, veo que el Señor se va a volcar en esa tierra bendita. ¿Llegó D. Joaquín? Me ilusiona recibir carta de los dos. A esos hijos, que con la gracia del Señor han sabido ser fuertes, y a todos, un abrazo muy fuerte, muy fuerte. Para ti la bendición más cariñosa de vuestro Padre, Mariano. A tus papás un cariñoso saludo, y que les encomiendo al Señor cada día” 31.
El conjunto de esta correspondencia transparenta la actitud paternal de San Josemaría: estuvo en los detalles; se interesó por cuanto se refería a sus hijos; inspiró constantemente alegría y serenidad; estimuló sin tregua el trabajo apostólico; y, confiando totalmente en sus hijos, lo esperó todo de Dios.
(*) Juan Larrea Holguín (1927-2006), fue arzobispo de Guayaquil y profesor de Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Por su abundante y acreditada producción científica en materias jurídicas e históricas, fue miembro de número de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y académico de la Real Academia de la Lengua de España. Falleció el 27 de agosto de 2006.
Notas
1. Con posterioridad a esta fecha continuó la correspondencia, pero con menor periodicidad. La última carta de San Josemaría que me llegó tiene fecha 8 marzo de 1974. La primera es la de septiembre de 1952, que da inicio a la serie de las que recibí antes de la llegada a Quito de don Joaquín Madoz, el primer sacerdote enviado por el Fundador del Opus Dei a Ecuador, el 20 de octubre de 1954. En ocasiones son cartas escritas íntegramente por San Josemaría y en otros casos son párrafos que San Josemaría añadió al final de cartas escritas por otras personas. Todas ellas se conservan en el Archivo General de la Prelatura (AGP).
3. Con el nombre de “Pensionato” se conocía la residencia del portero de la antigua embajada de Hungría, donde vivía San Josemaría con algunos miembros del Opus Dei, desde el verano de 1947, a la espera de que el edificio principal fuera desalojado. La antigua embajada se había adquirido para convertirla en la sede central del Opus Dei, pero sus inquilinos se resistían a dejarla. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. III, Madrid, Rialp, 2003, pp. 97-118.
7. Esta institución estaba destinada a proporcionar una intensa formación a miembros del Opus Dei provenientes de distintos países, que obtendrían un doctorado eclesiástico; muchos se ordenarían sacerdotes y regresarían a su nación de origen. Se había erigido el 29 de junio de 1948. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. III, p. 133.
8. Carta de San Josemaría a Juan Larrea Holguín, sin fecha, AGP, Sec. A, Leg. 264, Carp. 2. Esta primera carta no lleva fecha, seguramente por haberla despachado el Padre junto con otra al Consiliario de España, para que éste me la hiciera llegar. La recibí en Quito en noviembre, después de la segunda y la tercera. Con toda seguridad fue escrita en septiembre u octubre de 1952.
9. Ellos conocieron al Padre en Roma, en 1949, y conservaron siempre el más grato recuerdo.
10. Carta de San Josemaría a Juan Larrea Holguín, 16 de octubre de 1952, AGP, Sec. A, Leg. 264, Carp. 3. “Mariano”: uno de los nombres de Bautismo de San Josemaría que utilizaba con frecuencia para firmar su correspondencia.
11. San Josemaría quiso ir siempre “al paso de Dios”, e instaba a sus hijos a seguir ese mismo ritmo. Sin prisas pero sin pausas.
12. Sobre la Hoja Informativa, cfr. Josemaría Escrivá, Camino, edición crítico-histórica, preparada por Pedro Rodríguez, Madrid, Rialp, 2002, p. 538, nota 36 .
17. Carta de San Josemaría a Juan Larrea Holguín, 22 de enero de 1953, AGP, Sec. A, Leg. 264, Carp. 4.
18. Carta de San Josemaría a Juan Larrea Holguín, 12 de septiembre de 1953, AGP, Sec. A, Leg. 265, Carp. 2.
19. Frases de San Josemaría añadidas en Carta de Andreu Barrera a Juan Larrea Holguín, 13 de marzo de 1953, AGP, Sec. A, Leg. 264, Carp. 4. Se refiere a una operación quirúrgica que hicieron a mi padre, ya anciano. En Bogotá, don Teodoro Ruiz me encargó hablar de la Obra a un viejo amigo mío. Allí visité también a algunas personas que conocí cuando, muy niño, estuve en esa ciudad, siendo mi padre Embajador en Colombia, por 1932.
25. Cartas de San Josemaría a Juan Larrea Holguín, 19 de febrero de 1954 y 20 de abril de 1954, AGP, Sec. A, Leg. 265, Carps. 4 y 6 respectivamente.
30. Carta de San Josemaría a Juan Larrea Holguín, 30 de septiembre de 1954, AGP, Sec. A, Leg. 266, Carp. 2.
31. Carta de San Josemaría a Juan Larrea Holguín, 19 de octubre de 1954, AGP, Sec. A, Leg. 266, Carp. 3.
http://www.es.josemariaescriva.info/articulo/dos-anos-en-ecuador-281952-1954293a-recuerdos-en-torno-a-unas-cartas-de-san-josemaria-escriva-de-balaguer
|
|
|