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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Sembradores de paz y alegría

Etiquetas: Alegría, Sacerdocio, Confianza
El periodista italiano Cesare Cavalleri, director de la revista Studi Cattolici de Milán, anuncia en el número de julio de 1975 de esa publicación que otros trazarán el perfil teológico de Mons. Escrivá de Balaguer, pero que él siente el deber de dar su testimonio directo, personal: “E la mia testimonianza é semplicemente questa: mons. Josemaría Escrivá de Balaguer era un sacerdote infinitamente amabile. Era impossibile avvicinarlo e non volergli tiene”.

Finalmente, Antonio, el estudiante anticlerical. Por razones que aclara, tuvo ocasión de charlar con el Fundador de la Obra en 1953: “Lo primero que me llamó poderosamente la atención al hablar con Mons. Escrivá de Balaguer fue su gran sencillez y cordialidad. De todas sus palabras emanaba una gran seguridad que se iba transmitiendo a mi interior. En seguida me encontré a gusto charlando con él. Y a medida que avanzaba la conversación me iba invadiendo una maravillosa paz y una enorme serenidad, que yo no había ni remotamente buscado, pues solamente quería hablar del problema planteado a mi amigo. Antonio estaba a mitad de carrera de Medicina, muy metido en la acción política estudiantil, y –según confiesa– era “visceralmente anticlerical, acaso por haber recibido una formación religiosa deficiente”. El caso es que un amigo suyo, también estudiante de Medicina, se permitió imprudentemente corregir el tratamiento que seguía su madre; poco después de aquella terapia fallecía, y esa muerte le hizo sentir un gran complejo de culpabilidad, que le llevaba a pensar obsesivamente en el suicidio. Antonio habló de este problema a otro amigo suyo, con el que coincidió en una marcha política. Éste le habló del Padre: “Admití el verle –reconoce–, aunque no tenía mucha fe en los consejos de los sacerdotes”. Y charló con él, aprovechando un viaje a Madrid; desde su anticlericalismo, no se explica la confianza extraordinaria que encontró en él: “era totalmente: insólito. De tal modo era así que le abrí mi alma de par en par contándole toda mi vida. Me encontraba totalmente a gusto surgía una confidencia sincera de todos mis problemas y luego lo de mi amigo”.

Sembró paz y alegría en quienes le trataron porque vivía unido a Dios. Y por eso, también, Mons. Escrivá de Balaguer se caracterizó siempre por su acusado modo –amistoso y franco– hablar de lo divino y de lo humano, que en él se hacía también divino, como atisbaba aquel periodista, Giuseppe Corigliano, que aludió en Il Giorno de Milán a “su gran comprensión para todas las situaciones humanas, su gran capacidad de amar y aquel garbo y aquella simpatía que hacían agradabilísimo su trato. Al conocerle más, se intuía que aquella gran capacidad para tratar tan íntimamente a todas las personas era fruto de su gran intimidad con Dios. Antes que con las palabras, enseñaba con los hechos que quien tiene una fe auténtica es más humano, guarda más capacidad para comprender la vida y las cosas bellas y justas de este mundo”.

Su generosa siembra de paz, de amistad, de alegría, dio frutos hasta en los instantes dolorosos de su muerte. Lo encarecía Eugenio Montes, en una de sus entrañables crónicas romanas de junio de 1975: “Calumniosamente, el anticlericalismo volteriano ha pintado con negras, hoscas tintas la fe cristiana. Pero la señal de la beatitud es precisamente la alegría. Se ha dicho que a Santa Teresa le sonríen los hoyuelos del habla castellana. El florentino San Felipe Neri, en plena contrarreforma, era un continuo rebullicio de frases chispeantes. También Mons. Escrivá de Balaguer. Como su rostro difunto ahuyenta toda imagen tétrica, así su conversación transmitía a todos su alegría gozosa. Don Álvaro del Portillo me contó haberle oído: Cuando muera, rezad mucho por mí, para que pueda saltarme a la torera el purgatorio. Repito: a Santa Teresa y a San Felipe Neri, esta frase les hubiese encantado”.


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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