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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Trabajar con una sonrisa
El propio don Jesús Urteaga publicó en la revista Mundo Cristiano el párrafo de una carta manuscrita que Mons. Escrivá de Balaguer le había dirigido años antes desde Roma: Cuando el quehacer excesivo te apabulle un poco, piensa que el trabajo es una enfermedad incurable –el trabajo excesivo– para los que somos hijos de Dios en su Opus Dei. Y sonríe, y da a otros ese buen espíritu.
Trabajar con una sonrisa. Quitar importancia a la fatiga con un poco de humor. El Fundador del Opus Dei bromeaba por los años setenta, diciendo que no llevaba reloj, porque no lo necesito; cuando termino una cosa, comienzo otra, y en paz.
Era como un vendaval pausado. Le urgían las almas y por eso trabajaba de prisa, aprovechando el tiempo. Pero sin “sensación de prisa”: menos aún con las almas, que era lo que realmente le urgía. Por eso les dedicaba mucho tiempo. Porque sabía –tantas veces lo reiteró– que las almas, como el buen vino, mejoran con el tiempo.
Si en algo especialmente puede decirse que no tenía impaciencia, era en la dirección espiritual, en el Sacramento de la Penitencia, allí donde el alma sale del anonimato para enfrentarse con sus responsabilidades ante Dios. Nunca le faltaba tiempo para confesar, y menos para confesar a enfermos o niños. Desde 1931 fue también habitualmente al Asilo de Porta Coeli, en la calle García de Paredes, a administrar el Sacramento de la Confesión a los chicos –auténticos golfillos– allí recogidos. Y siguió haciéndolo cuando su apostolado personal con estudiantes universitarios le llevaba también mucho tiempo.
Llegaba a ir varias veces el mismo día a confortar a un enfermo moribundo en cualquier barriada de Madrid. Cuando se trataba de la confesión, no escatimaba las horas: don Ramón Cermeño reseña que, cuando dio ejercicios espirituales para sacerdotes jóvenes en el Seminario de Ávila –en 1940– la mayoría quería confesarse con él, y los atendió con gran paciencia y con gran afabilidad. Por su parte, a Encarnación Ortega le impresionó que se levantara de la cama con mucha fiebre, para sentarse en el confesionario y dar la absolución a una sola persona: ella le llamó por teléfono a la casa de la calle Diego de León, y poco después llegaba al Centro que la Sección de mujeres del Opus Dei tenía en la calle Jorge Manrique.
Al profesor García Hoz, en los comienzos de 1940, le causó verdadero asombro la absoluta disponibilidad del Fundador del Opus Dei para quienes se habían confiado a su dirección espiritual. Él iba corrientemente a la residencia de la calle Jenner. Pero cuando se trataba de su mujer, el propio don Josemaría se tomaba la molestia de buscar una iglesia y un confesionario a una hora adecuada: “Y esto no una vez o dos, todas cuantas mi mujer acudía a él, que era normalmente una vez a la semana. Recuerdo que varias veces utilizó el confesionario de la iglesia de San José y de la iglesia de Santa Bárbara”.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Trabajar con una sonrisa. Quitar importancia a la fatiga con un poco de humor. El Fundador del Opus Dei bromeaba por los años setenta, diciendo que no llevaba reloj, porque no lo necesito; cuando termino una cosa, comienzo otra, y en paz.

Era como un vendaval pausado. Le urgían las almas y por eso trabajaba de prisa, aprovechando el tiempo. Pero sin “sensación de prisa”: menos aún con las almas, que era lo que realmente le urgía. Por eso les dedicaba mucho tiempo. Porque sabía –tantas veces lo reiteró– que las almas, como el buen vino, mejoran con el tiempo.
Si en algo especialmente puede decirse que no tenía impaciencia, era en la dirección espiritual, en el Sacramento de la Penitencia, allí donde el alma sale del anonimato para enfrentarse con sus responsabilidades ante Dios. Nunca le faltaba tiempo para confesar, y menos para confesar a enfermos o niños. Desde 1931 fue también habitualmente al Asilo de Porta Coeli, en la calle García de Paredes, a administrar el Sacramento de la Confesión a los chicos –auténticos golfillos– allí recogidos. Y siguió haciéndolo cuando su apostolado personal con estudiantes universitarios le llevaba también mucho tiempo.
Llegaba a ir varias veces el mismo día a confortar a un enfermo moribundo en cualquier barriada de Madrid. Cuando se trataba de la confesión, no escatimaba las horas: don Ramón Cermeño reseña que, cuando dio ejercicios espirituales para sacerdotes jóvenes en el Seminario de Ávila –en 1940– la mayoría quería confesarse con él, y los atendió con gran paciencia y con gran afabilidad. Por su parte, a Encarnación Ortega le impresionó que se levantara de la cama con mucha fiebre, para sentarse en el confesionario y dar la absolución a una sola persona: ella le llamó por teléfono a la casa de la calle Diego de León, y poco después llegaba al Centro que la Sección de mujeres del Opus Dei tenía en la calle Jorge Manrique.
Al profesor García Hoz, en los comienzos de 1940, le causó verdadero asombro la absoluta disponibilidad del Fundador del Opus Dei para quienes se habían confiado a su dirección espiritual. Él iba corrientemente a la residencia de la calle Jenner. Pero cuando se trataba de su mujer, el propio don Josemaría se tomaba la molestia de buscar una iglesia y un confesionario a una hora adecuada: “Y esto no una vez o dos, todas cuantas mi mujer acudía a él, que era normalmente una vez a la semana. Recuerdo que varias veces utilizó el confesionario de la iglesia de San José y de la iglesia de Santa Bárbara”.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
- Clases en la Academia Cicuéndez
- Capellán de las las Damas Apostólicas
- Millares de horas confesando niños
- Capellán de las Agustinas Recoletas del Monasterio de Santa Isabel
- Los enfermos más desamparados
- Don José María Somoano
- Todo lo tenía que hacer el Padre
- Trabajar con una sonrisa
- ¿Virtud sin orden? –¡Rara virtud!
- Las pupilas que ha dilatado el amor
- Dios creó al hombre para trabajar
- El trabajo es enfermedad incurable para los del Opus Dei
- La santificación del trabajo
- Amar el propio trabajo profesional
- El ejemplo de Jesús en Nazareth
- La santidad no es cosa para privilegiados
- Como los primeros Cristianos
- Una verdadera mentalidad laical
- La materia prima
- Mujeres del Opus Dei
- 14 de febrero de 1930
- Dos borriquillos que tiran del mismo carro
- El inicio de la Sección femenina del Opus Dei
- María Ignacia García Escobar, la primera mujer del Opus Dei
- El cimiento del Opus Dei
- En la calle de Jorge Manrique
- La fundación del Opus Dei: hombres y mujeres
- La fundación del Opus Dei: La sociedad sacerdotal de la Santa Cruz
- Todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración
- El 14 de febrero de 1943
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