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Un guía espiritual para nuestro tiempo

Tatjana Gorichewa

Etiquetas: Vida interior, Vida ordinaria
A nuestro pueblo de Rusia, torturado pero no aniquilado, le ha quedado una autoridad: los «startsi»*. En un país en el que raramente se puede conseguir la Biblia, ellos son el Evangelio viviente, la demostración viva de que Dios existe, inalcanzable para el cálculo político y el pensamiento mundano. Los «startsi» son guías espirituales probados por su vida. Nos salen al encuentro como padres. Y como padres nos salvan, nos dirigen, nos fortalecen, nos contagian su alegría. En Josemaría Escrivá, a quien he encontrado a través de sus escritos, he hallado el mismo ánimo, la misma fortaleza y el mismo amor por encima de las fronteras que distingue a los espíritus. Sus obras contienen una respuesta para todo el que anda en busca de confianza. Y he hallado en él también esa autoridad inconfundible que no violenta ni oprime, sino que enamora y entusiasma: la paternidad.

Nuestro tiempo ha perdido autoridades que cohesionen a los hombres, ha perdido la paternidad. Y cuando no hay padres, los hombres se vuelven desarraigados y sin hogar. Por eso son tan valiosas para nosotros esas figuras que son capaces de brillar en la oscuridad de toda Europa y que se convierten en autoridad allí donde se había perdido el mismo concepto de autoridad.

«Este hombre es jovial. No puede ser ateo», dijo Dostoyevski en una ocasión. Y Josemaría Escrivá repite como un estribillo su llamada a la alegría por ser hijos de Dios. Sorprendentemente, la santidad tiene un efecto paradójico. La santidad exige el máxime de nosotros: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». El santo exige de nosotros que lo abandonemos todo, que tomemos nuestra cruz y sigamos a Cristo. Santidad significa escuchar, atender a esta llamada y obedecerla sin condiciones. Y precisamente obedeciendo nos hacemos libres. Una obediencia interior, que no tiene nada en común con la esclavitud bajo una ideología y mucho menos con el sometimiento a un sistema politico, sea el que sea. A la obediencia interior se la elige libremente. Por eso la santidad va acompañada de la alegría.

El hombre del siglo XX alardea de sus libertades. En realidad es una víctima, y está dominado. En su indigencia, el hombre del siglo XX se pregunta si la Iglesia no significará para él también esclavitud. No admite las respuestas de la tradición y la moral. Sólo lo vivo convence. Un amigo que durante 35 años de su vida había seguido el lema «Mejor morir de pie que vivir de rodillas» me contó que experimentó por vez primera la sensación de libertad sin límites del ser obediente al arrodillarse en una iglesia. También la vida de nuestros maestros espirituales, el espíritu vivo de nuestros santos modernos es una respuesta. Contemplarlos ensancha el alma, nos lleva a la paz.

Me ha impresionado la constante llamada de Escrivá a la santidad de lo cotidiano. Tenemos la inclinación a esperar grandes cosas y grandes hechos. Esta tendencia —hasta el delirio de grandeza— es una señal de los proyectos humanos y las ideologías. Pero el cristianismo no es una utopía ni un simple idealismo. Los iconos contienen, en su perspectiva de fondo, el peculiar anuncio de otorgar atención a las cosas pequeñas: el óbolo de la viuda, la puerta estrecha, el grano de mostaza, el ojo de la aguja.

Cuanto mayor es Dios, mas pequeño es el mundo. Su anuncio de lo que no brilla es una señal inequívoca de que el icono no es ideológico. Desde cualquier detalle pequeño nos mira Dios. La ideología está también siempre orientada al futuro. En cambio, Dios es presente. El cristiano vive hoy y aquí. En el hoy están comprendidas la infinitud y la eternidad: «Renueva cada jornada el deseo eficaz de anonadarte, de abnegarte, de olvidarte de ti mismo, de caminar in novitates sensus, con una vida nueva, cambiando esta miseria nuestra por toda la grandeza oculta y eterna de Dios.» Las cosas pequeñas cotidianas van señalando el lugar y momento adecuados y, sobre todo, reales para el amor y la fidelidad. La poesía del cristianismo tiene su raíz en lo concreto de cada dia. El cristiano está llamado, con palabras de Escrivá, a «hacer de la prosa de cada dia verso heroico». Justo con el mismo sentido, el «starets» Paisiy Velichovskiy llamó al monje «mártir de lo cotidiano», y Escrivá al camino del cristiano «sacrificio escondido».

La paternidad es espiritual en la medida en que ella misma sea obediente y se deje guiar por el cielo. En la dirección espiritual se juntan la igualdad y la autoridad de manera admirable. El padre espiritual conduce a su hijo o su hija espiritual hacia arriba; enseña como se puede subir un escalón más. Como dice Dionisio Aeropagita, no se vuelve el escalón más alto de la jerarquía espiritual contra el más bajo. Ante la mirada de Dios son todos iguales. Así la dirección espiritual, con toda su igualdad, exige audacia y llama al cristiano a ser siempre fecundo.


Tatjana Gorichewa nació en Leningrado en 1947 y fundó el primer movimiento feminista ruso. Estudió Filosofía y fue educada en el ateísmo oficial del régimen comunista soviético. Tras convertirse al cristianismo, desplegó una intensa actividad intelectual, que provocó su encarcelamiento y posterior expulsión del país. Es autora de los libros "Vzyickanie Pogibshikx" (1982) ("Los muertos nos reprueban"), y "Opasno Govorit ' o Boge" ("Hablar de Dios resulta peligroso") (1983).


* Los «starisi» (en singular « starets » son sacerdotes o monjes que por su fama de santidad, ejercitan la dirección espiritual de otros fieles en el mundo ortodoxo.