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Una pedagogía de la fe en familia. A propósito de algunas enseñanzas de san Josemaría
Michele Dolz
Los padres son los principales educadores de sus propios hijos. Este principio ha sido afirmado repetidas veces por el Magisterio de la Iglesia.
Veremos en estas páginas cómo Josemaría Escrivá ha profundizado en esta verdad y la ha enseñado en relación con la llamada bautismal a la santidad y al apostolado.
«No puede proponerse a los esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles; Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Éfeso y que colaboraron en el apostolado de San Pablo; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados de Joppe. Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros discípulos del Señor.
Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy » (Es Cristo que pasa, n. 30)
La admiración de san Josemaría por los primeros cristianos y el continuo proponerlos como modelo, nada quitaba, obviamente, al reconocimiento de todos los frutos de santidad que la Iglesia ha producido en dos milenios de historia, santidad «cultivada» muy a menudo en las familias cristianas. Pero las primeras generaciones ponen muy bien de relieve tres aspectos básicos:
a) la meta a la que aspiran es la santidad, entendida como identificación total con Cristo;
b) la misión de cristianización de la sociedad y de la cultura (que equivale al acercamiento a Cristo de las personas singulares) corresponde a cada uno de los cristianos en su proprio ambiente, empezando por la familia;
c) todo esto tiene su origen en el bautismo, es decir, en el hecho de ser cristianos, y no en mandatos particulares de la jerarquía o en actos de consagración añadidos.
Volviendo a la misión educativa de los padres con sus proprios hijos, San Josemaría enseñó siempre, no sin incomprensiones iniciales, que el matrimonio es una vocación divina y que radica su grandeza, sus obligaciones y su eficacia en el mismo sacramento.
«El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado -con la gracia de Dios- todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive.
Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial -el bautismo- ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino. Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad» (Conversaciones, n. 91).
San Josemaría presta atención a los motivos naturales que fundamentan el carácter insustituible de los padres como educadores de la fe. Esta labor no ha de ser vista sólo como un empeño, por santo que sea, sino como una verdadera necesidad: lo que no hagan los padres no podrá hacerlo nadie más en su lugar.
«En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da esa natural y sobrenatural iniciación a la vida de piedad, hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir -más que enseñar- esa piedad a los hijos» (Conversaciones, n. 103).
Profundizando y aplicando el principio del primado educativo de los padres, san Josemaría les daba una indicación aparentemente metodológica: hacerse amigos de sus hijos, es decir, establecer con ellos una relación de confidencia, de confianza, de verdadera condivisión. El pedagogo Víctor García Hoz, que conocía a Josemaría Escrivá desde los años treinta, ha puesto de relieve la importancia de este consejo, recordando que, en último extremo, toda educación verdadera se basa en la relación de amistad entre educador y educando (V. García Hoz, "La pedagogia in Mons. Escrivá de Balaguer", en “Studi Cattolici” 182-183 (1976), pp. 260-266). He dicho “aparentemente metodológica”, porque la amistad y el amor cristiano son caridad y ésta no se reduce a técnicas sino que constituye la substancia misma de la nueva vida en Cristo.
Unos padres que aspiran a la santidad y desean la santidad para sus hijos comprenden bien aquellas otras palabras de san Josemaría: «Hay una especial Comunión de los Santos entre los miembros de una misma familia. Si sois muy santos, vuestros hijos tendrán más facilidad para serlo» (Apuntes tomados en una tertulia en Valencia (España), 19-XI-1972: AGP, P11, p. 101). Una particular comunión espiritual que nace una vez más del sacramento del matrimonio, porque Cristo ha asumido, santificado y hecho vocacionales las relaciones familiares naturales.
Ahora bien, la santidad no se puede enseñar como un contenido teórico. Los padres pueden y deben transmitir las verdades de la fe cristiana y encaminar a sus hijos hacia los medios de santificación de los que dispone la Iglesia. Sin embargo, es bueno recordar que «los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años» (Es Cristo que pasa, n. 28).
Michele Dolz. Resumen del estudio publicado en el Boletín Romana, n° 32 • Enero - Junio 2001 • Pág. 114
Veremos en estas páginas cómo Josemaría Escrivá ha profundizado en esta verdad y la ha enseñado en relación con la llamada bautismal a la santidad y al apostolado.

«No puede proponerse a los esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles; Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Éfeso y que colaboraron en el apostolado de San Pablo; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados de Joppe. Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros discípulos del Señor.
Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy » (Es Cristo que pasa, n. 30)
La admiración de san Josemaría por los primeros cristianos y el continuo proponerlos como modelo, nada quitaba, obviamente, al reconocimiento de todos los frutos de santidad que la Iglesia ha producido en dos milenios de historia, santidad «cultivada» muy a menudo en las familias cristianas. Pero las primeras generaciones ponen muy bien de relieve tres aspectos básicos:
a) la meta a la que aspiran es la santidad, entendida como identificación total con Cristo;
b) la misión de cristianización de la sociedad y de la cultura (que equivale al acercamiento a Cristo de las personas singulares) corresponde a cada uno de los cristianos en su proprio ambiente, empezando por la familia;
c) todo esto tiene su origen en el bautismo, es decir, en el hecho de ser cristianos, y no en mandatos particulares de la jerarquía o en actos de consagración añadidos.
Volviendo a la misión educativa de los padres con sus proprios hijos, San Josemaría enseñó siempre, no sin incomprensiones iniciales, que el matrimonio es una vocación divina y que radica su grandeza, sus obligaciones y su eficacia en el mismo sacramento.
«El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado -con la gracia de Dios- todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive.
Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial -el bautismo- ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino. Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad» (Conversaciones, n. 91).
San Josemaría presta atención a los motivos naturales que fundamentan el carácter insustituible de los padres como educadores de la fe. Esta labor no ha de ser vista sólo como un empeño, por santo que sea, sino como una verdadera necesidad: lo que no hagan los padres no podrá hacerlo nadie más en su lugar.
«En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da esa natural y sobrenatural iniciación a la vida de piedad, hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir -más que enseñar- esa piedad a los hijos» (Conversaciones, n. 103).
Profundizando y aplicando el principio del primado educativo de los padres, san Josemaría les daba una indicación aparentemente metodológica: hacerse amigos de sus hijos, es decir, establecer con ellos una relación de confidencia, de confianza, de verdadera condivisión. El pedagogo Víctor García Hoz, que conocía a Josemaría Escrivá desde los años treinta, ha puesto de relieve la importancia de este consejo, recordando que, en último extremo, toda educación verdadera se basa en la relación de amistad entre educador y educando (V. García Hoz, "La pedagogia in Mons. Escrivá de Balaguer", en “Studi Cattolici” 182-183 (1976), pp. 260-266). He dicho “aparentemente metodológica”, porque la amistad y el amor cristiano son caridad y ésta no se reduce a técnicas sino que constituye la substancia misma de la nueva vida en Cristo.
Unos padres que aspiran a la santidad y desean la santidad para sus hijos comprenden bien aquellas otras palabras de san Josemaría: «Hay una especial Comunión de los Santos entre los miembros de una misma familia. Si sois muy santos, vuestros hijos tendrán más facilidad para serlo» (Apuntes tomados en una tertulia en Valencia (España), 19-XI-1972: AGP, P11, p. 101). Una particular comunión espiritual que nace una vez más del sacramento del matrimonio, porque Cristo ha asumido, santificado y hecho vocacionales las relaciones familiares naturales.
Ahora bien, la santidad no se puede enseñar como un contenido teórico. Los padres pueden y deben transmitir las verdades de la fe cristiana y encaminar a sus hijos hacia los medios de santificación de los que dispone la Iglesia. Sin embargo, es bueno recordar que «los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años» (Es Cristo que pasa, n. 28).
Michele Dolz. Resumen del estudio publicado en el Boletín Romana, n° 32 • Enero - Junio 2001 • Pág. 114
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