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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Un sacerdote que sólo hablaba de Dios

Etiquetas: Alma sacerdotal, Dios, Mentalidad laical
Mons. Escrivá de Balaguer fue un sacerdote que no hablaba más que de Dios. Era ostensible, clamorosamente patente. Y vivió también muy a fondo esa mentalidad laical que tanto predicó, con todas las consecuencias prácticas que de ella se derivan: para un sacerdote, no mangonear las almas, no entrometerse en lo ajeno, respetar la libertad de las conciencias, abominar de privilegios y exenciones...

Llevó esta actitud hasta el extremo de no querer vivir de la sotana. Hubo momentos en que pasó graves apuros económicos. Entre otros muchos, cuando se trasladó a Madrid en 1927. Entonces dio clases de Derecho romano y de Derecho canónico en la Academia Cicuéndez, por la simple razón de que necesitaba dinero para atender las necesidades económicas de su familia.

Después de la guerra de España aceptó un puesto como profesor en la Escuela Oficial de Periodismo. Seguro que seguía necesitando dinero, aunque allí no debía ganar mucho. Fue a aquella Escuela para atender el ruego de un amigo, Giménez Arnau, entonces Director General de Prensa, y porque explicar Ética y Deontología a futuros periodistas era un modo de dar doctrina, de hablar de Dios. Ésta fue la razón fundamental de su presencia en la Escuela Oficial de Periodismo.

En la Hoja del Lunes de Madrid, escribió Pedro Gómez Aparicio, primer secretario de aquella Escuela: “Supongo que aún perdura el recuerdo de don Josemaría entre los que fueron sus alumnos. Su trato era sencillo, respetuoso y afable; su carácter, abierto, optimista y generoso, siempre dispuesto a un diálogo cordial. Creo que hubiera sido un gran periodista de no absorberle sus actividades apostólicas”.

Aunque atendiese aquellos trabajos con sentido de responsabilidad, estaba siempre claro que no era ésa su dedicación profesional. Sólo quería ser sacerdote. Muchos le animaron a preparar oposiciones a cátedras, pero su respuesta fue siempre negativa: contestaba que así podía haber un catedrático más; pero que si era sacerdote cien por cien, si era plenamente sacerdote, habría muchos sacerdotes y muchos profesionales, y muchos obreros y muchos matrimonios santos entregados a Dios.

Desde esta perspectiva se comprende por qué insistía tanto en que los sacerdotes vistiesen el traje talar u otro hábito correcto que, cumpliendo las normas dadas por sus obispos, denotara enseguida la presencia del ministro de Cristo. Entendía el sacerdocio como un ministerio, como un servicio público, y juzgaba que los demás –católicos o no– tenían derecho a poder reconocer al sacerdote por su atuendo, para requerir sus servicios en cualquier lugar o circunstancia. Decía a los sacerdotes que se mostrasen así por deber de caridad o de justicia, pero también como consecuencia de su mentalidad laical.

Don Josemaría lo vivió, incluso heroicamente, en tiempos difíciles, cuando en Madrid era arriesgado andar por la calle con sotana. Después de las quemas de iglesias y conventos de mayo de 1931, sacerdotes capaces de una actuación decidida y valiente si llegaba el caso, iban ordinariamente de paisano por las calles madrileñas. El Fundador del Opus .Dei, según testimonia el Dr. Jiménez Vargas, desde que él le conoció en 1932, “nunca admitió ir de paisano. Es más, llevaba manteo, que sin duda era más llamativo –valga la palabra– que el abrigo”.

Mons. Cantero, Arzobispo de Zaragoza, resumió éstos y otros rasgos del alma sacerdotal, de la personalidad entera de Mons. Escrivá de Balaguer, en la homilía que predicó en el funeral celebrado en aquella ciudad por su eterno descanso: “el equilibrio y armonía para unir en su vida y en su obra la prudencia y la audacia; el tesón de su tierra baturra y la apertura sin recovecos al pensamiento de los demás; el respeto y el amor a la libertad con la observancia de la disciplina y de la obediencia; el sentido del humor con el aguante ante la cruz del sufrimiento físico y moral; el talante de un optimismo eripedernido con la valoración de las limitaciones y miserias humanas; la fidelidad a la ortodoxia con el hombre y la sed de la creatividad al servicio de Dios, de su Iglesia y de los hombres sus hermanos, porque amaba a Dios, a la Iglesia y a los hombres con el mismo corazón.

Y es que Mons. Escrivá de Balaguer fue, ante todo y sobre todo, un hombre de Dios: un sacerdote.”


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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