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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Una pelea en el seminario

Etiquetas: Piedad, Carácter, seminario
Incluso, un profesor se dejó llevar de esa impresión. Se conservan unas notas escritas suyas, en que, con referencia al curso 1920–21, define el carácter de Josemaría como “inconstante y altivo, pero educado y atento”. Este profesor observa que su piedad es buena, pero regular su aplicación y disciplina. Al curso siguiente, anota ya un bien en estos dos conceptos. (De hecho, en el curso 1920–21, Josemaría obtiene calificación de meritissimus en cuatro asignaturas y benemeritus, en otra; en los cursos siguientes, consigue meritissimus en todas las asignaturas). Pero no cambia la calificación que le merece su carácter, aunque no concuerda con los resultados objetivos: no encaja la inconstancia con el máximo de puntuación en todas las asignaturas.

En ese manuscrito figura también una anotación marginal, desgraciadamente sin fecha. Refleja el momento que debió ser de máxima tensión. La nota dice literalmente: “Tuvo una reyerta con don Julio Cortés, y se le impuso el correspondiente castigo, cuya aceptación y cumplimiento fue una gloria para él, por haber sido a mi juicio su adversario quien primero y más le pegó, y profirió contra él –contra don Josemaría– palabras groseras e impropias de un clérigo, y en mi presencia le insultó en la Catedral de la Seo”. Nada más he podido averiguar con certeza acerca de este incidente. Sólo que mucho tiempo después, el 8 de octubre de 1952, de un modo que le honra, don Julio Cortés escribe al Fundador del Opus Dei desde Jaén –donde murió siendo capellán del Sanatorio antituberculoso “El Neveral”– pidiéndole perdón, “arrepentido y de la manera más sumisa e incondicional, ¡mea culpa...!”

Pudo ser el disgusto más importante, pero ni mucho menos el único. El alma de Josemaría se iba forjando para afrontar las contradicciones, bastante más graves, que sufriría a lo largo de su vida.

De lo que nadie dudó nunca fue de su vida de piedad intensa, simpática, alegre y atrayente, que no sólo era compatible, sino que fundamentaba su constante sentido del humor y su visión positiva de las cosas. No daba, sin embargo, importancia a lo que hacía, ni alardeaba de nada: con naturalidad, hacía lo posible para pasar inadvertido. Un día, un compañero encontró en su habitación un cilicio, y lo dijo a otros. Josemaría se puso esta vez serio, y les hizo ver que no era de buen gusto, ni prudente, convertir en habladurías la piedad de los demás.

Don Agustín Callejas admiraba su actitud durante la meditación diaria en el Seminario: recogimiento, concentración, oración intensa. Y la devoción con que comulgaba, sin hacer nada raro, “con las manos juntas sobre el pecho, el cuerpo erguido y el paso firme”.


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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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