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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Un campeón en la fe
Fue una actitud constante en su vida, que se compendia en la idea que hizo meditar en muchas ocasiones:
–Nunca pasa nada, aunque se mueva el pavimento; sólo la infidelidad, romper la unión con Dios, es lo grave.
“He tenido la fortuna –asegura don Antonio Rodilla– de conversar con él muchas y detenidas veces: no recuerdo ni una sola en que la conversación no fuera un continuado acto de fe”. Su alegre esperanza “estaba paradójicamente estimulada por la pena de sentirse pecador”. Esa actitud le recordaba a don Antonio la reacción de euforia que se produce en el que sale con vida de un accidente mortal. Cualquier pena le empujaba a la oración: en ella se afirmaba su paz y su gozo. El Fundador de la Obra era campeón en la fe.
No le faltaron penas en sus 73 años de vida. Aunque sólo muy de tarde en tarde se le escapaba alguna palabra sobre éstas. Como aquel 28 de marzo de 1950, fecha de sus bodas de plata sacerdotales en que manifestaba a unas asociadas de la Obra en Roma:
–Ha sido un día plenamente feliz, cosa no corriente en las fechas destacadas de mi vida, en las que el Señor siempre ha querido mandarme alguna contrariedad.
Y como para quitar importancia a estas últimas palabras, agregaba con una sonrisa:
–Hasta en el día de mi Primera Comunión, al peinarme el peluquero, me hizo una quemadura con la tenacilla. No era una cosa grave, pero para un niño de aquella edad, era bastante.
Monseñor Escrivá de Balaguer supo mucho de dolores Porque no esquivó el bulto. Y, aunque eran anchas sus espaldas, a veces le abrumaba el peso de su tarea en servicio a toda la Iglesia y a las almas. Hasta sentirse giboso... En junio de 1974, se refería a un cuadro que hay en la sede central de la Obra, en Roma, sobre la puerta que da a un oratorio dedicado a la Sagrada Familia.
Es de un pintor de cuarta o quinta fila –se llama Del Arco–, del tiempo de Velázquez, más o menos: representa un Cristo coronado de espinas, que está giboso, ¡giboso!... ¡giboso!... Como yo me he visto giboso muchas veces, cansado, reventado, llegando al atardecer de esa manera, me consuela mucho pensar en la imagen de Cristo Jesús, tal como viene en ese cuadro. Él era la hermosura, la fortaleza, la sabiduría..., y allí –atado a la Columna– estaba así. De modo que si alguna vez pesa, y os sentís gibosos, acordaos de Jesús. Jesús, reventado. Jesús que tiene hambre. Jesús que tiene sed. Jesús que se cansa. Jesús que llora. Jesús que sabe ser amigo de sus amigos... Y, sobre todo, Jesús con María y José: es ya el colmo. ¡Id ahí, id ahí! ¡Aprended! Y entonces andaremos bien.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
–Nunca pasa nada, aunque se mueva el pavimento; sólo la infidelidad, romper la unión con Dios, es lo grave.

Un Cristo coronado de espinas, giboso, ¡giboso!... ¡giboso!...
No le faltaron penas en sus 73 años de vida. Aunque sólo muy de tarde en tarde se le escapaba alguna palabra sobre éstas. Como aquel 28 de marzo de 1950, fecha de sus bodas de plata sacerdotales en que manifestaba a unas asociadas de la Obra en Roma:
–Ha sido un día plenamente feliz, cosa no corriente en las fechas destacadas de mi vida, en las que el Señor siempre ha querido mandarme alguna contrariedad.
Y como para quitar importancia a estas últimas palabras, agregaba con una sonrisa:
–Hasta en el día de mi Primera Comunión, al peinarme el peluquero, me hizo una quemadura con la tenacilla. No era una cosa grave, pero para un niño de aquella edad, era bastante.
Monseñor Escrivá de Balaguer supo mucho de dolores Porque no esquivó el bulto. Y, aunque eran anchas sus espaldas, a veces le abrumaba el peso de su tarea en servicio a toda la Iglesia y a las almas. Hasta sentirse giboso... En junio de 1974, se refería a un cuadro que hay en la sede central de la Obra, en Roma, sobre la puerta que da a un oratorio dedicado a la Sagrada Familia.
Es de un pintor de cuarta o quinta fila –se llama Del Arco–, del tiempo de Velázquez, más o menos: representa un Cristo coronado de espinas, que está giboso, ¡giboso!... ¡giboso!... Como yo me he visto giboso muchas veces, cansado, reventado, llegando al atardecer de esa manera, me consuela mucho pensar en la imagen de Cristo Jesús, tal como viene en ese cuadro. Él era la hermosura, la fortaleza, la sabiduría..., y allí –atado a la Columna– estaba así. De modo que si alguna vez pesa, y os sentís gibosos, acordaos de Jesús. Jesús, reventado. Jesús que tiene hambre. Jesús que tiene sed. Jesús que se cansa. Jesús que llora. Jesús que sabe ser amigo de sus amigos... Y, sobre todo, Jesús con María y José: es ya el colmo. ¡Id ahí, id ahí! ¡Aprended! Y entonces andaremos bien.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
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