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Testimonios

Una bocanada de aire fresco

Santiago Martínez, licenciado en Derecho, España

1 de enero de 2002

Etiquetas: Santidad, Unidad de vida
Tuve la fortuna de conocer al fundador del Opus Dei, en Roma, a principios del mes de octubre de 1955. Unos años antes (1952) había pedido mi admisión en la Obra, como familiarmente la llamamos. Empezaba por entonces la carrera de Derecho en la Universidad Central de Madrid, la única en aquellos años en la capital de España. En el mundo turbulento de la posguerra, tanto ideológica, política, como religiosamente, la entrada en la universidad suponía un universo nuevo lleno de incertidumbres y de desafíos. Las inquietudes juveniles que despertaban las diversas posibilidades iban desde un marxismo agresivo, que se presentaba como solución utópica, ahora lo sabemos -materialista e imperialista-, a un liberalismo democrático que parecía impotente para frenar al anterior. Ambos me parecían vacíos, incapaces de resolver las inquietudes profundas, puesto que dejaban sin resolver los anhelos más hondos, no sólo del corazón, sino de la inteligencia y de la voluntad.

El encuentro con el espíritu del Opus Dei me resultó como una bocanada de aire fresco, de “utopía” si cabe hablar así, accesible, en realidad de carne y hueso. Ni materia sin espíritu, ni espíritu sin materia. La vida entendida como existencia integral. Un modo de ver el cristianismo que superaba la esquizofrenia de la “doble vida”, la del templo y la de la calle; afirmación del mundo, “materialismo cristiano” sin divorcio con la trascendencia; no entendida ésta a lo Ortega y Gasset, como una trascendencia dentro de la inmanencia intramundana. Un Dios, “más que Dios”: Padre, que se interesaba por los hombres sin “jugar con nosotros a los dados”. Una religión no reducida a “prácticas”, más o menos piadosas, sino a vida “vitalizadora” de todas las prácticas. Un mundo bueno, sagrado por haber salido de las manos de Dios, degradado por la maldad de un hombre, herido por el pecado original, sí, pero redimido por la actividad redentora de Cristo que quiere no ser de nuevo crucificado, sino colocado en la cumbre de todas las actividades nobles de los hombres.

El fundador del Opus Dei nos proponía hacer de la existencia una novela maravillosa que ningún novelista sería capaz de escribir. La vida entendida como compromiso vocacional, como un ideal en el que quemar la propia vida, como una empresa natural y sobrenatural en la que gastarse y desgastarse, ya que “ningún ideal se hace realidad sin sacrificio”.

Nos enseñaba el “valor divino de lo humano”; pedía convertir la prosa de cada día en endecasílabo, verso heroico. El mundo sería nuestro “convento”, la calle nuestra “celda”, el trabajo –santificante y santificador- la palanca de lanzamiento hacia el cielo. Amar el mundo sin ser mundanos. Querer huir del mundo, para nosotros, dotados de una llamada divina a santificar las realidades seculares, sería tanto como querer huir de Dios. Era en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debíamos santificarnos. Por eso decía: “no lo dudéis, cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios. Debéis comprender ahora – con una nueva claridad – que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes que toca a cada uno de vosotros descubrir.”
Por eso nos enseñó a “materializar” la vida espiritual evitando la tentación de llevar como una doble vida; el cristiano no es un esquizofrénico porque no hay más que una vida, hecha de carne y espíritu, y esa es la que tiene que ser santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.
La identidad de la persona radica para él en la filiación divina, en su radicalidad de hijo de Dios: “no hay más que una raza en la tierra, la raza de los hijos de Dios…. no hay más que un lenguaje, el lenguaje de los hijos de Dios”. De ahí nacía una alegría desbordante con la que contagiaba a todos los que le conocían. De pecador a santo. De humano a divino. Su fe gigante en nuestro destino sobrenatural le llevaba a un estilo de existencia cristiana orientada a la adquisición de las virtudes humanas y no sólo al cumplimiento de los mandamientos; a la búsqueda de los valores y no sólo a evitar los vicios.

En definitiva, Josemaría Escrivá de Balaguer nos ha enseñado, con su vida y con su palabra, a agradecer una existencia que admite un compromiso vocacional y exige una valoración positiva de las realidades humanas, las cuales no se divorcian de las sobrenaturales y en definitiva son las únicas con las que, equipado el hombre y en uso de su libertad, le proporcionan su plenitud existencial.