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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia

Etiquetas: Opus Dei, Vida ordinaria
¿Qué es lo que yo quería? –escribió el Fundador del Opus Dei en 1961–: Un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia, de acuerdo con la naturaleza de nuestra vocación y con las exigencias de la expansión de nuestros apostolados; una sanción plena del Magisterio a nuestro camino sobrenatural, donde quedaran, claros y nítidos, los rasgos de nuestra fisonomía espiritual. El crecimiento de la Obra, la multitud de vocaciones de personas de toda clase y condición, todo esto que era bendición de Dios, me urgía a tratar de obtener –de la Santa Sede– la plena aprobación jurídica del camino que el Señor había abierto.

Antes, en ese mismo escrito, se había referido al motivo de su primer viaje a Roma:
Nosotros no veníamos a ser un grupo que se repliega sobre sí mismo, para buscar la santidad personal y, desde el abrigo corporativo de una institución, santificar a los demás. El Señor nos quería donde estábamosnel bel mezzo delta strada, me gusta decir en italiano–, en el estado, condición, trabajo profesional que cada uno tiene en el mundo.
Y ahí nos daba la misión de santificar a los demás, de llevarlos a Cristo por el testimonio, por la doctrina, por la amistad y el ejemplo de una vida limpia. Esta misión apostólica nos urgía a buscar la santidad: ahí, donde estábamos, en nuestro trabajo profesional, en el ocio de cada uno que, elevado por la gracia al orden sobrenatural y ejercido con perfección humana, se convertía en camino específico de santificación. El estado religioso, hijos míos, no lo podía aceptar para nosotros, porque diere –por su ascética, por sus medios, y por sus fines específicos– de la ascética, medios y fines que Dios, en su providencial designio, quería para su Obra.


El Fundador del Opus Dei dejó sus preocupaciones en el Señor, y Él le sostuvo (cfr. Ps., LIV, 23). Apoyado en su vocación divina como toda certeza, fue capaz de abrir camino, guiado por la mano de Dios. Porque el Señor escucha a los que a Él acuden confiados, sin más armas que el abandono en sus brazos poderosos, sin más apoyo que la confianza en su Santísima Madre.

Lo reconocía en 1950: A pesar de mis muchas miserias –quizá precisamente por ellas, para que se viera que la Obra era de Él– el Señor se ha dignado inspirar el Opus Dei a este pobre pecador, y prácticamente desde 1917 hasta 1928, y hasta ahora, me da la impresión de que ha hecho conmigo lo que dice la Palabra divina: et delectabar per singulos dies ludens coram eo; omni tempore ludens in orbe terrarum: et deliciae meae esse cum filiis hominum (Prov., VIII, 30 y 31): la Sabiduría de Dios jugaba como con un niño, delante del Señor cada día, en la redondez de la tierra: porque las delicias de Dios son estar con los hijos de los hombres. La Sabiduría infinita me ha ido conduciendo, como si jugara conmigo, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la claridad con que veo cada detalle de la Obra, y bien puedo decir: Deus docuisti me a iuventute mea; et usque nunc pronuntiabo mirabilia tua (Ps., LXX, 17), el Señor me ha ido adoctrinando desde el principio de la Obra, y no puedo menos de cantar sus maravillas.

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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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