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22 de noviembre de 1937: La rosa de Rialp
San Josemaría siempre estuvo seguro de la intervención maternal de la Virgen en la historia del Opus Dei. En noviembre de 1937, durante la dura travesía de los Pirineos, Santa María encendió la esperanza del fundador con una rosa.
1936. Guerra civil española: se desata la persecución religiosa y Josemaría Escrivá se ve obligado a refugiarse en diversos lugares. Las circunstancias imponen suspender momentáneamente los proyectos del fundador de extender la labor apostólica del Opus Dei a otros países.
El 19 de noviembre de 1937 el fundador y algunos fieles del Opus Dei inician la ruta que les llevará a cruzar los Pirineos por Andorra y pasar a la zona en la que la Iglesia no es perseguida.
No sin vacilaciones, el Padre había decidido abandonar Madrid. Sus hijos le habían animado a dar ese paso, para salvar su vida. Él se había dejado convencer, pensando que en la otra zona podría proseguir haciendo el Opus Dei con libertad y establecer contacto con tantos estudiantes que luchaban en los frentes. En Madrid, permanecía Isidoro, que seguiría en contacto con los que se quedaban allí y con su familia. En cuanto a Vicente Rodríguez Casado, Álvaro del Portillo y José María González Barredo, continuaban refugiados en distintas sedes diplomáticas.
Pedro Casciaro, Francisco Botella y Miguel Fisac, junto al fundador del Opus Dei, José María Albareda y Juan Jiménez Vargas, pasaron la noche del 21 de noviembre de 1937 en lo que había sido la rectoría de la parroquia de Pallerols, a dos o tres kilómetros de Vilaró. Ambas, la iglesia y la rectoría, habían sido saqueadas. Su guía les instaló en una pequeña habitación del piso de arriba que tenía la ventana tapiada y el suelo cubierto de paja.
A la luz vacilante de una vela, Casciaro vio en la cara del Padre una expresión tan ansiosa y abatida como nunca desde que le conocía. El fundador del Opus Dei y Juan Jiménez Vargas discutían en voz baja, pero apasionadamente. Paco Botella estaba más cerca y pudo oír parte de la conversación. Le dijo a Casciaro que Escrivá se sentía incapaz de seguir adelante al pensar en los peligros que estaban pasando los miembros de la Obra en Madrid y que quería volver a la capital.
El fundador del Opus Dei pasó la noche en oración, llorando silenciosamente, roto, debatiéndose entre la necesidad de libertad para ejercer el ministerio sacerdotal y llevar adelante el Opus Dei y el pensamiento de que debía compartir el destino de los miembros de la Obra y los de su propia familia que permanecían en Madrid. Sumido en esta tremenda prueba interior hizo algo que nunca antes había hecho: pedir un signo extraordinario para resolver su dilema. Movido por su devoción a la Virgen María, a la que se invoca como Rosa Mística, le pidió que le diera una rosa de madera estofada si Dios quería que siguiese en su intento de cruzar a la otra zona de España.
Por fin, invoca una vez más a la Virgen y le pide que le muestre el camino a seguir mediante una señal precisa que él mismo sugiere a la Señora.
Cuando despertaron a la mañana siguiente y comenzaron a prepararse para la Misa, Escrivá continuaba muy preocupado. Durante la noche, en su discusión, Jiménez Vargas le había dicho: “A usted le llevamos al otro lado, vivo o muerto”. Esa mañana, ni Jiménez Vargas ni nadie dijo una palabra. Escrivá dejó la habitación en solitario, probablemente para rezar en la destrozada iglesia. Al regresar era otro, su cara estaba radiante de felicidad y de paz. En su mano sostenía una rosa de madera estofada. En 1936 los milicianos habían saqueado la iglesia y quemado el retablo. La rosa, que probablemente había formado parte del marco de rosas alrededor de la imagen de Nuestra Señora del Rosario, había sobrevivido. El fundador del Opus Dei lo entendió como la señal del cielo que había solicitado.
Inmediatamente, pide a los que le acompañan que dispongan lo necesario para celebrar la Santa Misa.
Ante su cambio de actitud -le han oído sollozar por la noche- comprenden que ha sucedido algo extraordinario. Con todo, nadie pregunta nada.
Después de la Misa, reanudan la marcha hacia los Pirineos. El Padre, que lleva con él la rosa estofada, avanza con paso decidido.
El fundador del Opus Dei raramente hablaba de este suceso. Cuando se le preguntaba por la rosa, normalmente cambiaba el tema de conversación o se limitaba a comentar que la Virgen es la Rosa Mística. Del Portillo, su más estrecho colaborador y primer sucesor, explicó por qué Escrivá no solía hablar sobre esta u otras gracias extraordinarias que había recibido: “En primer lugar, por humildad, porque era el protagonista de estos hechos, el que recibía esas gracias, esos mimos de Dios, de los que ha habido muchos en la historia de la Obra. Y, por otra parte, no le interesaba divulgar ni entre sus hijos estas caricias del Señor, para que todos nosotros supiésemos y viésemos que hay que hacer el Opus Dei no por 'milagrerías', sino porque es Voluntad de Dios” 267.
François Gondrand Al paso de Dios, 1ª Edición castellana Madrid, 1984 y John F. Coverdale La fundación del Opus Dei, Ariel, Barcelona, 2002
http://www.es.josemariaescriva.info/articulo/22-de-noviembre-de-1937-la-rosa-de-rialp
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