PortadaLibrosApuntes sobre la vida del fundador del Opus DeiLa prudencia sobrenatural de san Josemaría Escrivá
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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

La prudencia sobrenatural de san Josemaría Escrivá

Etiquetas: Prudencia, Audacia, Obra de Dios
No hagas caso. –Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. –¡Adelante, audacia! (Camino, 479).

Sin embargo, la audacia no es imprudencia, ni osadía (cfr. Camino, 401).
El Fundador del Opus Dei aprendió a abandonar en las manos divinas sus preocupaciones: Los niños no tienen nada suyo, todo es de sus padres..., y tu Padre sabe siempre muy bien cómo gobierna el patrimonio. Esta confianza en Dios no le llevaba a eludir su responsabilidad personal. Todo lo contrario: precisamente porque confiaba en Dios no podía despreciar ningún medio humano. Era lo más opuesto al carismático vacío de doctrina, al visionario irresponsable. Decía en broma que no era profeta, ni hijo de profeta. Pero repetía el electi mei non laborabunt frustra del Profeta Isaías (65, 23): el trabajo de los hijos de Dios siempre dará fruto.

La prudencia de Mons. Escrivá de Balaguer es contrapunto ineludible para entender en profundidad como vivió su filial relación con Dios, fuente de alegría, de paz, de serenidad, de audacia..., y a la vez base donde se apoyaban sus esfuerzos, sus agotadoras jornadas de trabajo.

En el capitulo tercero he aludido a la más importante manifestación de la prudencia sobrenatural del Fundador del Opus Dei: no querer ser fundador; poner los medios humanos, para comprobar que aquello que Dios le pedía no estaba ya organizado; actuar con la venia y con la bendición del Obispo de Madrid; buscar en el tiempo oportuno la aprobación de la Obra; desvivirse siempre –una vez clara la voluntad divina– para sacarla adelante.

Hay luego un conjunto inabarcable de aspectos heroicos y menores de la prudencia de Mons. Escrivá de Balaguer, perfectamente compendiados en el lema –Alma, calma– de su escudo familiar.

No era indeciso, pero sabía esperar. Le costaba mucho, por la viveza de su carácter. Alguna vez, casi recién llegado a Roma, le oyeron: –He aprendido a esperar: no es poca ciencia.

Maduraba las decisiones, sin improvisación ni ligereza. Así lo vivía, y así lo inculcó siempre a los que con los años ocuparon tareas de dirección dentro del Opus Dei. Usaba a menudo una frase gráfica, previniéndoles ante el peligro del apresuramiento: las cosas urgentes pueden esperar; las muy urgentes, ésas deben esperar... Era un modo práctico de distinguir lo importante de le, urgente: porque lo que no puede ni debe aguardar es le: verdaderamente importante, aunque no urja en apariencia.


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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