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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Un castillo de naipes

Etiquetas: Dolor, Pobreza
Los Valdeolivos veían bastante a los Escrivá, pues aunque residían en Lérida, pasaban el verano en Fonz, y el mes de septiembre iban a Barbastro a la casa de la abuela, que estaba en los porches, muy cerca de la de los Escrivá. Allí, bajo los soportales o en su casa, pasaban muchos ratos jugando, a pesar de que Josemaría era cinco o seis años mayor que ella. Su recuerdo es el de “un chico bastante alto, fuerte, que llevaba medias altas: hasta la rodilla, y pantalón corto, como todos los de su edad en aquella época”. Él, más que jugar con la niña y con sus primo Joaquín Navasa y Julián Martí, se dedicaba a entretenerlos, porque eran más pequeños. Cuando iban a su casa, les sacaba sus juguetes, para divertirlos. Tenía muchos rompecabezas.

A ellas les gustaba hacer castillos con naipes. Una tarde –habían muerto ya Rosario y Dolores–, absortas en torno a la mesa, contenían la respiración al colocar la última carta de uno de aquellos castillos, cuando Josemaría –que no acostumbraba a hacer cosas así– se lo tiró con la mano. Se quedaron medio llorando, y Josemaría, muy serio, les dijo: –Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira.

Sus pequeños amigos no entendieron nada. Ahora, la Baronesa de Valdeolivos piensa que esta frase “podía ser fruto de la huella que iban dejando en su alma de adolescente tantos acontecimientos dolorosos como ocurrían en su familia, que le hacían sufrir”.

A estos trances tan amargos se unían las dificultades económicas –cada día más serias– que atravesaba la familia. A finales de 1913, el negocio paterno estaba al borde de la quiebra. La gente solía decir en Barbastro de don José Escrivá: “Es tan bueno, que le han jugado una mala pasada”.

El hogar de los Escrivá conoció entonces momentos difíciles. Prescindieron de la cocinera, de la doncella y del restante servicio doméstico: de la niñera habían prescindido ya, poco después de la muerte de Chon.

La Baronesa de Valdeolivos era entonces muy pequeña, pero se le iba grabando lo que oía. Por eso le extrañó ver una tarde a Josemaría merendando pan con jamón, y comentó a su madre:
–¿Por qué dicen que los Escrivá están tan mal? Josemaría ha merendado hoy muy bien.
Su madre le hizo ver que tan mal tan mal, como para no poder merendar, no estaban.

Doña Dolores se las arregló, ayudada por su hija Carmen, para sacar adelante las faenas de la casa, aunque no estaba muy bien de salud. Amigos de la infancia de sus hijos la veían por las tardes casi siempre planchando, sentada en una silla, porque –pensaban– estaba mal del corazón. Les admiró siempre su permanente sonrisa: nunca se quejó, a pesar de los agobios económicos que pasaba.


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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