Documentación
Artículos y Estudios
Sueños y realidades de cooperación
Alberto Ribera
«Yo no quiero sino ayudar, por los caminos del espíritu, a la libertad y a la dignidad del hombre: ése es mi sueño». Esas palabras de san Josemaría Escrivá fueron recordadas por el maestro de periodistas que fue don Manuel Aznar, en el artículo titulado ‘Responso personal de gozo y esperanza’, que publicó el periódico barcelonés La Vanguardia el 6 de julio de 1975. Por aquel entonces, estaba yo comenzando a familiarizarme con el mensaje de Escrivá, y me sentí fuertemente atraído a compartir ese tipo de ideales.
«A la vuelta de pocos años, si rezáis y trabajáis con fe y con perseverancia, podremos preparar reuniones y cursos internacionales con jóvenes de muchos países [...] De este modo ayudaremos eficazmente a crear un clima de entendimiento mutuo, de convivencia, con una visión amplia y universal, que ahogue en caridad todos los odios y rencores: sin lucha de clases, sin nacionalismos, sin discriminaciones. Soñad y os quedaréis cortos».
En abril de 1992, durante la sesión conmemorativa del 25º Congreso Internacional UNIV, varios miles de universitarios de todo el mundo contemplaron cómo el profesor Umberto Farri se emocionaba al citar estas palabras de san Josemaría, escritas en 19421. Yo me encontraba presente en esa sesión y puedo confirmar que la emoción no era para menos: el sueño se presentaba a los ojos de todos transformado en realidad.
Traigo a colación estos dos recuerdos, porque me parece que tienen mucho que ver con los frutos de la vida y del mensaje de Escrivá: en concreto, con las consecuencias de promoción de la dignidad humana y con los resultados de cooperación, que se han derivado de su impulso e iniciativa.
Pienso, en particular, en la fundamentación que esas dos ideas han aportado al trabajo en el ámbito de la cooperación internacional al desarrollo, al que me he dedicado durante años y desde instituciones y países distintos: organismos multilaterales como la Comisión Europea o el Banco Asiático de Desarrollo, organizaciones no gubernamentales como el ICU (Roma), escuelas de negocios como el Centro para la Empresa en Latinoamérica del IESE (Madrid) o la Euro-Arab Management School donde trabajo actualmente.
1. La dignidad de los hijos de Dios
Promover el desarrollo de los pueblos, especialmente de los más necesitados, no es misión exclusiva de hombres o mujeres extraordinarios, o de profesionales específicamente dedicados a la política y a la economía. «Piensa en los demás —antes que nada, en los que están a tu lado— como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso». Prosigue Escrivá, en una homilía de 1956: «Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios». Y concluye: «No se trata de un ideal lejano»2. Por tanto, a todos los miembros de la familia humana corresponde el derecho y el deber de hacer de la vida una tarea de servicio a los demás, porque haber captado en su hondura humana y sobrenatural la dignidad de los hijos de Dios implica haber comprendido también que servir es la actividad más noble y más adecuada a la naturaleza del hombre.
«No hay más que una raza en la tierra: la raza de los hijos de Dios3. La caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador»4. Son expresiones de san Josemaría, que tienen mucha relación con la grandeza de la vida corriente. Es decir, la vida corriente es grande, porque su horizonte —el de la existencia de cada persona consciente de su dignidad— no se limita a lo inmediato ni a lo más cercano, sino que alcanza dimensiones universales y, para un cristiano, trascendentes.
Escrivá no ha elaborado una teología de la historia, ni del desarrollo; pero ha predicado y ejercitado una visión del progreso y de la responsabilidad de cada hombre y mujer en la construcción de la sociedad, que «se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad revelada y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría añadir que se basa también en la certeza de la indeterminación de la historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar»5.
También por esta disposición de apertura ante la libertad humana y la incertidumbre del devenir histórico, a san Josemaría no le gustaban —nos lo cuentan sus biógrafos— las teorías generales ni los planteamientos vagos. Para él, respeto y promoción de la dignidad humana tienen un significado preciso y fácilmente comprensible: se es [por eso] cristiano cuando se es capaz de amar no sólo a la Humanidad en abstracto, sino a cada persona que pasa cerca de nosotros6.
No surge de esos principios —respeto sagrado a la dignidad humana, amor a la libertad, empeño en promover la concordia y la ayuda mutua— ninguna teoría del desarrollo. A lo largo de su vida, Escrivá repitió innumerables veces que su misión sacerdotal no podía invadir ilícitamente la esfera de las cuestiones temporales, que los laicos están llamados a resolver con autonomía y sentido de responsabilidad. Pero de esas “ideas madre”, que con tanta fuerza vivió y predicó, sí se derivan algunas consecuencias, que orientan y animan los esfuerzos de muchas personas que contribuyen con su tarea profesional y social al desarrollo de las naciones más pobres.
En primer lugar, la conciencia radical de la dignidad del hombre encierra un concepto integral del desarrollo, que contempla no sólo necesidades de bienestar material, sino también la dimensión espiritual de las personas. «Salvarán este mundo nuestro no los que pretenden narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo a cuestiones económicas o de bienestar material, sino los que tienen fe en Dios y en el destino eterno del hombre, y saben recibir la verdad de Cristo como luz orientadora para la acción y la conducta»7.
2. Virtudes humanas de la cooperación
El mensaje cristiano que san Josemaría ha transmitido ofrece, además, otros planteamientos que resultan relevantes a la hora de trabajar en la cooperación internacional al desarrollo. Entre las manifestaciones que surgen de la conciencia profunda de la dignidad humana, me atrevo a destacar algunas y a ilustrarlas con algún ejemplo.
Confianza en las capacidades de cada persona, viendo a cada uno no sólo como beneficiario pasivo sino como actor protagonista del desarrollo. Esto exige, por tanto, situar a cada uno frente a sus responsabilidades individuales y sociales. Me refirieron que en un encuentro con estudiantes en la Universidad de Navarra el 9-X-1972, un joven nigeriano abrió su corazón y contó que, como a otros muchos africanos, le daba miedo regresar a su país, a causa de las dificultades de todo tipo que va a encontrar. Josemaría Escrivá le interrumpió con cariño y vino a decirle algo así como: «Sería una pena que no volvierais a vuestra tierra. No tengáis miedo y volved. ¡Vuestra tierra es tan hermosa! Merece que vayáis, que volváis con la luz de vuestra conciencia cristiana y con la luz de la ciencia que habéis adquirido. Podéis hacer un bien muy grande. No debéis privar a Nigeria de ese cariño vuestro y de esa eficacia. Mi consejo es que volváis. Las gentes de vuestras tierras son generosas y hospitalarias. Tienen afán de estudiar, de saber, de conocer. Podéis hacer una labor formidable. ¡Sin excluir a nadie! De modo que ánimo y, cuando estéis preparados, ¡volved! Mientras tanto fórmate bien aquí y estudia mucho. Di a tus profesores que te ayuden. Porque interesaría tanto que fueras profesor en tu tierra y, además, que ejercieras tu profesión».
Amor a la libertad, que ha sido glosado ampliamente en otras intervenciones de este Congreso. Cabe insistir, por sus directas repercusiones en el tema que nos ocupa, en el aprecio tan elevado que Escrivá tenía del principio de subsidiariedad. Era clara su predilección por las asociaciones que vienen de abajo a arriba, frente a las que están impuestas por la autoridad8. La solidaridad no es un problema del Estado, sino de la sociedad, de los ciudadanos libres y responsables que pueden y deben organizarse según su entender y sus inclinaciones.
Espíritu de iniciativa y talante emprendedor; optimismo y visión positiva del mundo; audacia que no se detiene ante las dificultades económicas, organizativas, de distancia, etc., porque las omisiones en los deberes de caridad han de pesar en la conciencia de un cristiano que, en medio del mundo, desea ser consecuente con su fe. «Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo»9.
Sentido de responsabilidad cívica y social, sin excusas: el lenguaje habitualmente positivo, divertido y amable de Josemaría Escrivá —que siempre rechazó toda sombra de celo amargo o de reacción resentida— se torna duro, cuando se trata de despertar las conciencias adormecidas y los ánimos aburguesados. «Cuando tu egoísmo te aparta del común afán por el bienestar sano y santo de los hombres, cuando te haces calculador y no te conmueves ante las miserias materiales o morales de tus prójimos, me obligas a echarte en cara algo muy fuerte, para que reacciones: si no sientes la bendita fraternidad con tus hermanos los hombres y vives al margen de la gran familia cristiana, eres un pobre inclusero»10.
Concepto del trabajo como quicio del progreso humano, que exige oportunidades adecuadas de educación y la necesaria promoción de derechos y deberes laborales. «Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar [...]»11. Amplia y abundantemente se trata en este Congreso sobre la formación profesional de la gente joven, de la mujer, de los empresarios y directivos [...]. Permítaseme añadir la seriedad profesional que quienes se dedican al desarrollo deberán desempeñar, si siguen las enseñanzas de san Josemaría: la buena voluntad no basta, se necesita competencia específica y perfección humana en el trabajo.
Mentalidad realista, que lleva a contar con las dificultades y que no desconoce el egoísmo ni las consecuencias del pecado. «Hay que enseñar a la gente a trabajar —sin exagerar la preparación: “hacer” es también formarse— y a aceptar de antemano las imperfecciones inevitables: lo mejor es enemigo de lo bueno»12. Estando en la realidad de las cosas, será más fácil ser flexibles y, por tanto, rectificar los planes cuantas veces sea necesario, ante los imprevistos que forzosamente surgirán, o bien al comprobar que los programas que se habían diseñado inicialmente eran equivocados o poco adecuados a las circunstancias.
Realismo es también amor por la verdad de las cosas, con aprecio por lo concreto y asequible, con sentido práctico, sin engañarse y sin confiar demasiado en grandes cambios de estructuras, que probablemente no están al alcance de la gente normal. A un padre de familia venezolano, que en febrero de 1975 preguntaba cómo educar a los hijos, san Josemaría respondió: «Yo los pasearía un poco por esos barrios de Caracas. Les pondría la mano delante de los ojos, y después la quitaría para que vieran las chabolas, unas encima de otras. Que sepan que el dinero lo tienen que administrar, de modo que todos participen de los bienes de la tierra»13.
Paciencia: saber esperar y contar con el tiempo, porque casi nada se consigue al primer intento, especialmente si se buscan frutos maduros y duraderos. Esta actitud serena requiere una delicada rectitud de intención. Si se persiguen resultados aparentes e inmediatos o si, desde las entidades públicas y privadas que financian los proyectos de desarrollo, se exigen plazos demasiado breves, se multiplican los riesgos de saltarse etapas necesarias, en perjuicio de los beneficiarios, que quizá se sentirán frustrados en sus expectativas.
Espíritu de justicia y fortaleza, que no confunde la virtud de la solidaridad con pasajeros impulsos emotivos ni con modas de estética bienpensante. «No nos engañemos: la vida no es una novela rosa. La fraternidad cristiana no es algo que venga del cielo de una vez para todas, sino realidad que ha de ser construida cada día. Y que ha de serlo en una vida que conserva toda su dureza, con choques de intereses, con tensiones y luchas, con el contacto diario con personas que nos parecerán mezquinas, y con mezquindades de nuestra parte»14.
Señorío y elegancia, humildad en definitiva: porque el afán de protagonismo es uno de los mayores enemigos de la cooperación al desarrollo. San Josemaría practicó con ejemplaridad un desprendimiento total: fue impulsor de muchas y variadas iniciativas, pero jamás se sintió propietario de alguna. Tampoco buscó reconocimientos o medallas, sino servir sin ruido ni ostentación, no como esas gallinas que, apenas ponen un huevo, atronan cacareando por todo el barrio. Al contrario, se trata de ayudar sin crear dependencias —tampoco psicológicas ni afectivas— y sin la menor actitud paternalista o de superioridad, de manera «que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes»15.
Y quizá como síntesis de todo lo anterior, dejar hacer, hacer hacer y dar quehacer a muchas personas de buena voluntad —cristianos o no— con el fin de que sientan la alegría de ser útiles, de darse en servicio a los demás16. Esta fue la “estrategia” que empleó a lo largo de toda su vida y que explica en buena parte el secreto de su eficacia al promover tantas iniciativas en los cinco continentes y en los sectores más diversos: de la educación a la salud, de la formación de mineros o agricultores a los medios de opinión pública. Efectivamente son muy numerosos los fieles de la prelatura del Opus Dei, cooperadores y amigos, que han promovido, trabajan o colaboran en Fundaciones, Asociaciones, Cooperativas, etc., que tratan de contribuir al desarrollo de los países menos avanzados económicamente. Las ONG son un fenómeno de nuestro tiempo, que responde muy bien a las enseñanzas de Escrivá —reconocidas como precursoras del Concilio Vaticano II— sobre el papel de los laicos y la autonomía de las realidades temporales.
Su vida fue un incesante movilizar a otros, despertando en cada uno la enorme capacidad —don de Dios— de hacer el bien y ser útil. Nunca promovió iniciativas de apostolado —labores profesionales y civiles— con mentalidad de distribuidor de beneficencia. Al contrario, vivió el «apostolado de no dar»17, sabiendo que casi siempre se acaba dejando de valorar lo que se regala o se puede lograr sin esfuerzo personal. Por eso, al animar a poner en marcha proyectos en países en vías de desarrollo, encareció a los promotores —si no eran del país— a contar siempre con personas del lugar que arrimen el hombro e inviertan su tiempo, su dinero y su trabajo. De este modo, además, bien pronto todas esas tareas han contado con personal local, bien preparado para dirigirlas sin depender de una continua asistencia financiera o técnica del exterior.
3. La fuerza del signo más
He dejado, para el final de esta enumeración, un rasgo que considero particularmente importante en la vida y el mensaje de san Josemaría y que, por otra parte, está en la base de cualquier tarea de ayuda al desarrollo. Me refiero a la cooperación entendida como actitud o, mejor, como hábito: es decir, virtud o tal vez compendio de virtudes.
La caridad es la base de toda virtud cristiana y, muy directamente, de la cooperación. «Pero no hables de la caridad: ¡vívela!», expresaba con fuerza san Josemaría, como recuerdan aún los que tuvieron la fortuna de escucharle en el IESE, en Barcelona, a finales de noviembre de 1970.
«Mas que en “dar”, la caridad está en comprender»18. Dicho en otras palabras, hacerse cargo de la situación, en su doble significado de conocer y de disculpar: ponerse en lugar del otro es requisito indispensable, no ya desde el punto de vista cristiano sino también en términos de eficacia profesional, en cualquier proyecto de cooperación internacional.
Sin embargo, en muchos ambientes ligados a las tareas de desarrollo —especialmente en las ONG— sigue de moda una visión esencialmente reivindicativa de la cooperación, que tal vez sea una reliquia de las doctrinas marxistas, que han dominado durante décadas el pensamiento en torno a las cuestiones del desarrollo económico y social. Según esa dialéctica de lucha de clases, es imprescindible la denuncia (advocacy se suele decir en término anglosajón difícilmente traducible).
Seguramente con buena intención, pero tal vez con excesiva impaciencia, quizá sucede en esos casos que se olvida la naturaleza misma de la co-operación, que exige antes que nada esfuerzo tenaz y perseverante de unión, de superar prejuicios y borrar heridas de la memoria, de limar asperezas y malentendidos, de buscar la armonía y el entendimiento. Y en todo esto fue Josemaría Escrivá un maestro, con su vida y sus enseñanzas. Podrían publicarse —y valdría la pena— libros enteros citando y comentando sus escritos sobre su pasión por la unidad, su afán por ser y enseñar a ser sembrador de paz y de alegría, sus glosas al texto paulino19 «llevad los unos las cargas de los otros»20, y a otros pasajes del Nuevo Testamento relacionados con el mandamiento nuevo del amor. Baste una cita, que expresa la convicción y la radicalidad con que trabajó durante toda su vida por hacer realidad esos “sueños” de convivencia y de cooperación a los que hacíamos referencia al comienzo de esta intervención.
«Hay que unir, hay que comprender, hay que disculpar. No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo. La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar unos por otros, para que todos alcancen la paz»21.
La vida no se alimenta de contradicciones, sino de paradojas, aparentes oposiciones que en realidad son fuente de riqueza. En Josemaría Escrivá encontramos superación de esas presuntas incompatibilidades, pero sin caer en relativismos morales ni transigir en valores que son irrenunciables. Cooperar es, a veces, decir que no, cuando lo contrario supondría cooperación en el mal, es decir, complicidad. Las diferencias existen y los contrastes también. Hay que aprender a colaborar y a construir la paz, a pesar de los conflictos que puedan existir. El diálogo supone haber entendido que las diferencias no tienen que llevar necesariamente a divisiones ni enfrentamientos.
En sus escritos —y aún más, en su vida y en los centenares de labores que impulsó— destaca su rechazo de la uniformidad, de la sosez de estar de acuerdo en todo. Fue un profeta del pluralismo, también en el ámbito teológico y anticipador en muchos sentidos del diálogo entre religiones22.
4. Cooperación con musulmanes
Debería terminar aquí este trabajo; pero a la vez siento la necesidad de hacer una referencia a la crisis que vivimos en la hora actual, agudizada de manera dramática por los acontecimientos del pasado 11 de septiembre.
Mi trabajo actual en un proyecto de cooperación educativa y empresarial, entre la Unión Europea y la Liga de Estados Árabes, me lleva a convivir a diario con musulmanes. Esa colaboración había comenzado años atrás, cuando trabajaba en una ONG italiana y participé en el diseño y puesta en marcha de varios proyectos de cooperación con instituciones que estaban dirigidas por musulmanes: en Albania, para establecer una red de asistencia domiciliaria a enfermos oncológicos terminales; en Líbano, para la reorganización del sistema productivo y la creación de cooperativas agrícolas para drusos y cristianos maronitas; o en la isla de Basilan (al sur de Mindanao, en Filipinas) donde, a petición del obispo católico del lugar, se ha promovido la creación de empleo para exguerrilleros del MNLF y la rehabilitación de sus poblados, incluyendo centros de salud y, por lo menos en un caso, la mezquita.
Dicho sea de paso, a modo de anécdota, me gusta recordar que la primera vez que visité un lugar de culto musulmán fue en la Escuela de Contabilidad y Administración de Strathmore College, una labor de apostolado corporativo del Opus Dei en Nairobi: allí, en efecto, pude ver la habitación —amplia y bien situada, en la zona central de la Escuela— destinada a lugar de oración para los alumnos musulmanes.
Trataré, pues, de apuntar muy brevemente algunas notas en relación con el impulso que Josemaría Escrivá infundió a la colaboración con no cristianos y, en particular, con musulmanes.
«A los musulmanes les tengo mucho afecto. Han hecho ya dos ediciones de Camino en árabe, ¡me llevan en el bolsillo de la chilaba!». Como yo, miles de personas —seguramente millones, a través de la película que se filmó— han oído la voz afectuosa y alegre de san Josemaría en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, el 26 de junio de 1974, contestando —con esas o similares palabras— a alguien que se presentó como descendiente de musulmanes.
Años antes, en una entrevista que se recogió en el libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, manifestaba: «Respeto todas las opiniones distintas de la mía; como respeto a los que tienen un corazón grande y generoso, aunque no compartan conmigo la fe de Cristo. Os contaré una cosa que me ha sucedido muchas veces, la última aquí, en Pamplona. Se me acercó un estudiante que quería saludarme.
— Monseñor, yo no soy cristiano, me dijo; soy mahometano.
— Eres hijo de Dios como yo, le contesté. Y lo abracé con toda mi alma»23.
Testigos presenciales han relatado con más detalle ese encuentro con Adnán, sirio, estudiante en la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Fue en el Colegio Mayor Aralar el 23 de abril de 1967. Cuando le saludó diciendo que era musulmán, la respuesta fue inmediata; le dijo algo así como: «Tenemos muchas cosas en común. Vosotros veneráis a Jesucristo y lo consideráis como Profeta; sentís un gran respeto por la Madre de Jesús y la llamáis Virgen. Además, os quiero mucho y tengo muchos amigos musulmanes».
A finales de la década de los 50, había dado comienzo el apostolado del Opus Dei en Kenia, que desde el primer momento estuvo abierto a personas de todas las etnias y religiones. Costó muchos sufrimientos a san Josemaría que las autoridades aceptaran el carácter interracial, intertribal e interreligioso que deseaban tener las labores de apostolado corporativo que se estaban promoviendo. No es de extrañar el lema elegido, por sugerencia del Fundador, para el escudo de Strathmore College: unum sint. Ese mismo lema, u otros parecidos —ex pluribus unum— campea en los escudos de otras labores apostólicas impulsadas por fieles de la Prelatura del Opus Dei.
Valdría la pena recoger testimonios de musulmanes, que han sido antiguos residentes de Netherhall House en Londres o de muchas otras residencias universitarias establecidas por impulso de san Josemaría. Y quizá serían aún más significativos los relatos de quienes no sólo pueden narrar la ayuda recibida, sino sobre todo la colaboración prestada a las labores que se inspiran en el carisma de Josemaría Escrivá de Balaguer. En Nigeria, por ejemplo, han sido musulmanes los presidentes de los patronatos de labores como Iroto Conference Center o Lagos Business School.
Sirvan estas referencias para aportar una pequeña contribución al esfuerzo al que el Santo Padre nos está convocando: construir una cultura de paz, que -como ha señalado en numerosas ocasiones- se logrará más fácilmente mediante la cooperación en proyectos comunes de promoción de los más necesitados y a favor del desarrollo.
Alberto Ribera. Actas del Congreso "La grandeza de la vida corriente", Vol. IX La solidaridad de los hijos de Dios, EDUSC, 2003.

En abril de 1992, durante la sesión conmemorativa del 25º Congreso Internacional UNIV, varios miles de universitarios de todo el mundo contemplaron cómo el profesor Umberto Farri se emocionaba al citar estas palabras de san Josemaría, escritas en 19421. Yo me encontraba presente en esa sesión y puedo confirmar que la emoción no era para menos: el sueño se presentaba a los ojos de todos transformado en realidad.
Traigo a colación estos dos recuerdos, porque me parece que tienen mucho que ver con los frutos de la vida y del mensaje de Escrivá: en concreto, con las consecuencias de promoción de la dignidad humana y con los resultados de cooperación, que se han derivado de su impulso e iniciativa.
Pienso, en particular, en la fundamentación que esas dos ideas han aportado al trabajo en el ámbito de la cooperación internacional al desarrollo, al que me he dedicado durante años y desde instituciones y países distintos: organismos multilaterales como la Comisión Europea o el Banco Asiático de Desarrollo, organizaciones no gubernamentales como el ICU (Roma), escuelas de negocios como el Centro para la Empresa en Latinoamérica del IESE (Madrid) o la Euro-Arab Management School donde trabajo actualmente.
1. La dignidad de los hijos de Dios
Promover el desarrollo de los pueblos, especialmente de los más necesitados, no es misión exclusiva de hombres o mujeres extraordinarios, o de profesionales específicamente dedicados a la política y a la economía. «Piensa en los demás —antes que nada, en los que están a tu lado— como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso». Prosigue Escrivá, en una homilía de 1956: «Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios». Y concluye: «No se trata de un ideal lejano»2. Por tanto, a todos los miembros de la familia humana corresponde el derecho y el deber de hacer de la vida una tarea de servicio a los demás, porque haber captado en su hondura humana y sobrenatural la dignidad de los hijos de Dios implica haber comprendido también que servir es la actividad más noble y más adecuada a la naturaleza del hombre.
«No hay más que una raza en la tierra: la raza de los hijos de Dios3. La caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador»4. Son expresiones de san Josemaría, que tienen mucha relación con la grandeza de la vida corriente. Es decir, la vida corriente es grande, porque su horizonte —el de la existencia de cada persona consciente de su dignidad— no se limita a lo inmediato ni a lo más cercano, sino que alcanza dimensiones universales y, para un cristiano, trascendentes.
Escrivá no ha elaborado una teología de la historia, ni del desarrollo; pero ha predicado y ejercitado una visión del progreso y de la responsabilidad de cada hombre y mujer en la construcción de la sociedad, que «se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad revelada y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría añadir que se basa también en la certeza de la indeterminación de la historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar»5.
También por esta disposición de apertura ante la libertad humana y la incertidumbre del devenir histórico, a san Josemaría no le gustaban —nos lo cuentan sus biógrafos— las teorías generales ni los planteamientos vagos. Para él, respeto y promoción de la dignidad humana tienen un significado preciso y fácilmente comprensible: se es [por eso] cristiano cuando se es capaz de amar no sólo a la Humanidad en abstracto, sino a cada persona que pasa cerca de nosotros6.
No surge de esos principios —respeto sagrado a la dignidad humana, amor a la libertad, empeño en promover la concordia y la ayuda mutua— ninguna teoría del desarrollo. A lo largo de su vida, Escrivá repitió innumerables veces que su misión sacerdotal no podía invadir ilícitamente la esfera de las cuestiones temporales, que los laicos están llamados a resolver con autonomía y sentido de responsabilidad. Pero de esas “ideas madre”, que con tanta fuerza vivió y predicó, sí se derivan algunas consecuencias, que orientan y animan los esfuerzos de muchas personas que contribuyen con su tarea profesional y social al desarrollo de las naciones más pobres.
En primer lugar, la conciencia radical de la dignidad del hombre encierra un concepto integral del desarrollo, que contempla no sólo necesidades de bienestar material, sino también la dimensión espiritual de las personas. «Salvarán este mundo nuestro no los que pretenden narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo a cuestiones económicas o de bienestar material, sino los que tienen fe en Dios y en el destino eterno del hombre, y saben recibir la verdad de Cristo como luz orientadora para la acción y la conducta»7.
2. Virtudes humanas de la cooperación
El mensaje cristiano que san Josemaría ha transmitido ofrece, además, otros planteamientos que resultan relevantes a la hora de trabajar en la cooperación internacional al desarrollo. Entre las manifestaciones que surgen de la conciencia profunda de la dignidad humana, me atrevo a destacar algunas y a ilustrarlas con algún ejemplo.
Confianza en las capacidades de cada persona, viendo a cada uno no sólo como beneficiario pasivo sino como actor protagonista del desarrollo. Esto exige, por tanto, situar a cada uno frente a sus responsabilidades individuales y sociales. Me refirieron que en un encuentro con estudiantes en la Universidad de Navarra el 9-X-1972, un joven nigeriano abrió su corazón y contó que, como a otros muchos africanos, le daba miedo regresar a su país, a causa de las dificultades de todo tipo que va a encontrar. Josemaría Escrivá le interrumpió con cariño y vino a decirle algo así como: «Sería una pena que no volvierais a vuestra tierra. No tengáis miedo y volved. ¡Vuestra tierra es tan hermosa! Merece que vayáis, que volváis con la luz de vuestra conciencia cristiana y con la luz de la ciencia que habéis adquirido. Podéis hacer un bien muy grande. No debéis privar a Nigeria de ese cariño vuestro y de esa eficacia. Mi consejo es que volváis. Las gentes de vuestras tierras son generosas y hospitalarias. Tienen afán de estudiar, de saber, de conocer. Podéis hacer una labor formidable. ¡Sin excluir a nadie! De modo que ánimo y, cuando estéis preparados, ¡volved! Mientras tanto fórmate bien aquí y estudia mucho. Di a tus profesores que te ayuden. Porque interesaría tanto que fueras profesor en tu tierra y, además, que ejercieras tu profesión».
Amor a la libertad, que ha sido glosado ampliamente en otras intervenciones de este Congreso. Cabe insistir, por sus directas repercusiones en el tema que nos ocupa, en el aprecio tan elevado que Escrivá tenía del principio de subsidiariedad. Era clara su predilección por las asociaciones que vienen de abajo a arriba, frente a las que están impuestas por la autoridad8. La solidaridad no es un problema del Estado, sino de la sociedad, de los ciudadanos libres y responsables que pueden y deben organizarse según su entender y sus inclinaciones.
Espíritu de iniciativa y talante emprendedor; optimismo y visión positiva del mundo; audacia que no se detiene ante las dificultades económicas, organizativas, de distancia, etc., porque las omisiones en los deberes de caridad han de pesar en la conciencia de un cristiano que, en medio del mundo, desea ser consecuente con su fe. «Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo»9.
Sentido de responsabilidad cívica y social, sin excusas: el lenguaje habitualmente positivo, divertido y amable de Josemaría Escrivá —que siempre rechazó toda sombra de celo amargo o de reacción resentida— se torna duro, cuando se trata de despertar las conciencias adormecidas y los ánimos aburguesados. «Cuando tu egoísmo te aparta del común afán por el bienestar sano y santo de los hombres, cuando te haces calculador y no te conmueves ante las miserias materiales o morales de tus prójimos, me obligas a echarte en cara algo muy fuerte, para que reacciones: si no sientes la bendita fraternidad con tus hermanos los hombres y vives al margen de la gran familia cristiana, eres un pobre inclusero»10.
Concepto del trabajo como quicio del progreso humano, que exige oportunidades adecuadas de educación y la necesaria promoción de derechos y deberes laborales. «Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar [...]»11. Amplia y abundantemente se trata en este Congreso sobre la formación profesional de la gente joven, de la mujer, de los empresarios y directivos [...]. Permítaseme añadir la seriedad profesional que quienes se dedican al desarrollo deberán desempeñar, si siguen las enseñanzas de san Josemaría: la buena voluntad no basta, se necesita competencia específica y perfección humana en el trabajo.
Mentalidad realista, que lleva a contar con las dificultades y que no desconoce el egoísmo ni las consecuencias del pecado. «Hay que enseñar a la gente a trabajar —sin exagerar la preparación: “hacer” es también formarse— y a aceptar de antemano las imperfecciones inevitables: lo mejor es enemigo de lo bueno»12. Estando en la realidad de las cosas, será más fácil ser flexibles y, por tanto, rectificar los planes cuantas veces sea necesario, ante los imprevistos que forzosamente surgirán, o bien al comprobar que los programas que se habían diseñado inicialmente eran equivocados o poco adecuados a las circunstancias.
Realismo es también amor por la verdad de las cosas, con aprecio por lo concreto y asequible, con sentido práctico, sin engañarse y sin confiar demasiado en grandes cambios de estructuras, que probablemente no están al alcance de la gente normal. A un padre de familia venezolano, que en febrero de 1975 preguntaba cómo educar a los hijos, san Josemaría respondió: «Yo los pasearía un poco por esos barrios de Caracas. Les pondría la mano delante de los ojos, y después la quitaría para que vieran las chabolas, unas encima de otras. Que sepan que el dinero lo tienen que administrar, de modo que todos participen de los bienes de la tierra»13.
Paciencia: saber esperar y contar con el tiempo, porque casi nada se consigue al primer intento, especialmente si se buscan frutos maduros y duraderos. Esta actitud serena requiere una delicada rectitud de intención. Si se persiguen resultados aparentes e inmediatos o si, desde las entidades públicas y privadas que financian los proyectos de desarrollo, se exigen plazos demasiado breves, se multiplican los riesgos de saltarse etapas necesarias, en perjuicio de los beneficiarios, que quizá se sentirán frustrados en sus expectativas.
Espíritu de justicia y fortaleza, que no confunde la virtud de la solidaridad con pasajeros impulsos emotivos ni con modas de estética bienpensante. «No nos engañemos: la vida no es una novela rosa. La fraternidad cristiana no es algo que venga del cielo de una vez para todas, sino realidad que ha de ser construida cada día. Y que ha de serlo en una vida que conserva toda su dureza, con choques de intereses, con tensiones y luchas, con el contacto diario con personas que nos parecerán mezquinas, y con mezquindades de nuestra parte»14.
Señorío y elegancia, humildad en definitiva: porque el afán de protagonismo es uno de los mayores enemigos de la cooperación al desarrollo. San Josemaría practicó con ejemplaridad un desprendimiento total: fue impulsor de muchas y variadas iniciativas, pero jamás se sintió propietario de alguna. Tampoco buscó reconocimientos o medallas, sino servir sin ruido ni ostentación, no como esas gallinas que, apenas ponen un huevo, atronan cacareando por todo el barrio. Al contrario, se trata de ayudar sin crear dependencias —tampoco psicológicas ni afectivas— y sin la menor actitud paternalista o de superioridad, de manera «que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes»15.
Y quizá como síntesis de todo lo anterior, dejar hacer, hacer hacer y dar quehacer a muchas personas de buena voluntad —cristianos o no— con el fin de que sientan la alegría de ser útiles, de darse en servicio a los demás16. Esta fue la “estrategia” que empleó a lo largo de toda su vida y que explica en buena parte el secreto de su eficacia al promover tantas iniciativas en los cinco continentes y en los sectores más diversos: de la educación a la salud, de la formación de mineros o agricultores a los medios de opinión pública. Efectivamente son muy numerosos los fieles de la prelatura del Opus Dei, cooperadores y amigos, que han promovido, trabajan o colaboran en Fundaciones, Asociaciones, Cooperativas, etc., que tratan de contribuir al desarrollo de los países menos avanzados económicamente. Las ONG son un fenómeno de nuestro tiempo, que responde muy bien a las enseñanzas de Escrivá —reconocidas como precursoras del Concilio Vaticano II— sobre el papel de los laicos y la autonomía de las realidades temporales.
Su vida fue un incesante movilizar a otros, despertando en cada uno la enorme capacidad —don de Dios— de hacer el bien y ser útil. Nunca promovió iniciativas de apostolado —labores profesionales y civiles— con mentalidad de distribuidor de beneficencia. Al contrario, vivió el «apostolado de no dar»17, sabiendo que casi siempre se acaba dejando de valorar lo que se regala o se puede lograr sin esfuerzo personal. Por eso, al animar a poner en marcha proyectos en países en vías de desarrollo, encareció a los promotores —si no eran del país— a contar siempre con personas del lugar que arrimen el hombro e inviertan su tiempo, su dinero y su trabajo. De este modo, además, bien pronto todas esas tareas han contado con personal local, bien preparado para dirigirlas sin depender de una continua asistencia financiera o técnica del exterior.
3. La fuerza del signo más
He dejado, para el final de esta enumeración, un rasgo que considero particularmente importante en la vida y el mensaje de san Josemaría y que, por otra parte, está en la base de cualquier tarea de ayuda al desarrollo. Me refiero a la cooperación entendida como actitud o, mejor, como hábito: es decir, virtud o tal vez compendio de virtudes.
La caridad es la base de toda virtud cristiana y, muy directamente, de la cooperación. «Pero no hables de la caridad: ¡vívela!», expresaba con fuerza san Josemaría, como recuerdan aún los que tuvieron la fortuna de escucharle en el IESE, en Barcelona, a finales de noviembre de 1970.
«Mas que en “dar”, la caridad está en comprender»18. Dicho en otras palabras, hacerse cargo de la situación, en su doble significado de conocer y de disculpar: ponerse en lugar del otro es requisito indispensable, no ya desde el punto de vista cristiano sino también en términos de eficacia profesional, en cualquier proyecto de cooperación internacional.
Sin embargo, en muchos ambientes ligados a las tareas de desarrollo —especialmente en las ONG— sigue de moda una visión esencialmente reivindicativa de la cooperación, que tal vez sea una reliquia de las doctrinas marxistas, que han dominado durante décadas el pensamiento en torno a las cuestiones del desarrollo económico y social. Según esa dialéctica de lucha de clases, es imprescindible la denuncia (advocacy se suele decir en término anglosajón difícilmente traducible).
Seguramente con buena intención, pero tal vez con excesiva impaciencia, quizá sucede en esos casos que se olvida la naturaleza misma de la co-operación, que exige antes que nada esfuerzo tenaz y perseverante de unión, de superar prejuicios y borrar heridas de la memoria, de limar asperezas y malentendidos, de buscar la armonía y el entendimiento. Y en todo esto fue Josemaría Escrivá un maestro, con su vida y sus enseñanzas. Podrían publicarse —y valdría la pena— libros enteros citando y comentando sus escritos sobre su pasión por la unidad, su afán por ser y enseñar a ser sembrador de paz y de alegría, sus glosas al texto paulino19 «llevad los unos las cargas de los otros»20, y a otros pasajes del Nuevo Testamento relacionados con el mandamiento nuevo del amor. Baste una cita, que expresa la convicción y la radicalidad con que trabajó durante toda su vida por hacer realidad esos “sueños” de convivencia y de cooperación a los que hacíamos referencia al comienzo de esta intervención.
«Hay que unir, hay que comprender, hay que disculpar. No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo. La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar unos por otros, para que todos alcancen la paz»21.
La vida no se alimenta de contradicciones, sino de paradojas, aparentes oposiciones que en realidad son fuente de riqueza. En Josemaría Escrivá encontramos superación de esas presuntas incompatibilidades, pero sin caer en relativismos morales ni transigir en valores que son irrenunciables. Cooperar es, a veces, decir que no, cuando lo contrario supondría cooperación en el mal, es decir, complicidad. Las diferencias existen y los contrastes también. Hay que aprender a colaborar y a construir la paz, a pesar de los conflictos que puedan existir. El diálogo supone haber entendido que las diferencias no tienen que llevar necesariamente a divisiones ni enfrentamientos.
En sus escritos —y aún más, en su vida y en los centenares de labores que impulsó— destaca su rechazo de la uniformidad, de la sosez de estar de acuerdo en todo. Fue un profeta del pluralismo, también en el ámbito teológico y anticipador en muchos sentidos del diálogo entre religiones22.
4. Cooperación con musulmanes
Debería terminar aquí este trabajo; pero a la vez siento la necesidad de hacer una referencia a la crisis que vivimos en la hora actual, agudizada de manera dramática por los acontecimientos del pasado 11 de septiembre.
Mi trabajo actual en un proyecto de cooperación educativa y empresarial, entre la Unión Europea y la Liga de Estados Árabes, me lleva a convivir a diario con musulmanes. Esa colaboración había comenzado años atrás, cuando trabajaba en una ONG italiana y participé en el diseño y puesta en marcha de varios proyectos de cooperación con instituciones que estaban dirigidas por musulmanes: en Albania, para establecer una red de asistencia domiciliaria a enfermos oncológicos terminales; en Líbano, para la reorganización del sistema productivo y la creación de cooperativas agrícolas para drusos y cristianos maronitas; o en la isla de Basilan (al sur de Mindanao, en Filipinas) donde, a petición del obispo católico del lugar, se ha promovido la creación de empleo para exguerrilleros del MNLF y la rehabilitación de sus poblados, incluyendo centros de salud y, por lo menos en un caso, la mezquita.
Dicho sea de paso, a modo de anécdota, me gusta recordar que la primera vez que visité un lugar de culto musulmán fue en la Escuela de Contabilidad y Administración de Strathmore College, una labor de apostolado corporativo del Opus Dei en Nairobi: allí, en efecto, pude ver la habitación —amplia y bien situada, en la zona central de la Escuela— destinada a lugar de oración para los alumnos musulmanes.
Trataré, pues, de apuntar muy brevemente algunas notas en relación con el impulso que Josemaría Escrivá infundió a la colaboración con no cristianos y, en particular, con musulmanes.
«A los musulmanes les tengo mucho afecto. Han hecho ya dos ediciones de Camino en árabe, ¡me llevan en el bolsillo de la chilaba!». Como yo, miles de personas —seguramente millones, a través de la película que se filmó— han oído la voz afectuosa y alegre de san Josemaría en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, el 26 de junio de 1974, contestando —con esas o similares palabras— a alguien que se presentó como descendiente de musulmanes.
Años antes, en una entrevista que se recogió en el libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, manifestaba: «Respeto todas las opiniones distintas de la mía; como respeto a los que tienen un corazón grande y generoso, aunque no compartan conmigo la fe de Cristo. Os contaré una cosa que me ha sucedido muchas veces, la última aquí, en Pamplona. Se me acercó un estudiante que quería saludarme.
— Monseñor, yo no soy cristiano, me dijo; soy mahometano.
— Eres hijo de Dios como yo, le contesté. Y lo abracé con toda mi alma»23.
Testigos presenciales han relatado con más detalle ese encuentro con Adnán, sirio, estudiante en la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Fue en el Colegio Mayor Aralar el 23 de abril de 1967. Cuando le saludó diciendo que era musulmán, la respuesta fue inmediata; le dijo algo así como: «Tenemos muchas cosas en común. Vosotros veneráis a Jesucristo y lo consideráis como Profeta; sentís un gran respeto por la Madre de Jesús y la llamáis Virgen. Además, os quiero mucho y tengo muchos amigos musulmanes».
A finales de la década de los 50, había dado comienzo el apostolado del Opus Dei en Kenia, que desde el primer momento estuvo abierto a personas de todas las etnias y religiones. Costó muchos sufrimientos a san Josemaría que las autoridades aceptaran el carácter interracial, intertribal e interreligioso que deseaban tener las labores de apostolado corporativo que se estaban promoviendo. No es de extrañar el lema elegido, por sugerencia del Fundador, para el escudo de Strathmore College: unum sint. Ese mismo lema, u otros parecidos —ex pluribus unum— campea en los escudos de otras labores apostólicas impulsadas por fieles de la Prelatura del Opus Dei.
Valdría la pena recoger testimonios de musulmanes, que han sido antiguos residentes de Netherhall House en Londres o de muchas otras residencias universitarias establecidas por impulso de san Josemaría. Y quizá serían aún más significativos los relatos de quienes no sólo pueden narrar la ayuda recibida, sino sobre todo la colaboración prestada a las labores que se inspiran en el carisma de Josemaría Escrivá de Balaguer. En Nigeria, por ejemplo, han sido musulmanes los presidentes de los patronatos de labores como Iroto Conference Center o Lagos Business School.
Sirvan estas referencias para aportar una pequeña contribución al esfuerzo al que el Santo Padre nos está convocando: construir una cultura de paz, que -como ha señalado en numerosas ocasiones- se logrará más fácilmente mediante la cooperación en proyectos comunes de promoción de los más necesitados y a favor del desarrollo.
Alberto Ribera. Actas del Congreso "La grandeza de la vida corriente", Vol. IX La solidaridad de los hijos de Dios, EDUSC, 2003.
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