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Una amistad de 43 años

Monseñor Pedro Altabella

Etiquetas: Amistad, Oración, Sacerdocio, Zaragoza
Monseñor Pedro Altabella conoció a san Josemaría al principio de los años 20 en Zaragoza. En este artículo evoca algunos recuerdos de la larga amistad que les unió: “Quisiera evocar siquiera algún rasgo de la rica personalidad sacerdotal del fundador del Opus Dei. Creo que un trato frecuente que tuve con él a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo”.


San Josemaría en los años veinte
San Josemaría en los años veinte
Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Seminario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con manteo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores. Luego, circulaba por nuestro Seminario la noticia de que Josemaría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. Yo entonces no sabía más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por el Cardenal Angel Herrera a Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15. Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, tanto en las horas brillantes como en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión y con enorme poder de convicción me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá con las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: “Todo pontífice escogido de entre los hombres es constituido para los hombres en las cosas que miran a Dios”. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hombre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autorizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame permitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terreno de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo... ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera pertenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coordenadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.


El Noticiero, Zaragoza (España), 29 de julio de 1976