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Testimonios

Tenía una gran fortaleza y un optimismo contagioso

Carmen Puente Rizo, México

10 de febrero de 2004

Etiquetas: Alegría, Comprensión
- ¿Cuándo y en qué circunstancia conoció a San Josemaría Escrivá?

Lo conocí a finales de 1956, en Roma. De aquel primer rato con el Padre -así llamamos familiarmente a quien hace cabeza en la Obra-, recuerdo el cariño con que me acogió.

- De los años que trabajó cerca de él, ¿recuerda de modo especial alguna enseñanza que haya recogido de su comportamiento?

Recuerdo, por ejemplo, que al orientar la labor de gobierno y de formación, se notaba en sus indicaciones un gran equilibrio. Sabía compaginar perfectamente el cariño y la comprensión con la exigencia. No admitía en quienes colaborábamos con él chapuzas, ligerezas, ni apasionamientos. Rechazaba especialmente lo que fuera poco claro o rebuscado; esto lo hacía con gran delicadeza, y en muchas ocasiones con sentido del humor: animaba a rehacer aquello, facilitándolo con sus indicaciones: bastaba una frase corta o incluso una palabra, para “iluminar” el camino a la solución que se buscaba. Su gran fe en el poder de Dios y en lo que quiere hacer con su Obra, le llevaban a tener una gran fortaleza y un optimismo contagioso. Las tareas que en algún momento podían parecernos imposibles de llevar a cabo, por falta de medios materiales, de personas o de experiencia, después de escuchar sus consideraciones, se veían como algo asequible y que había que emprender con prontitud. Comunicaba la seguridad que él tenía: si aquello lo quería Dios, saldría adelante si no dejábamos de poner los medios a nuestro alcance, aunque realmente fueran muy desproporcionados. Impulsaba a respaldar toda la tarea en la oración confiada y la mortificación generosa, dirigida especialmente al cumplimiento fiel y acabado del propio deber. Esta fortaleza hecha de amor, de confianza y de correspondencia a la gracia, hizo posible que la labor apostólica del Opus Dei llegara a los cinco continentes antes del final de su vida en la tierra, aunque como él repetía, quedaba mucho por hacer.

- Con frecuencia se entiende la santidad como algo que hace a las personas serias o adustas, ¿no resultó difícil para trabajar tan cerca de una persona tan santa?

Al contrario, mi experiencia fue que su alegría, su comprensión, su optimismo y su agradecimiento eran contagiosos: en todo encontraba motivos para ejercitarse en estas virtudes, también en los aparentes fracasos y en los errores que pudiéramos cometer. Sus correcciones -de padre- impulsaban a que aquello sirviera de experiencia para evitar que nosotras mismas u otras personas cometieran el mismo error, y esto mismo en detalles pequeños, como hacer una reparación a tiempo, que en asuntos de más categoría. Nos enseñaba que lo importante es reconocer la falta y poner los medios para rectificar, como escribió en Camino: “¿Que has fracasado? -Tú -estás bien convencido- no puedes fracasar. No has fracasado: has adquirido experiencia, -¡Adelante!” (Camino, 405). Nos hablaba de la alegría de rectificar, de pedir perdón, de decir “me equivoqué” y no tenía inconveniente en darnos ejemplo con su conducta personal -sin temor a perder autoridad-, siempre que se presentaba la ocasión de hacerlo.

- En su piedad, ¿algo que haya llamado la atención?

Sin ninguna duda su naturalidad que, me parece, la hacía más especialmente atractiva e imitable. Siendo tan natural, sin ningún tipo de afectación, se notaba que tenía presente a Dios. Se palpaba su amor a la Virgen, en el modo de rezar un Ave María o en cómo buscaba y miraba sus imágenes. Me gusta recordar que llegó a México para ver a la Virgen de Guadalupe y “sólo de paso” a sus hijos mexicanos. Y que fue una imagen de la Virgen de Guadalupe la que recogió su última mirada sobre la tierra; una imagen que está en el que fue su cuarto de trabajo en Roma, donde falleció el 26 de junio de 1975.