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Cardenal Jorge María Mejía. Roma, 9 de octubre de 2002
Queridos hermanos y hermanas, queridos hermanos obispos, queridos hermanos sacerdotes,
Yo pensaba, cuando me preparaba para esta Eucaristía que los caminos del Señor son realmente inescrutables. Nunca hubiera pensado que iba a celebrar este día, en esta Basílica con ustedes, peregrinos venidos de varias naciones a la ceremonia de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer. Nunca hubiera pensado esto, y por esto antes de agradecer al Señor, quiero agradecer ahora públicamente al querido Prelado Monseñor Javier Echevarría Rodríguez, que me invitara a celebrar esta Eucaristía y a concelebrar el domingo con el Santo Padre.
Dicho esto quisiera que todos nosotros consideráramos esta Celebración Eucarística, como dije al principio y como creo que tiene que ser nuestra manifestación de gratitud al Señor y a la Iglesia -al Señor por medio de la Iglesia-: gracias, que nos dio ahora este nuevo santo.
Dije al principio y lo quiero repetir ahora: un santo es un don para la Iglesia, un santo es un don para el mundo. Lo es cuando vive, cuando está entre nosotros y, ojalá entre nosotros, como lo diré en seguida, haya más de un futuro santo o santa. Lo es cuando vive en este mundo, quizás no nos damos cuenta; y lo es también, y se puede decir, sobre todo, cuando está ya en la Gloria de Señor.
Nosotros, los que estamos todavía en el camino, tenemos la certeza de que esta persona, cuya figura está allí, cuyo nombre conocemos -ahora con la partícula “San” delante- está en la gloria para seguir ocupándose de nosotros.
Esto es lo primero que quiero decir: nosotros tenemos que dar gracias, por la vida y por la muerte, y sobre todo por la vida eterna, junto a Dios, de Josemaría Escrivá de Balaguer.
Ésta sea nuestra primera conclusión y digo “siempre”, porque lo que hoy celebramos solemnemente con una Eucaristía, es decir, con una acción de gracias, debe entrar en el tejido de nuestra vida. El Papa designará un día, seguramente para el culto y ese día, especial, de San Josemaría, nosotros lo celebraremos cuantas veces el Señor lo permita, o cuantas veces nuestra devoción nos incline a ello, en lo uno y en lo otro; demos gracias al Señor por esto.
Quisiera ahora que reflexionáramos brevemente ustedes y yo sobre lo que me parece son tres aspectos de la vida y de la acción del Santo, sobre todo, porque lo que él ha dejado como herencia en su vida, y al Opus Dei, nos marca un camino a nosotros, y cada uno de nosotros tiene que ver cómo lo sigue.
En “nosotros” incluyo a los sacerdotes, que están detrás de mí, espero que me oigan también, los que pertenecen a la Obra y los que no pertenecen a la Obra.
Es, me parece, en función de esa triple dimensión, como yo la veo, de la santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer, que las lecturas de hoy han sido elegidas, las mismas que se leyeron el domingo en la Misa del santo.
Lo primero es el trabajo. Digo esto porque ninguno de nosotros, me parece -por lo menos no es mi caso-, ha tenido ni tiene en su vida, hechos extraordinarios. Somos, me parece, la mayoría de nosotros, simplemente cristianos ordinarios ¿qué significa esto?: cristianos en quienes el Señor no se ha dignado, por lo menos públicamente en mi conocimiento, dotarnos de carismas extraordinarios. Estamos, como cristianos, dedicados a nuestro trabajo de cada día, cualquiera que sea.
Trabajo de personas laicas como están acá: hombres, mujeres, chicos, grandes, viejos, que trabajan; el trabajo de los obispos que es su ministerio cotidiano, el trabajo de los sacerdotes es también un ministerio en ayuda a los obispos.
Eso es lo que nos corresponde como jardín, si tomamos la expresión del Génesis. El jardín de cada uno de nosotros es ese trabajo cotidiano, y a eso el Señor nos llama, y es en eso que el Señor espera que le respondamos. Este Evangelio del trabajo, de nuestro nuevo Santo, es lo que marca el camino de la inmensa mayoría de los hombres y mujeres en este mundo, cristianos, y no cristianos, pero pensemos ahora en nosotros, cristianos.
Como, a través de esa cotidiana fidelidad a lo que uno tiene que hacer, desde que se levanta por la mañana hasta que se acuesta por la noche. Más o menos agradable, más o menos propio de lo que uno es y de lo que uno quiere. Más o menos, a veces no.
Eso es lo que el Señor nos pide: seguir a la santidad. Es la santidad de la vida cotidiana en el trabajo.
Recién cuando leía la lectura evangélica, este primer pensamiento mío se me modificó un poco porque el Señor dice a los Apóstoles que vengan con Él y los hará pescadores de hombres y dejan las redes, es decir, el trabajo. Pero recordemos que después de la Resurrección el Señor encuentra de nuevo los mismos cuatro apóstoles en el mismo lugar, y están pescando, mientras que tuvieron que dedicarse a ese trabajo, porque había que vivir, se santificaron pescando y no excluyo que entonces trabajaron como se sabe muy bien de San Pablo que tejía carpas, tejía tiendas.
Encomendemos entonces al Señor nuestras respectivas obras cotidianas que son el trabajo que tenemos. Si el Señor después nos pide cosas extraordinarias, que uno siga al Señor de otro modo, bendito sea Dios; a otros el Señor les pedirá que lo sigan como sucesores de Pedro.
Eso es lo primero que quiero decir. Lo segundo que quiero decir es que el Santo puso gran énfasis en el valor de la cultura, también como trabajo. Ustedes conocen, o habrán ido muchas veces a la Universidad de Navarra, y también a la Universidad Austral de Buenos Aires, a esta otra la conozco menos, he estado en la Clínica...
Este sentido de que se sirve al Señor con la inteligencia, además de con las manos, con el esfuerzo cotidiano del estudio, que implica sacrificio, implica renuncia, implica fidelidad, implica servicio de la verdad.
Todo eso que ustedes ven, quizás todavía más claramente, que el trabajo cotidiano es una escuela de santidad. Los que hemos dedicado al estudio la mayor parte de nuestra vida y yo ahora vuelvo a eso, que es el trabajo que tengo, veo, me doy cuenta, cómo servir a la verdad, en el cargo que sea, en esos campos, es construir la Iglesia y construir la sociedad.
Creo que los que están acá y que son profesionales, tienen un trabajo de ese nivel, comprenden como eso es un constante llamado a la santidad. Que el Señor se sirve, el Señor goza, el Señor premia a quien se entrega al servicio de la verdad, en cualquier orden, desde la Teología hasta la jardinería. Por eso la Iglesia tiene una categoría especial de santos que, nosotros sabemos, son los doctores de la Iglesia.
Lo último que quiero decir, es que todo esto, todo el ministerio de San Josemaría y todo nuestro trabajo, es una realidad de la Iglesia y para la Iglesia. Lo que ustedes hacen como miembros o como simpatizantes de la Obra, llamada de Dios, lindo nombre tiene la Obra, el Opus Dei, considérense, como se consideraba seguramente el Santo fundador y protector, un servicio de la Iglesia, estamos en la Iglesia para hacer lo que el Señor nos pida. Y lo que hacemos o no hacemos, ayuda a la Iglesia o no ayuda a la Iglesia, y en ese sentido la compromete.
Iglesia: ustedes saben que la Iglesia no es una abstracción. La Iglesia es una realidad muy concreta. Tan concreta que, como enseña la parábola de la cizaña y el trigo, y como enseña también la parábola de la pesca de los peces buenos y malos, en la Iglesia hay santos y pecadores.
Tratemos de estar del lado de los santos. Pero esa Iglesia concreta tiene al Papa, la cabeza, que proclama a los santos, además infaliblemente. Tiene a los obispos como nosotros, los obispos diocesanos, los obispos diocesanos más que yo, que no he sido obispo diocesano, tiene a los sacerdotes, tiene estructuras, tiene la Prelatura, la Prelatura Personal, tiene otras Prelaturas territoriales.
Esta realidad de la Iglesia, visible, limitada, porque todos tenemos límites, todos tenemos defectos, todos tenemos pecados ... es allí donde se nos pide que estemos, trabajemos, suframos, si el Señor quiere.
Por eso, repito, y creo que con esto concluimos. El Santo ha indicado tres caminos, ha indicado muchos más, yo he visto tres: el trabajo, el servicio de la cultura y, sobre todo, la inserción en la Iglesia.
Cada uno de nosotros, procure hacer a ejemplo de San Josemaría, y bajo su guía y su protección. Seremos entonces devotos, fieles devotos, discípulos de San Josemaría. Si hacemos eso, de nuestra vida cotidiana de trabajo, si hacemos eso, los que estén en eso, pero ¿quién no estudia?: hasta los chicos de colegio estudian, y ojalá todos estuviéramos estudiando a lo largo de nuestra vida, incluso profundizando nuestra fe.
Y todo eso hagámoslo como nuestro camino de santidad, en donde estamos. Hagámoslo en relación con la Iglesia, insertados en ella, mirando al Papa, y ustedes, miembros de la Prelatura, mirando al Prelado.
Me parece que eso da una posible vía concreta, realizable, práctica, de manifestar, de realizar nuestra devoción al nuevo Santo, y hacerlo con nuestro esfuerzo de santidad.
Eso es lo que pido en esta Eucaristía para ustedes y para mí.
http://www.es.josemariaescriva.info/articulo/card-jorge-maria-mejia-roma-9-de-octubre-de-2002
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