Josemaría Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus Dei
 

Dios se sirve de hombres para que no olvidemos que existe

El seis de octubre del año 2002, más de mil quinientos salvadoreños nos encontrábamos en la Plaza de San Pedro, en Roma. Éramos parte del gentío que abarrotaba el recinto, sus alrededores, y desbordaba las calles hasta el río Tevere.

En cierta manera, la multitud de salvadoreños era representativa. Había obreros, empleados, amas de casa, obispos y sacerdotes, estudiantes, profesionales y personeros del gobierno; cada uno y cada una con una historia de cómo habían conseguido llegar a Roma.

Si nos hubieran preguntado en ese momento, lo más importante no habría sido cómo llegamos hasta allí, sino por qué habíamos puesto todos los medios a nuestro alcance para no perdernos un acontecimiento que congregaba en la Plaza una multitud variopinta, multicultural y heterogénea.

Juan Pablo II iba a canonizar, a incluir en la lista de los santos, a un sacerdote español que había nacido a principios del siglo pasado, fundó el Opus Dei en 1928 y murió con fama de santidad el 26 de junio de 1975, en la misma ciudad que ahora sería testigo de su elevación a los altares. Se llamaba Josemaría Escrivá, y después ese día, sería conocido en muchas partes como San Josemaría.

En septiembre de 1958, dos sacerdotes del Opus Dei llegaron a San Salvador desde España. Venían a trabajar y a "hacerse salvadoreños", venían a difundir el mensaje de la búsqueda de la santidad en la vida de cada día. Luego vinieron otros, y también llegaron laicos. Uno de los primeros sacerdotes, Juan Aznar, murió en estas tierras después de más de cuarenta y cinco años de fecundo trabajo pastoral y apostólico. Los demás siguen afanándose en el país y en otros lugares, con el empeño de hacer que muchos conozcan a Jesucristo.

Si mil quinientas personas pueden parecer muchas, los que tuvimos la suerte de poder presenciar la canonización hace cinco años en Roma, éramos sólo una pequeña parte en comparación con todos los salvadoreños que se han beneficiado con el trabajo del Opus Dei en el país a lo largo de estos años.

La ceremonia fue solemne y pausada, conmovedora. El protagonista no era Juan Pablo II ni Josemaría Escrivá. El protagonista era Jesucristo y el mensaje de salvación que trajo a los hombres, hecho realidad en una persona - una más, un santo más -, que toda su vida predicó la necesidad de encontrar a Jesús en lo que hacemos cada día, y cuya vida, la Iglesia confirmó como imitable, para los que quieran encontrar a Dios según un espíritu peculiar.

Hace ya varios e imagino que muchos no se enteraron del suceso. Sin embargo, como la columna es una especie de charla informal con quienes me leen, hoy he querido compartir con todos la alegría y la aventura que viví junto con más de sesenta jóvenes estudiantes y profesores con quienes compartimos de primera mano esos gozosos momentos.

El seis de octubre del año dos mil dos ocupa un lugar importante en mi corazón. Rememorarlo me llena de contento y esperanza, pues me recuerda que Dios no nos ha dejado de su mano, que se sirve de hombres para que no olvidemos que existe, que es Padre y está junto a nosotros, y echa mano de santos para infundirnos esperanza y seguridad en el camino que recorremos cada día.


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