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Trazos Principales de la Personalidad de San Josemaría: Un Corazón de Padre y de Madre

Maria José Cantista

Etiquetas: Padre, Corazón
San Josemaría poseyó la excelencia de todas las virtudes naturales y sobrenaturales, vividas en grado heroico, a la altura de la misión que el Señor le confió. Lanzando una mirada al siglo XX, que fue realmente el suyo –lo vivió y lo amó apasionadamente- comprobamos cómo se anticipó a los tiempos (de la cultura, de la sociedad, de la Iglesia), luchando por la superación de sus profundas crisis. Ésta fue la razón de su existir, y por ella se “exprimió como un limón”, para que Cristo reinase sobre todas las cosas y fuera llevado por los cristianos a la cumbre de todas las actividades humanas.


1. Estas crisis mundiales son crisis de santos
La espiritualidad del Opus Dei (que por la gracia y la total inspiración de Dios, vio en aquel 2 de octubre de 1928) abrió un nuevo camino de santificación personal, fundamentado en la filiación divina, vivida con un sentido de unidad que enlaza definitivamente lo temporal y lo eterno, la tierra y el Cielo, la contemplación y la acción; reconciliación que se llama amor, que inunda de alegría y paz los sufrimientos y las tribulaciones, dando una dimensión de trascendencia a los más pequeños pormenores de la creación y a cualquier tarea humana. Este camino de santificación al que todos estamos universalmente llamados, responde a los desafíos del nuevo milenio, a las exigencias de evangelización de un mundo congregado por la fe y por el amor, como recuerda Juan Pablo II. Y esto resulta especialmente relevante y significativo cuando, en verdad, vivimos una cultura de la desagregación, sin valores que posean la suficiente altura como para unificar esta multiplicidad dispersa.

Hablar de San Josemaría no es tarea fácil: “Su personalidad era tan rica en facetas que difícilmente puede describirse mediante esquemas generales”, afirma Álvaro del Portillo (1), posiblemente el hijo suyo que mejor lo conoció, al haber vivido a su lado durante cuarenta años.

Ciertamente, si siempre es difícil hablar de una persona humana, mucho más arduo resulta hablar de una persona santa. En este caso, de un sacerdote santo para nuestros tiempos: “uno de los hombres que ha recibido más carismas en la historia de la Iglesia, y que ha correspondido con mayor generosidad a los dones de Dios” (2), en palabras de Pablo VI; “uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia”, según el testimonio del entonces Cardenal Arzobispo de Milán Ildefonso Schuster (3), ya beatificado, entre los muchos que se podrían citar.

La vida de San Josemaría es una perfecta unión entre lo natural y lo sobrenatural. Hablar de este corazón de padre y de madre equivale a aceptar la invitación de realizar una apertura de la razón a instancias de sentido que la preceden y la exceden, y a las cuales incesantemente aspira, en su inquieto afán por alcanzar la plenitud. Instancias de sentido que se concitan, incluso en un nivel simplemente humano en torno al fenómeno de la fe. Nadie vive sin creencias, toda postura existencial las supone: éste fue uno de los gritos de la filosofía contemporánea de corte vitalista/existencialista. Merleau-Ponty, entre otros, destaca, en su agnosticismo, la primacía de la fe filosófica, de la creencia en el mundo.

Verdaderamente, el saber humano, a partir de la modernidad, no llevó a cabo su mejor opción al intentar divorciar razón y fe, por la senda de una lógica nominalista y dicotómica que también intentó emancipar el pensamiento de la realidad.

La pobre razón humana, encerrada en la soberbia de su pseudo-autonomía, se convirtió, desde hace más de tres siglos, en superficial y perezosa. Miope respecto al sentido profundo y misterioso en que se fundamenta el existir, no va más allá del efecto, de la fascinación por lo producido. No penetra en la médula del hombre, no intima con él, ignorando, por desafecto, la esencia invisible y sobrenatural de toda manifestación.

Es así como el saber actual erige el edificio de su propio encerramiento, hasta el punto de desencadenar, por parte de la postmodernidad, el movimiento de su deconstrucción. Al intento de construcción de un saber sin Dios le sigue la deconstrucción de un saber sin el hombre.

No es mi propósito desarrollar aquí cuestiones académicas que podrían ser emblemáticas del modo actual de filosofar, tan bien reflejadas por el Papa Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio.

Estas breves consideraciones introductorias tienen como objetivo la mera llamada de atención sobre el impacto contemporáneo de la vida de San Josemaría en la cultura y la ciencia de su tiempo. Frente al santo, el sabio se siente incapaz. A la lógica de la simple coherencia teórica de un discurso autoposesivo y abstracto se le escapa el espíritu que anima la vida del santo, la gracia divina, cuya lógica de amor encuentra su plena realización en el escándalo y en la locura de la Cruz.

Tenía razón San Josemaría cuando afirmaba que era más fácil ser sabio que santo, aunque fuera más accesible ser santo que sabio (4). No es complicado ser santo, pero es muy difícil. Exige una lucha sin tregua contra la soberbia (la buena renovación de lo que la voluntad tiene de mala), por la humildad y por la fe. Es a esto a lo que se llama heroicidad. Efectivamente, al sabio no se le pide lo que se le pide al santo: que se desposea (de su saber y de sí mismo) para ser poseído por Dios, en una entrega heroica y generosa. Entrega suprarracional, nunca irracional, como pretendió el modernismo, en una invitación esquizofrénica a la vivencia de una fe apartada de las realidades temporales. La modernidad produjo realmente un abismo entre el sabio y el santo, y forjó una caricatura de ambos. Acabó por dominar el imperialismo del sabio, responsable de la desacralización del mundo, de una laicización de signo agnóstico, e incluso ateo.

El santo parece haberse eclipsado por ausencia de expresión social. En el reparto del territorio, la entrada del santo en la ciudad de los hombres parece haber sido pura y simplemente vetada. Y de esto tuvo pronta conciencia San Josemaría, al proclamar en voz alta: “Estas crisis mundiales son crisis de santos” (5), de santos con un profundo sentido laical.

El siglo XX conoció avances científicos y tecnológicos sin precedentes. La filosofía, así como las demás ciencias humanas, alcanzó niveles de teorización y complejidades impresionantes. El poder se asentó en el saber. Pero este último, apartado de lo real, perdió el sentido, construyendo utopías que flagelaron a la humanidad, en proporciones de degradación que la propia humanidad, en palabras de Hanna Arendt, tiene que perdonar (6).

Impresiona la actualidad del carisma fundacional con que el Señor le agració. Sólo a través de la santidad a la que todos sin excepción estamos llamados, por medio de la santificación de las estructuras del mundo (algo que vio lúcidamente varias décadas antes del Concilio Vaticano II), se puede renovar la faz de esta tierra desacralizada y de esta humanidad paganizada, en el arranque del tercer milenio.

Sólo el santo puede reencaminar al sabio (y a las multitudes que idolátricamente le siguen), en una búsqueda amorosa de la verdad; reconducirle al fundamento que conforma e ilumina su conocer y su querer, a fin de que se inserte de nuevo en la tradición anselmiana: credo ut intelligam (creo para entender).

San Josemaría cumplió ejemplarmente lo que vio aquel 2 de octubre y no dejó nunca de anunciar: la santificación de todas las realidades temporales asumidas por el Dios Encarnado. Indica, así, al sabio la clave que abre definitivamente las puertas del sentido, que no encuentra su sede en la razón pura, fría, neutral, sino en el corazón del Hombre-Dios y, por Él, en el corazón del hombre. El materialismo cristiano (7), característico del perfil de santidad que nos brinda, provoca al sabio; y le convoca a una escucha sin prejuicios de la verdad como don.

Los sectores filosóficos de vanguardia dedican especial atención a la fenomenología del don, a la fundamentalidad del ser de la persona, a la justificación del hombre como ser de responsabilidad, ser de respuesta ante otro. El otro yo rasga así el inmanentismo reinante durante siglos en la filosofía moderna del cogito, y se constituye como médula de las preocupaciones filosóficas, de perfil e intencionalidad ética. Este otro-yo supone al Otro por antonomasia –Dios-, cuestión nuclear de las investigaciones de cuño personalista, como las de E. Levinas, Gadamer, Ricoeur o, más recientemente, las de Michel Henry y Jean-Luc Marion, por no multiplicar las menciones.

2. La miseria del pecador y la grandeza de su filiación divina.
De hecho la existencia de San Josemaría está totalmente enraizada en el más profundo sentido de la Verdad como Don: “¿qué posees tú que no hayas alcanzado de Dios?”- interpelaba constantemente (8). Verdad que es también Camino y Vida. “¡Yo no soy nada, no tengo nada, no puedo nada, no valgo nada! ¡Nada! ¡Nada!” –repetía sin cesar (9). Estaba plenamente convencido de que todo, absolutamente todo, lo recibía gratuitamente de las manos amorosas de su Padre Dios. Un Padre providente que nos da todas las cosas y que en el Hijo demuestra que su Amor no consiste en palabras, sino en actos de suprema generosidad (10).

Esta realidad quedó bien grabada en su alma cuando, el 16 de febrero de 1932, en Madrid, al dar la comunión a unas monjas en la Iglesia de Santa Isabel, decía con ambición de niño: “Te quiero más que ésta... y que ésta... y que ésta...”; e inmediatamente obtuvo como respuesta, en lo íntimo de su corazón: “Obras son amores y no buenas razones”(11).

Todo se recibe de Dios menos el pecado, fruto del uso pervertido del mayor de todos los dones humanos: la libertad personal. Tal vez por eso mismo, en un gesto de suprema y sincera humildad resumió así su vida al escoger el epitafio: “Peccator (pecador). Yo soy un pobre pecador que ama con locura a Jesucristo” (12). Pecador que aborrecía totalmente el pecado, al cual le tenía –incluso al venial- verdadero horror (13). Al decir de Javier Echevarría, “nunca dijo conscientemente que no al Señor” (14). Pronto lo aprendió en casa, cuando su madre, ante alguna situación que le intimidaba, como la de estrenar un traje nuevo, le advertía: “Vergüenza, José María, sólo para pecar” (15).

Siendo casi una niña, la nueva Eva, que como la primera nació sin pecado, la Virgen María, correspondió plenamente a la gracia, en uso perfectísimo de su libertad. En su fiat corredentor, encontró San Josemaríael puerto más seguro, colmándola con puras delicadezas de un corazón enamorado. Decía muchas veces a sus hijos:

“Si en algo quiero que me imitéis, es en el amor que tengo a la Virgen” (16). A la protección de la criatura más perfecta salida de las manos de Dios –“hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa de Dios Espíritu Santo” (17) - se acogió desde muy pronto, suplicándole como niño pequeño todo aquello de lo que se veía necesitado. Todavía muy joven, él –que de niño se resistía a besar a las visitas en casa de sus padres-, siempre que salía de su cuarto para ocuparse de las cosas que el Señor le confiaba, besaba la imagen de un cuadro de la Virgen María, pidiéndole ochenta años de
gravedad. Y esa Virgen de los Besos, de millares de besos, en un gesto de intervención extraordinaria que siempre celó con el mayor pudor, le sonrió tiernamente.

Como en el Magnificat, la bajeza de su condición de siervo era el leitmotive de su felicidad. “Que Tú crezcas, Señor, y que yo disminuya”, jaculatoria del más profundo sentido ascético, proferida espontáneamente siempre que subía unas escaleras (18). Día tras día, con una constancia que no conocía la rutina, llenaba de jaculatorias, de comuniones espirituales, de acciones de gracias, de actos de desagravio, todos los momentos y circunstancias de su vivir. Y era así, sobrenaturalizando naturalmente lo natural, y naturalizando naturalmente –sin menguas- lo sobrenatural (por ejemplo, al dejar pasar una puerta en primer lugar a su Ángel Custodio, con un gesto de delicadeza imperceptible), era así –decía- como hacía de la prosa cotidiana estupendos endecasílabos (19). Versos heroicos, forjados en una lucha constante y abnegada, con la perseverancia y la tenacidad de un aragonés persistente, tozudo. “¡A luchar! ¡A luchar!”, lema con el que muchas veces remataba sus consejos a quienes le preguntaban en esas tertulias multitudinarias, siempre familiares y de ambiente íntimo. Grito de ánimo, salido de la voz cariñosa de un padre que quiere ayudar al hijo, al hermano, a proseguir en el camino de encuentro con el Señor. Un padre que daba lo que tenía, lo que rezaba, lo que vivía. Un padre que luchó hasta el final con garbo, aunque muchas veces “marchando a contrapelo... seco... haciendo [su] oración a fuerza de sacar el agua con un pozal” (20).

La impresionante humildad que transparentaba su persona, sin ningún atisbo de apocamiento, tenía como base la filiación divina, vivida hasta el último momento de su existir terreno con la misma pasión y juventud de los primeros años. Mejor dicho: con más pasión y más juventud. El frescor de su corazón vigoroso, en un cuerpo ya gastado, le llevaba a ofrecer su vida –y mil vidas que tuviese- por Su Madre, la Iglesia Santa, tan conturbada en los primeros años postconciliares. Esta filiación divina, que aprendió de sus padres con la recitación del Padre Nuestro, adquirió matices indelebles el 16 de octubre de 1931, como relata en sus Apuntes Íntimos:

“Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico (el ABC) y tomé el tranvía [...] no he podido leer más que un párrafo del diario [...]. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente [...]. Sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater! Y anduve por las calles de Madrid quizá una hora, quizá dos... el tiempo sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa Verdad que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca... Entendí que la filiación divina había de ser una característica fundamental de nuestra espiritualidad, y que, al vivir(la), los hijos míos se llenarían de alegría y de paz. También en el sufrimiento propio y ajeno” (21). Es decir: la oración más elevada la tuvo en el bullicio de la calle, nell bel mezzo della strada. Ésa era su celda.

Filiación divina con un nítido itinerario cristológico, como también lo advierte en sus Apuntes Íntimos: “Hay en el Evangelio unas palabras maravillosas; todas lo son: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar” (22).

3. Alegría y paz
Alegría y paz: consecuencia de quien se sabe hijo de Dios. Tal era la tónica sobresaliente de su carácter, el cual, aunque de temperamento muy fuerte y enérgico, rápido e impulsivo, nada tenía de violento y siempre reveló un perfecto autodominio, como señala Javier Echevarría (23). La heroica lucha para “domar el potro” (24), como humorísticamente decía, hizo de éste un “borrico sarnoso” (25), obediente y simpático, siempre dispuesto a dar una nueva vuelta a la noria, por mucho que pesase la carga y el cansancio, con el entusiasmo del primer día.

Me impresiona su predilección por el borrico –un jumento fue el trono del Señor en Jerusalén- en las antípodas del asco que le tenía Nietzsche. La descripción que el filósofo hace de este animal es una verdadera antítesis de la de Josemaría Escrivá (26). Al cabo, Zaratustra, el Anti-Cristo, tenía que odiar las virtudes de la humildad y de la obediencia, la alegre laboriosidad del borrico. Es bien cierto que el demonio –“que nunca se toma vacaciones”- está siempre dispuesto para meterse en la vida de los hombres. Y al borrico sarnoso, como es bien sabido, le rondó frecuentemente, saliendo siempre vencido.

Alegría y paz, forjada en la mortificación pasiva y activa, intensificada esta última cuando se trataba de arrancar del Señor grandes beneficios: la comprensión de la Obra de Dios, que tanto padeció la contradicción de los buenos, la expansión apostólica, el adecuado camino jurídico del Opus Dei, que según algunos había llegado con un siglo de anticipación... y, al final de su vida, la profunda crisis que atravesaban algunos sectores de la Iglesia. Grandes motivos para completar, en su carne, el sufrimiento redentor de la Pasión de Cristo. No era otro el sentido del cilicio, de las disciplinas, de la dura mortificación corporal a que se sometía, siempre con la mayor naturalidad y discreción. Un alma apasionada ansía lo que ansía su amado: meterse en las llagas de Cristo, siendo también él una llaga, un cuerpo para fulgurar sangre y un alma en lumbre viva para incendiar todos los caminos de la tierra. En los Apuntes Íntimos anota: “¡Señor! Dame ser tan tuyo que no entren en mi corazón ni los aspectos más santos sino a través de tu corazón llagado” (27).

“¡Con alegría, ningún día sin Cruz!”: lema que figuraba en la primera página de su epacta, renovado año a año, para que en todos los pequeños o grandes incidentes cotidianos no faltase la sal de la mortificación.

Padeció graves dolencias físicas. Entre ellas destaca una terrible diabetes mellitus, que sufrió durante diez años (entre 1944 y 1954), y de la cual se curó inexplicablemente. Los fuertes y continuos dolores de cabeza, la sed extrema, los ataques de hambre debidos a las descargas de insulina, las fiebres altísimas, los tumores que se le formaban, la diplopía –doble visión- durante una larga temporada, e incluso la pérdida de la vista, fueron otras tantas ocasiones de vivir con buen humor el sufrimiento, en un total olvido de sí mismo para beneficio de los demás. Este talante de quien vive el sufrimiento con total alegría y buen humor, es propio de quien percibe mucho del juego del amor de Dios y de quien toma la Cruz como trono. Las reacciones que manifestaba frente a su enfermedad sorprendían, ciertamente, a aquéllos con quienes más íntimamente convivía y abría su alma. Ellos fueron los testigos más directos de la fe gigantesca de un hombre que nunca hizo su voluntad, que nunca se sintió sólo ni aborrecido. Los demás no llegaban a apercibirse de que por detrás de una sonrisa franca y radiante, que iluminaba todo su rostro, de una voz simultáneamente fuerte y cariñosa, de un mirar profundo y claro (que penetraba hasta el hondón del alma), de unos brazos abiertos con gesto decidido y acogedor, de unas manos que vibraban al ritmo de su corazón; por detrás de un porte elegante y erguido, de una sotana de pulcritud intachable, mil veces remendada –“con más bordados que un mantón de Manila”, como decía lleno de humor (27) - se escondía una carne repleta de hematomas y, al final de su vida, “los cuatro huesos” que apenas podía arrastrar (29).

En su último viaje de catequesis por América, ¿quién imaginaba que estaba prácticamente ciego? Fueron, sin duda, esos ojos del alma los que el Señor le abriría después de once años de humilde petición –“¡Señor, que vea! ¡Señor, que sea!-, fueron esos ojos los que desde entonces vieron siempre, los que, al final de su vida, suplirían las deficiencias de la ceguera física que el Señor no le ahorró; ceguera en gran parte agravada por las lágrimas de dolor que derramó, en noches interminables de insomnio, rezando por su Madre, la Iglesia Santa, y por el Romano Pontífice, el Vice-Cristo en la tierra, a quien quería con locura.

Padeció también muchos y dolorosos sufrimientos morales: escarnios, calumnias (hasta el punto de sentirse una escupidera), y hasta el intento de expulsarle de la Obra de Dios, hace precisamente medio siglo... Superaba estas circunstancias inmediatamente (era rarísimo que se refiriera a ellas, jamás citando nombres), como una madre olvida todo lo que sufrió por un hijo. Y no lo hacía por un empeño esforzado de la voluntad sobre la memoria, sino porque podían más las delicias de estar con sus hijos, en quienes veía “bullir la sangre de Cristo”. A este propósito, acostumbraba a decir “nunca necesité aprender a perdonar, porque Dios me enseñó a querer” (30).

Alegría y paz que prorrumpían en un permanente cántico de acción de gracias a la Santísima Trinidad (“Gracias a Ti, Dios mío, gracias a Ti”)... Quien todo lo recibe como venido de las manos de Dios, todo lo agradece. Di ahí su profundo optimismo realista, concretado en el lema paulino que ungía su vida cotidiana: “Todo es para bien”.

En cierta ocasión, en la que estaba en juego su propia honra –quizá lo que más preciaba, como buen aragonés- reaccionó inmediatamente, recurriendo al sagrario del Oratorio de Diego de León, en Madrid, con un gesto de absoluta entrega: “Señor, si Tú no necesitas de mi honra, ¿yo para qué la quiero?” (31).

Alegría de corazón apasionado que sembró de avemarías y de canciones las carreteras de Europa, recorridas en innumerables viajes de catequesis y de apostolado, y también en las romerías a los santuarios de la Virgen esparcidos por el mundo, para suplicar y para agradecer. Visitó doce veces a mi –a nuestra Virgen de Fátima- en Tierras de Santa María. Sí, porque otro tipo de viajes no hizo. Murió sin experimentar qué era ser turista. Murió, por eso mismo, sin haber visitado Tierra Santa, que sólo conoció con el pensamiento y la imaginación, en un constante peregrinar con Cristo a través de las diferentes escenas evangélicas.

Alegría que irrumpía espontáneamente a cantar, a rezar cantando “esas canciones populares que se refieren casi siempre al amor: me gustan de veras... y trasladamos a lo divino esa amor noble de las coplas humanas” (32).

Elevaba a Dios, temprano en la mañana, su bella voz de barítono, fina y agradable (33), según testimonia Álvaro del Portillo. Al ofrecer el día al Señor, muchas veces cantaba las oraciones que aprendió de labios de su madre. Recuerdo ahora aquélla, de sabor místico y acentuado tono profético, que se remonta a Teresa de Ávila y que le enseñara una de sus abuelas: “Tuyo soy, para Ti nací, ¿qué quieres, Señor, de mí?” (34). Al final de la jornada, ya recogido en oración en su cuarto, cantaba frecuentemente a su madre santísima, hasta conciliar el sueño. Le gustaba cantar y oír cantar a sus hijas e hijos, al son de guitarras de modernísimos conjuntos musicales, como, por ejemplo, a las chicas de Villa delle Rose, en Castengaldolfo.

4. El Verbo Encarnado: modelo de unidad de vida
Desde su infancia, por su carácter leal y sincero, San Josemaría era una personalidad íntegra que vivía naturalmente la unidad de vida. Siempre odió la hipocresía y el fingimiento, aborreciendo, que, ya en la escuela, cuando sus compañeros, aprovechando la ambigüedad de la lengua castellana que pronuncia de igual manera la "b" y la "uve" le llamaban Escriba. Inmediatamente corregía la pronunciación, no consintiendo ser tildado de “escriba y fariseo”. El asunto tomó proporciones tan molestas que fue su padre, don José Escrivá, quien, trasladándose al colegio, tomó la enérgica iniciativa de hacer que terminase la broma.

La virtud humana que más apreciaba era la sinceridad, y aconsejaba a sus hijos que fueran “salvajemente sinceros” (35).

La vivencia de la unidad fue un don que recibió de Dios, radicado en un corazón magnánimo.; corazón que, como él mismo afirma, “es el resumen y fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones” (36).

Lo hacía todo de corazón, símbolo de la unificación de las potencias del hombre. Su madre Dña. Dolores, lo intuyó muy pronto, advirtiéndole que, con ese corazón tan sensible, iba a sufrir mucho en la vida. A este respecto, comenta Javier Echevarría: “Aseguro que aquel presagio materno se cumplió” (37).

Sobre semejante corazón se asentó la dimensión sobrenatural de la unidad de vida, característica de la espiritualidad del Opus Dei, que tiene en Cristo el modelo perfecto: “Volvamos nuestros ojos a Jesucristo, que es nuestro modelo, el espejo en el que debemos mirarnos” (38).

Sus escritos son profundamente cristológicos. En modo alguno palabras teóricas, sino vida apasionada e intensa de amorosa identificación.

En la persona de Cristo, Dios y hombre verdadero, se realiza la reconciliación del mundo con su Creador, la reconciliación del Cosmos, parafraseando a Juan Pablo II (39). Ya no es el hombre quien busca a Dios, sino Dios quien viene en busca del hombre, como pastor en busca de la oveja perdida. La eternidad entra en el tiempo que así pasa a ser gloria de Dios, como tantas veces repitió San Josemaría.

Cristo mediador une definitivamente lo natural y lo sobrenatural. “Por su encarnación, Él, el hijo de Dios, se une en cierto modo a cada hombre. Trabajó con manos humanas, pensó con inteligencia humana, actuó con una voluntad humana, amó con un corazón humano. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado” (40).

Desde muy joven, cuando a los quince años presintió el Amor, entregó su corazón al Corazón de Cristo, “en quien habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (41). “Corazones partidos yo no los quiero, y si le doy el mío, lo doy entero” (42). Tal como Cristo amó a su Padre Dios, y a sus hermanos los hombres, con el mismo corazón de carne, también San Josemaríase complacía en afirmar que tenía un solo corazón, con el que amaba a Dios y a los hombres. Indicaba, así, que el amor humano ayuda a saborear el amor divino. El marido, la mujer, apasionados, la abuela (conquistada por sus nietos, que son doblemente hijos), saben lo que son saudades, también saudades de cielo, y adivinan como nadie lo que da felicidad a su amado. A semejanza del corazón de Cristo, consiguen incluso ver antes, más y mejor lo que les conviene.

Con el mismo corazón que lloró de dolor al ver las tumbas de su padre José y de su madre Dolores, lloró destrozado en Perú, en 1974, al ver las imágenes de una iglesia enterrada –de la que apenas salía a la superficie el campanario- por un enorme deslizamiento de tierras. Pensando en Jesús Sacramentado, sepultado allí, pasó la noche entera en oración y adoración.

Saboreaba y nos invitaba a que saboreáramos la Santísima Humanidad de Cristo, camino de unión con la Divinidad. Nos animaba a que nos metiésemos en las escenas evangélicas, siendo un personaje más (43). Al respecto, afirma: “Si quieres ir adelante, ...no tienes más que andar donde Él anduvo, apoyar tus plantas sobre la impronta de sus pisadas, adentrarte en su corazón humilde y paciente, beber del manantial de sus mandatos y afectos; en una palabra, has de procurar identificarte con Jesucristo, has de procurar convertirte de verdad en otro Cristo entre tus hermanos los hombres” (44).

La santificación de la vida corriente, inspirada en la corredención operada también en los treinta años de vida oculta en Nazaret, es un carisma fundacional que vino a reavivar algo que estaba olvidado; algo que tanto urge no sólo al cristiano, sino a cualquier hombre de hoy, astillado por una cultura de mosaico –característica de la post o tardo modernidad- y por una ciencia cada vez más sectorializada, incapaces de responder al sentido de unidad que toda personalidad psíquicamente equilibrada reclama.

¡Unidad! Unidad de vida: sobrenaturalización de los más pequeños detalles del vivir cotidiano. El cuidado de las cosas pequeñas es una de las líneas básicas del espíritu del Fundador del Opus Dei, conciencia apurada y extremada de esa unidad de vida, “que se advierte por las pupilas que ha dilatado el amor” (45). Así como el rey Midas transformaba en oro todo lo que tocaba, Cristo, en su peregrinar por la tierra, atrajo a sí todas las cosas y las hizo santas.

Sólo el pecado, redimido pero no eclipsado de la naturaleza caída, es fuente de separación: “Señor, concédenos tu gracia. Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María y con el santo patriarca José [...] dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor cotidiana, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor” (46).

Contemplativos en medio del mundo porque, como acostumbraba a decir, el arma del Opus Dei no es el trabajo, sino la oración, que “debe resultar tan natural como el latir del corazón” (47). Lo contrario sería activismo ineficaz. En ocasiones, el Señor le arrebataba sin que él hubiera hecho nada por su parte: “Oración: aunque yo no te la doy, me la haces sentir a deshora, y a veces, leyendo el periódico, he debido decirte: Déjame leer” (48).

De espíritu práctico y realista, esa alma mística, que alcanzó tan altos vuelos, buscaba trucos para mantener una continua presencia de Dios, como el aislante de vidrio (49), que utilizaba como pisapapeles sobre su mesa de trabajo. Papeles en los que veía almas a la espera de su solicitud de padre.

Las frases que muchas veces utilizaba, algunas inspiradas en los clásicos de la literatura española (que tan bien conocía desde su juventud), otras en los místicos del Siglo de Oro, estaban cargadas de un profundo sello realista y de alcance sapiencial.

Cuando las cito en mis aulas, los alumnos quedan encantados; quieren saber más de ese filósofo, cuyo pensamiento tiene un alcance tan práctico: “Haz lo que debes y está en lo que haces”; “Alma, calma”; “Ocúpate del momento presente, olvidándote del pasado que ya no volverá y del futuro que no sabes si llegará para ti”; “Ahora empiezo”, etc. En verdad, por mucho que las ciencias humanas arrastren en sentido contrario, el hombre de hoy ansía discursos de sesgo constructivo, de perfil ético, rehabilitadores de la virtud de la prudencia, la única capaz de unir la teoría y la práctica, dando a la palabra fuerza de compromiso.

La mística hojalatera, por irrealista, es enemiga de la unidad de vida y siempre contraria a la voluntad de Dios. Al transportarnos a una pseudo-realidad, esa loca de la casa que es la imaginación impide que nos atengamos al presente, permitiendo que se instale el pesimismo y el desaliento, el desamor por nosotros mismos. Contra ella previno San Josemaría, siempre con el corazón en el cielo y los pies bien asentados en la tierra.

Cristo, modelo perfecto de unidad de vida, no es una figura que pasó. Es de ayer, de hoy y de siempre. Cristo vive en la Eucaristía, que San Josemaría adoraba con unción, como la mayor prueba de amor, de abajamiento de su Dios. “¡Cristo vive!”, clamaba con entusiasmo. Así se entiende que la Misa fuera el centro físico de su día (50), la Obra de Dios por antonomasia, el “fundirse del Señor con nosotros” (51). Se desvive en su celebración, que acaba extenuado y lleno de alegría. Mayor unidad no hay: por eso, la Misa es, además del centro, la raíz de la vida cristiana.

Desde su ordenación sacerdotal, se preparaba para celebrar el Santo Sacrificio como si fuera la última vez, comenta Álvaro del Portillo. El pensamiento de que podía llamarlo a Sí inmediatamente después, le animaba a verter en la Misa toda la fe y el amor de que era capaz. Y, así, hasta el 26 de junio de 1975, en el que celebró con extraordinario fervor su última Misa (52).

5. Padre de una familia numerosa y pobre
Se acerca el límite temporal de esta ponencia y queda casi todo por decir.

Querría, aún así, referirme sintéticamente a esa faceta de padre que San Josemaría asumió desde el primer día de la fundación del Opus Dei. Escogió para la lápida de su tumba, como ya mencioné, las siguientes palabras: “Pecador. Orad por él”. Con respecto a estas últimas palabras, comentó sonriendo: “Si queréis, podéis añadir:
Engendró hijos e hijas” (53).

Los miembros de la Obra, esparcidos por los cinco continentes, son hijos amadísimos que vibran al unísono, con un solo corazón y una sola alma.

Este profundo sentimiento de filiación al Padre, anclado en la filiación divina, permanecerá para siempre en la unidad inquebrantable de una familia.

En una nota autógrafa de los primeros tiempos de la Obra, escribe San Josemaría: “¡Es tremendo! Quiera o no quiera, los demás harán después lo que el Padre hacía”. Y añadía: “¡¡¡Mi ejemplo!!!” (54).

Infundía en sus hijos, con serenidad, el sentido de responsabilidad de quien se sabe eslabón de una cadena divina.

Son innumerables los relatos de manifestaciones de cariño e inexpresables los sentimientos de fervorosa gratitud, guardados en el corazón de cada uno de sus hijos (55).

Tenía el don de simpatizar, por poco que los conociera, tratándoles a su gusto, como si fuesen íntimos de toda la vida. Se ponía a su nivel, y disfrutaba con una alegría de niño. El relato de Javier Echevarría sobre su primer encuentro con el Padre es divertido y lleno de humor. Termina así: “Yo quedé admirado por la naturalidad tan paternal y maternal con que me trató; me hablaba como si nos conociéramos desde hacía muchísimo tiempo” (56).

En otro momento advierte: “Le interesaba como cosa propia, lo de los demás, hasta el punto de que, cuando sufrían un gran disgusto, una grave contradicción, le afectaba incluso físicamente. Quitando importancia a su reacción, nos explicaba: No os preocupéis, me viene de familia, porque mi buena madre, cuando ocurría una cosa semejante, se veía afectada inmediatamente”(57).

Lloraba amargamente la muerte de un hijo, lo cuidaba en la enfermedad, sin miedo a contagios, velaba constantemente por su vocación. Buscaba a todos como el padre del hijo pródigo, fuera a que hora fuera, fuera en que lugar fuera. Cuando Álvaro del Portillo, ante la inminencia de una intervención quirúrgica, sufría dolores muy agudos, hizo todo lo que pudo para hacerle reír: ¡hasta bailó! (58). Y comentaba que, estando bien preparado para morir, no necesitaba más consideraciones espirituales, sino distracciones que le hiciesen olvidar los dolores (59). Para todos tenía “un mismo corazón, una misma exigencia, una misma espiritualidad, un mismo estilo de vida” (60) : “yo tengo, como en todas las familias sanas, un solo puchero” (61).

Tenía verdadera predilección por sus hijas, que no llegaron a la Obra hasta 1930, después de acoger intelectualmente lo que el Señor le pedía (62). Luchó por la dignidad de la mujer y por su papel en la familia y en la sociedad. Aquí, fue pionero de lo que hoy se llama de nuevo feminismo. La mujer da vida a la humanidad y humanidad a la vida. Pero era a sus hijas más pequeñas las que, como la Virgen en el hogar de Nazaret, se ocupan del cuidado de la casa para hacer la vida alegre a los otros, las que más fácilmente le robaban el corazón. Las envidiaba y les decía que le gustaría pedir la admisión en la Obra, para ser como ellas.

Padre cariñoso y exigente, experimentaba verdadera alegría en rectificar cuando, por precipitación o inadvertencia, se equivocaba. Y le costaba mucho reprender a los demás, lo que hacía siempre con oportunidad y decisión: “sufría siempre antes, mientras y después de corregir” (63). Un día, cuando su médico, don José Luis Pastor le preguntó cómo había pasado la noche, le respondió en íntima confidencia: “Mira, ¡cómo os quiero! ¡Tanto! ¡Tanto! ¡Tanto! Siempre tengo algún hijo en quien pensar. Os quiero con corazón de padre, de madre... ¡y abuela! A veces, me hago un lío por dentro, entre lo que debe exigir un padre, lo que tiene que comprender una madre y lo que puede consentir una abuela... y en ocasiones, echo de menos algunos detallicos, algunas cartas, algunas cosas de mis hijos... Si, como el profeta Ezequiel, yo tuviese que pedir al Señor que me cambiase el corazón, no le pediría que me cambiase el corazón de piedra por uno de carne. Si acaso, al revés: que, en vez de ese corazón de carne, me diese uno de piedra... y entonces, hijo mío, dormiría a pierna suelta, todas las noches (64).

Por la mañana, al preguntarle qué tal había descansado, por caridad y con buen humor, respondía a veces: “Muchas gracias, igualmente” (65).

Nada diré de su don de lenguas, de su excepcional capacidad de comunicación, de su eros pedagógico, de su amor apasionado a la libertad, de su espíritu de ciudadanía, de su perfil universitario y de hombre de cultura: las tertulias filmadas con ocasión de su catequesis por medio mundo testimonian el impacto único de esta personalidad: en las caras, en las miradas, en los gestos y reacciones de los que le rodean, se aprecia cómo fue amado y respetado (66).

Escuchaba con atención, en tertulias multitudinarias, siempre de ambiente intimista a madres de familia, universitarios, empleadas del hogar, carteros, toreros, obreros, gentes del campo, de la moda, periodistas, hombres de ciencia, de todas las razas y lugares: para cada uno tenía el consejo oportuno. A quien con tanta asiduidad trataba al Espíritu Santo, de cien almas, le interesaban las cien, adivinando lo que cada una llevaba en lo más íntimo de su corazón. Su afán apostólico, aspecto medular de la Obra de Dios, nunca le llevaba, al final de esos encuentros, a preguntar “¿Cómo he estado?”. Lo que inmediatamente se le ocurría era: “¿alguno de estos habrá decidido confesarse?” (67). Y así acontecía: son incontables y conmovedores los relatos de conversiones que resultaban de tales encuentros informales.

Familia numerosa y pobre: sin nada superfluo, desprendida incluso de lo necesario, “que gasta lo que debe aunque deba lo que gasta”, siempre con apuros económicos, como consecuencia de la expansión apostólica. “Esa gran señora” (68), la pobreza elegante y silenciosa, que el Fundador aprendió a vivir en casa de sus padres, la enseñó también a sus hijos – para que no fuera pobretería clamorosa - que nadie la advierte. En un gesto de total desprendimiento, jamás llevaba dinero consigo, no cobraba estipendios por los servicios sacerdotales, nada tenía como propio, y lo cuidaba todo para que le durara muchísimo tiempo: usó durante treinta y dos años las mismas gafas, según testimonia Javier Echevarría. Tenía una sola sotana, que usaba en verano y en invierno, y escribía hasta en los márgenes de los papeles, si podía, para evitar desperdicios. Extremadamente frugal en las comidas, respondió heroicamente al desprendimiento de las cosas y de sí mismo, en una plena identificación con la voluntad de Dios.

Las virtudes de la pobreza y de la templanza, aliadas de la pureza, que vivió y enseñó como afirmación gozosa de amor, son una bofetada al materialismo consumista que empapa la civilización occidental. Bofetada cariñosa, para hacer ayudar a despertar a la conciencia histórica, adormecida y olvidada de sus profundas raíces cristianas.

San Josemaría fue un pionero. Nos abrió un futuro de santidad, cimentado en un pasado ejemplar, siempre actuante: la vida de los primeros cristianos. Vino a recordar algo perenne que parecía estar adormecido. Realmente, con la Encarnación, Muerte y Resurrección del Verbo de Dios, la eternidad entra en el tiempo y lo santifica.

Josemaría Escrivá de Balaguer permanecerá, sin duda, para siempre, en la historia. Alcanzada la eternidad en la Ciudad de Dios, se inmortalizó también en la ciudad de los hombres. Sólo quien busca la santidad alcanza este prodigio, porque vive en Cristo, que es el Señor del tiempo, su recapitulación, su plenitud. Y, en palabras de Juan Pablo II: “Entrar en ‘plenitud del tiempo’, significa, entonces, alcanzar el límite del tiempo y salir de sus confines para encontrar su cumplimiento en la eternidad de Dios” (69).


Notas
(1) A. DEL PORTILLO, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Madrid, Rialp, 1993, p. 45. Y añade: “Además, había recibido tantas gracias del Señor que, al examinar su conducta, resulta difícil distinguir entre las cualidades naturales de su carácter y lo que es consecuencia de la gracias de Dios y la lucha ascética” (ibidem).
(2) Citado en A. DEL PORTILLO, Entrevista..., p.213.
(3) Citado en ídem, p. 214.
(4) Camino, 282: “Paradoja: es más accesible ser santo que sabio, pero es más fácil ser sabio que santo”.
(5) Camino, 301. También en Amigos de Dios, 4.
(6) H. ARENDT, La condition de l’homme moderne, París, 1983, pp. 306 y siguientes.
(7) “Amar al mundo apasionadamente”, en Temas actuales del cristianismo, Lisboa, 1969, p. 163..
(8) Amigos de Dios, 112.
(9) J. ECHEVARRÍA, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Madrid, 2000, p. 97.
(10) Cfr. Es Cristo que pasa, 162.
(11) Citado en P. URBANO, El hombre de Villa Tevere, Barcelona, 1995, p. 161.
(12) Citado en ídem, p. 200; y en A. DEL PORTILLO, Entrevista..., p. 212..
(13) Cfr. Amigos de Dios, 243.
(14) J. ECHEVARRÍA, Memoria..., pp. 15.
(15) Citado por A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo I, Madrid, 1999, p. 33.
(16) Citado por F. DELCLAUX, Santa María en los escritos del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Madrid, 1992, p. 63; A. VÁZQUEZ DE PRADA, El fundador del Opus Dei, tomo I, Madrid, 5ª edic., 1999, p. 368.
(17) Camino, 496.
(18) J. ECHEVARRÍA, Memoria..., p. 214..
(19) Temas actuales del cristianismo, p. 164.
(20) Citado por P. URBANO, El hombre ...p. 207.
(21) Citado por A. VÁZQUEZ DE PRADA, ídem, pp. 389-391..
(22) Citado por A. VÁZQUEZ DE PRADA, ídem, p.390.
(23) Memoria... p. 113. En otro momento observa: “Desde joven, tuvo grandes virtudes humanas. Como defectos, debió estar muy atento a la rapidez y espontaneidad de carácter, y la viva indignación que solía sentir cuando consideraba que las cosas se hacían mal o no tan bien como se debía. De todas maneras, estos rasgos de carácter, que hubiesen podido ser defectos notables, sirvieron de punto de apoyo para enriquecer su personalidad, y se convirtieron en fundamento de la firmeza que necesitó después para afrontar lo que el Señor le reservaba: la impaciencia se mudó en audacia santa, y el temperamento impulsivo en exigencia consigo mismo, y en comprensión con los demás (ídem, p.16). [...] Luchó para transformar sus tendencias naturales en cualidades positivas: la reciedumbre y la energía; la rapidez en la decisión; la agudeza de ingenio; la capacidad de darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor; o la habilidad dialéctica para responder a las dificultades [...]. Supo conseguir una serena ecuanimidad, y la extraordinaria vitalidad de su temperamento estuvo siempre moderada por la prudencia y la fortaleza (ídem, p. 17).
(24) ídem, p. 213; P. URBANO, El hombre..., p. 206.
(25) ídem, p. 338.
(26) F. NIETZSCHE, Ainsi parlait Zarathoustra, París, 1942; cfr. pp. 57 y 108..
(27) Citado en A. VÁZQUEZ DE PRADA, El fundador..., p. 348..
(28) Citado por P. URBANO, El hombre..., p. 50.
(29) Citado por J. ECHEVARRÍA, Memoria..., p. 36.
(30) Surco, 804.
(31) Citado por P. BERGLAR, Opus Dei, Madrid, 1987, p. 353.
(32) Amigos de Dios, 184.
(33) A. DEL PORTILLO, Entrevista... p. 47.
(34) Citado por J. ECHEVARRÍA, Memoria... p.44..
(35) Amigos de Dios, 188.
(36) Es Cristo que pasa, 164.
(37) J. ECHEVARRÍA, Memoria..., p. 90.
(38) Amigos de Dios, 239.
(39) Cfr. Carta Apostólica Tertio Millenio Adveniente, p. 3.
(40) Const. Past. Gaudium et Spes, 22.
(41) Es Cristo que pasa, 163.
(42) Camino, 145.
(43) Amigos de Dios, 56.
(44) Amigos de Dios, 128..
(45) Cfr. A. DEL PORTILLO, Entrevista..., p. 78.
(46) Amigos de Dios, 72.
(47) ídem, 247.
(48) Citado por P. URBANO, El hombre ..., p. 158.
(49) Cfr. ídem, p. 206.
(50) Cfr. A. DEL PORTILLO, Entrevista..., p. 138
(51) Citado por J. ECHEVARRÍA, Memoria..., p. 44
(52) Cfr. A. DEL PORTILLO, Entrevista..., p. 139.
(53) Cfr. A. DEL PORTILLO, Entrevista..., p. 251.
(54) Citado por J. ECHEVARRÍA, Memoria..., p. 58.
(55) Dejamos constancia, a título de ejemplo, del relato inédito de Angelino Seabra Lopes, sacerdote portugues de la Prelatura, referente a dos episodios significativos del cariño de San Josemaría por sus hijos. “Sucedió, salvo error, en 1956, cuando se estaba terminando el Oratorio de Reliquias de Villa Tevere. A mí y a otro alumno del Colegio Romano de la Santa Cruz, Joaquín Ortiz, se nos encargó colocar reliquias de santos en un relicario metálico, de forma cuadrangular, con 125 compartimentos. En cada uno de estos compartimentos se pegaba, con cola fuerte, una pequeña reliquia de un santo y debajo una pequeñísima tira de papel apergaminado con el nombre del santo. Era a comienzos de la tarde, y sabíamos que al Padre le agradaría que el trabajo estuviera terminada cuando los operarios saliesen a las 17.30 horas, para colocar después el relicario en el lugar definitivo. Comenzamos a trabajar colocando, con ayuda de pinzas, cada reliquia y la pequeña identificación con todo cuidado. Pasaban pocos minutos de las 5 de la tarde cuando completamos el último compartimento. Respiramos a fondo, contentos, pensando en la alegría que el Padre tendría al llegar. Y fue entonces cuando nos dimos cuenta de que lo habíamos hecho todo mal: el relicario se había llenado al revés; habíamos tomado como el lado superior el que en realidad era el lado inferior. En este momento llega el Padre. Ambos esperábamos una fuerte llamada de atención, bien merecida. Mas he aquí que, viendo nuestra desilusión, con mucha paz, como no dando importancia al acontecimiento, nos dice: ‘Hijos míos, esto os va a suceder muchas veces a lo largo de la vida. Mañana terminaréis el trabajo”.
“Fue el día 14 de abril de 1970, martes, hacia las 16.30 horas, en Fátima. Nuestro Padre había venido a Fátima exclusivamente para hacer una ‘romería’ penitente. Rezó el rosario, descalzo, desde la rotonda norte hasta lo alto de la explanada, acompañado por un pequeño grupo de siete u ocho personas. Yo llegué cuando ya había terminado el rosario y otras oraciones, y se encontraba todavía descalzo, junto a la estatua de Pío XII. Al verme aparecer así, sólo, casi como un intruso, no se quedó parado, a la espera, sino que se adelantó para abrazarme y besarme, y tuvo la preocupación de introducirme en el ambiente, contando, en pocas palabras, lo que había venido a hacer. Mira, me dice, he venido a rezar a la Virgen. Esta gente –se refería a los peregrinos- anda kilómetros y kilómetros a pie, y yo, pobre hombre, solamente unos metros. Y así, con este afectuoso recibimiento, me integró perfecta y rápidamente en el grupo que le acompañaba”.
(56) ídem, p. 86.
(57) ídem, p. 104.
(58) A. DEL PORTILLO, Entrevista..., p. 107
(59) ibidem.
(60) P. URBANO, El hombre ...p. 202.
(61) ibidem.
(62) Cfr. Memoria..., p. 323: “Dentro de la Misa, inmediatamente después de la comunión. ¡Toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí intelectualmente, con detalle... cogí lo que habría de ser la Sección femenina del Opus Dei...
(63) Cfr. J. ECHEVARRÍA, Memoria..., p. 127.
(64) P. URBANO, El hombre..., p. 103.
(65) A. DEL PORTILLO, Entrevista..., p. 52.
(66) Cfr. P. BERGLAR, Opus Dei..., p. 347.
(67) Cfr. P. URBANO, El hombre... p.132.
(68) Cfr. A. DEL PORTILLO, Entrevista..., p. 180: “La pobreza, gran señora mía”. La llamó así desde que tenía treinta y uno o treinta y dos años, hasta el final de su vida. De este modo resumía sus aplicaciones más concretas: “No tener nada como propio; no tener nada superfluo; no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar los objetos que usamos; hacer buen uso del tiempo” (Idem, p. 181).
(69) Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, p. 9.


Actas del Congreso "La grandeza de la vida corriente", Vol. I Vocación y misión del cristiano en medio del mundo, EDUSC, 2002.