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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
La alegría de los hijos de Dios
Se entiende que a los primeros que se acercaron al Fundador del Opus Dei, esa insistencia en la alegría de los hijos de Dios les diera paz interior, serenidad, para afrontar con luces radicalmente diversas, las peleas que –cara a Dios– tenían que batallar en medio del mundo, en su trabajo, en su casa, en plena calle. La filiación divina traía nuevo sentido a la oración, a la vida de piedad, al sacrificio, al servicio a los demás, a la fraternidad, al apostolado, a las penas y a las preocupaciones, a los triunfos y a las derrotas, al pasado y al futuro.
De un modo muy especial, centraba la posibilidad de santificarse en la vida ordinaria, sin salirse del mundo, sin tener tampoco miedo al mundo, porque Jesucristo había rogado a su Padre: “No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal” (lo., XVII, 15). El cristiano debía considerar el mundo como creación divina, algo salido de las manos de Dios Padre, que entregaba a sus hijos como heredad (cfr. Ps., II, 8). Era, por tanto, bueno, salvo que los hombres lo hiciésemos malo por el pecado, precisaba el Fundador del Opus Dei.
Desde esta perspectiva, es más fácil comprender que todos los enfoques apostólicos de Mons. Escrivá de Balaguer fuesen siempre positivos, nunca negativos. El realismo –la comprobación de la realidad del mal en el mundo– no le llevaba a pesimismos derrotistas. Porque, fiado en Dios, no tenía miedo a nada ni a nadie. Y quien no tiene miedo no ve enemigos. De ahí que repitiera siempre que el Opus Dei no es anti-nada, ni anti-nadie. Todo su apostolado podía resumirse en una frase bien gráfica: ahogar el mal en abundancia de bien.
Con los años, personas que sin ser de la Obra la miraban con afecto, la contemplarían como una posible solución contra esto o aquello: todo en función de los grupos o movimientos a que esas personas, con toda su buena fe, achacaban los males de la religión o de la Iglesia. Igual da que fuese la masonería o el comunismo, la Institución Libre de Enseñanza –en el caso de la Universidad española en el primer tercio del siglo XX–, o el más frío laicismo de otros países. Pero no era ése el espíritu del Fundador del Opus Dei, que ya en 1934 había escrito, en la primera de sus Consideraciones Espirituales:
Que tu vida no sea una vida estéril. –Sé útil. –Deja poso. –Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.
Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. –Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que lleva! en el corazón.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
De un modo muy especial, centraba la posibilidad de santificarse en la vida ordinaria, sin salirse del mundo, sin tener tampoco miedo al mundo, porque Jesucristo había rogado a su Padre: “No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal” (lo., XVII, 15). El cristiano debía considerar el mundo como creación divina, algo salido de las manos de Dios Padre, que entregaba a sus hijos como heredad (cfr. Ps., II, 8). Era, por tanto, bueno, salvo que los hombres lo hiciésemos malo por el pecado, precisaba el Fundador del Opus Dei.
Desde esta perspectiva, es más fácil comprender que todos los enfoques apostólicos de Mons. Escrivá de Balaguer fuesen siempre positivos, nunca negativos. El realismo –la comprobación de la realidad del mal en el mundo– no le llevaba a pesimismos derrotistas. Porque, fiado en Dios, no tenía miedo a nada ni a nadie. Y quien no tiene miedo no ve enemigos. De ahí que repitiera siempre que el Opus Dei no es anti-nada, ni anti-nadie. Todo su apostolado podía resumirse en una frase bien gráfica: ahogar el mal en abundancia de bien.
Con los años, personas que sin ser de la Obra la miraban con afecto, la contemplarían como una posible solución contra esto o aquello: todo en función de los grupos o movimientos a que esas personas, con toda su buena fe, achacaban los males de la religión o de la Iglesia. Igual da que fuese la masonería o el comunismo, la Institución Libre de Enseñanza –en el caso de la Universidad española en el primer tercio del siglo XX–, o el más frío laicismo de otros países. Pero no era ése el espíritu del Fundador del Opus Dei, que ya en 1934 había escrito, en la primera de sus Consideraciones Espirituales:
Que tu vida no sea una vida estéril. –Sé útil. –Deja poso. –Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.
Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. –Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que lleva! en el corazón.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
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- La Academia DYA y la formación de los jóvenes universitarios
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