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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Superior del Seminario
En el curso 1922–23, las relaciones con los compañeros adquirieron un tono distinto, pues fue nombrado Superior del Seminario. Algunos se acuerdan de que el Cardenal Soldevila –entonces Arzobispo de Zaragoza– le distinguía mucho. Cuando se encontraba con ellos en el Seminario, en la Catedral o en cualquier otro lugar, solía dirigirse a él delante de los demás y le preguntaba cómo se encontraba, cómo le iban los estudios. Alguna vez le indicaba: –Ven a verme cuando tengas un rato.
Don José López Sierra, que fue Rector del Seminario en aquel período, afirmó que el Cardenal había nombrado a Josemaría Superior de los seminaristas, “en atención a su ejemplar conducta, no menos que a su aplicación”. A juicio del Rector, se distinguía entre los demás seminaristas “por su esmerada educación, afable y sencillo trato, notoria modestia”. Era –insiste– “respetuoso para con sus superiores, complaciente y bondadoso con sus compañeros, muy estimado de los primeros y admirado de los segundos”.
Para ser Superior o Inspector –ambos términos se usan indistintamente en documentos oficiales– del Seminario, era preciso ser clérigo, haber recibido la tonsura. Por esta razón, el Cardenal Soldevila tonsuró a Josemaría el 28 de septiembre de 1922, a él sólo, en una capilla del Palacio Arzobispal de Zaragoza, hoy desaparecida.
Los directores –o inspectores– se elegían entre los alumnos más aventajados y piadosos. Su misión consistía en dirigir los estudios, cuidar la observancia de la disciplina y de los reglamentos, acompañar a los alumnos en sus salidas a clase o de paseo, etc. Aunque eran seminaristas, en el Reglamento se les consideraba superiores, y se les debía obediencia y respeto. Tenían también algunas distinciones externas: habitación individual algo mayor que los demás y un fámulo a su servicio. (Los fámulos eran seminaristas que tenían matrícula gratuita y se encargaban del aseo de las habitaciones de los superiores y de servir la mesa de todos: algo análogo a lo que se sigue haciendo en modernas Universidades de gran prestigio, como las americanas de Harvard y de Princeton). En San Carlos había dos inspectores: uno para humanistas y filósofos, y otro para teólogos. Su cometido –especifica un antiguo seminarista– “resultaba difícil, porque los chicos menores solían armar el jaleo propio de la edad. Josemaría nunca se alteraba ni perdía la compostura; siempre se comportaba con caridad, prudencia y educación”.
José María Román Cuartero, el fámulo que asignaron a Josemaría al ser nombrado Inspector, rememora aquellos tiempos en que, entre otros servicios, le hacía la cama por las mañanas y atendía la mesa separada en que, en el comedor general, se sentaban los superiores: siempre le impresionó “su bondad y su paciencia en el trato”. Cuando Josemaría le veía enfadado, procuraba animarle con alguna frase cariñosa o gastándole bromas. Y compartía con él la comida, pues la de los directores era especial. “Me doy cuenta ahora de que hacía estas mortificaciones sin que se notase, de manera natural”.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Don José López Sierra, que fue Rector del Seminario en aquel período, afirmó que el Cardenal había nombrado a Josemaría Superior de los seminaristas, “en atención a su ejemplar conducta, no menos que a su aplicación”. A juicio del Rector, se distinguía entre los demás seminaristas “por su esmerada educación, afable y sencillo trato, notoria modestia”. Era –insiste– “respetuoso para con sus superiores, complaciente y bondadoso con sus compañeros, muy estimado de los primeros y admirado de los segundos”.
Para ser Superior o Inspector –ambos términos se usan indistintamente en documentos oficiales– del Seminario, era preciso ser clérigo, haber recibido la tonsura. Por esta razón, el Cardenal Soldevila tonsuró a Josemaría el 28 de septiembre de 1922, a él sólo, en una capilla del Palacio Arzobispal de Zaragoza, hoy desaparecida.
Los directores –o inspectores– se elegían entre los alumnos más aventajados y piadosos. Su misión consistía en dirigir los estudios, cuidar la observancia de la disciplina y de los reglamentos, acompañar a los alumnos en sus salidas a clase o de paseo, etc. Aunque eran seminaristas, en el Reglamento se les consideraba superiores, y se les debía obediencia y respeto. Tenían también algunas distinciones externas: habitación individual algo mayor que los demás y un fámulo a su servicio. (Los fámulos eran seminaristas que tenían matrícula gratuita y se encargaban del aseo de las habitaciones de los superiores y de servir la mesa de todos: algo análogo a lo que se sigue haciendo en modernas Universidades de gran prestigio, como las americanas de Harvard y de Princeton). En San Carlos había dos inspectores: uno para humanistas y filósofos, y otro para teólogos. Su cometido –especifica un antiguo seminarista– “resultaba difícil, porque los chicos menores solían armar el jaleo propio de la edad. Josemaría nunca se alteraba ni perdía la compostura; siempre se comportaba con caridad, prudencia y educación”.
José María Román Cuartero, el fámulo que asignaron a Josemaría al ser nombrado Inspector, rememora aquellos tiempos en que, entre otros servicios, le hacía la cama por las mañanas y atendía la mesa separada en que, en el comedor general, se sentaban los superiores: siempre le impresionó “su bondad y su paciencia en el trato”. Cuando Josemaría le veía enfadado, procuraba animarle con alguna frase cariñosa o gastándole bromas. Y compartía con él la comida, pues la de los directores era especial. “Me doy cuenta ahora de que hacía estas mortificaciones sin que se notase, de manera natural”.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
- El papel de Tía Carmen y la Abuela
- Ofrece tus molestias por esa labor
- La muerte de su hermana Carmen
- Calor de hogar
- La niña de sus ojos
- Intuía nuestras preocupaciones
- ¿Cuántos días hace que no escribes a tus padres?
- Con aire de intimidad
- Somos una familia
- La santidad del amor humano
- La sensualidad corta las alas del amor
- Tratar de cosas divinas a lo humano, y de cosas humanas a lo divino
- Todo tu corazón
- Un hogar luminoso y alegre
- Materializar el amor de Dios por todos sus hijos
- Circunstancias difíciles en el matrimonio
- El latín, para los curas
- Nunca pensé ser cura
- La única vez que le vi llorar
- El seminario de Logroño
- Los años de San Josemaría Escrivá en Zaragoza
- Mientras Josemaría esperaba conocer el plan de Dios
- El ambiente en el seminario
- Una pelea en el seminario
- Superior del Seminario
- Afán apostólico
- Visitas diarias a Nuestra Señora del Pilar
- Estudios civiles
- Licenciado en Derecho
- Me comería ¡cada plato de sopas con vino!...
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