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Tú ayúdame a hacerle compañía

Mons. Pedro Casciaro

Etiquetas: Eucaristía, Presencia de Dios
Monseñor Pedro Casciaro conoció en 1935 a san Josemaría cuando estudiaba Arquitectura en Madrid. En su libro Soñad y os quedaréis cortos, relata una de las ocasiones en que el fundador del Opus Dei le animó a hacer compañía al Señor en el Sagrario. “El Señor -me comentó, emocionado- jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa, donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento, rodeado por la piedad de todos. Tú ayúdame a hacerle compañía ...”

Un día fui a charlar con el Padre y le encontré particularmente contento. Habitualmente, cuando hablábamos, yo tomaba primero la palabra y el Padre me escuchaba hasta el final, muy atento, sin interrumpirme: me preguntaba por mi vida interior, por mis estudios, por mis padres... Luego me daba sus consejos. Pero aquel día no fue así: tomó la palabra desde el primer momento, y me explicó, contentísimo, que don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid, había concedido el permiso necesario para dejar al Santísimo en el oratorio de la Residencia.

El Padre me había enseñado ese oratorio ya en la primera visita que hice junto con Agustín Thomás. Lo recuerdo perfectamente: era un oratorio pequeño, recogido, situado en una habitación contigua al vestíbulo, que daba a un patio grande y tranquilo. Era piadoso, sencillo, agradable, y se veía que estaba puesto con cariño. En la pared frontal, sobre el altar, había un cuadro que representaba a los discípulos de Emaús conversando con el Señor. (...)

Ese día, el Padre me estuvo hablando con gran alegría de aquel permiso que le habían dado, y yo, la verdad, no entendía demasiado a qué se refería. Carecía de la formación cristiana necesaria para comprender cuándo y cómo se puede dejar el Santísimo en un lugar sagrado. (...) El Padre fue resolviendo, con gran paciencia, una por una, todas mis dudas rudimentarias y me habló largo rato sobre la Eucaristía, con unas palabras que delataban su profunda y sincera devoción a Jesús Sacramentado.

- “El Señor -me comentó, emocionado- jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa, donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento, rodeado por la piedad de todos. Tú ayúdame a hacerle compañía ...”

Me conmovió aquel amor ferviente a la Eucaristía; y como la residencia me pillaba relativamente de paso para ir a la Escuela de Arquitectura, decidí, gustoso, pasarme todas las veces que pudiera por aquel Oratorio para hacer “un ratico de oración”, como nos animaba a hacer el Padre, delante del Sagrario. Fue entonces, seguramente, cuando me dictó el texto de la comunión espiritual.

- “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos...”

Poco después, el 31 de marzo de 1935, el Padre pudo celebrar la primera Misa en aquel oratorio y quedó reservado el Santísimo en el primer Sagrario de la Obra. Aquel Sagrario era un sencillo tabernáculo de madera que unas religiosas habían prestado al Padre. Junto a su alegría experimentaba una pena grande: la de no poder dedicar al Señor un Sagrario y unos vasos sagrados más dignos, porque quería siempre ofrecer a Dios, el sacrificio de Abel, destinando lo mejor al culto divino.

- “El altar y el tabernáculo –comentaba años más tarde- han de ser buenos, siempre que se pueda. Nosotros, al principio, no pudimos hacerlo así. La primera custodia era de hierro pintado con purpurina; sólo la luneta para la sagrada Forma era de plata dorada. Y el primer Sagrario era de madera: me lo prestó una monja Reparadora, a la que yo quería mucho. ¡Qué pena me daba ofrecer al Señor tan poca cosa!”


Soñad y os quedaréis cortos, Ed. Rialp, Madrid 1994.

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