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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Seguir los pasos de Jesús

Etiquetas: Cruz, Dolor, Filiación divina
No es difícil imaginar la vibración de su voz pausada en esos momentos, como para grabar en las almas la imagen del Señor en cada uno de esos instantes de su vida terrena. Seguir los pasos de Jesús era –y será– la solución de todos los problemas y dificultades. El Fundador del Opus Dei podía hablar por experiencia propia, cuando añadía:
No os hagáis ilusiones. Sólo con medios humanos, iremos al fracaso en todo. En cambio, con medios sobrenaturales, saldremos adelante siempre. Porque dificultades habrá, tiene que haberlas. No estamos..., desgraciadamente, en la gloria: estamos en la tierra, y tenemos defectos.

Se expresaba con el realismo del que conoce la clave para encontrar gozo en el dolor: saberse hijo de Dios y vivir como tal. La alegría tiene sus raíces en forma de cruz, enseñó. Y durante muchos años, apuntaba al comienzo de su epacta –el calendario litúrgico que usan los sacerdotes para saber qué Misa deben o pueden celebrar, y qué partes del Oficio Divino han de leer jaculatoria expresiva: in laetitia, nulla dies sine cruce! (¡con alegría, ningún día sin Cruz!).

Había escrito en Camino, 217: Te quiero feliz en la tierra. –No lo serás si no pierdes ese miedo al dolor. Porque, mientras “caminamos”, en el dolor está precisamente la felicidad. Fue feliz en medio de infinidad de dolores físicos y morales. No era fácil advertirlos, porque no le hacían perder el buen humor, porque vivía lo que enseñaba: que muchas veces, la mejor mortificación era una sonrisa. Y resulta especialmente difícil sonreír cuando el cuerpo está rendido. Muy probablemente, esa idea ascética –la sonrisa como la mejor de las mortificaciones la aprendió Mons. Escrivá de Balaguer de su padre, don José, al que nunca había visto triste, aunque fue tratado por el Señor como el Santo Job.

Que estén tristes los que no saben que son hijos de Dios. En la vida del cristiano no puede caber la tristeza, el miedo, la queja, porque sus tesoros son justamente: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel... (cfr. Camino, 194). A su lado muchos aprendieron a no tener miedo a nada ni a nadie, ni a Dios –subrayaba– que es nuestro Padre y nos quiere más que todos los padres y las madres juntos de la tierra. Y, por eso, llevó fortaleza cristiana a cientos de enfermos, a los que ayudó a morir santamente, con la alegría del que sabe por la fe que morir es ir al encuentro del Padre divino. De sus años en el Hospital del. Rey, sor Isabel Martín describe “a enfermas jóvenes, tuberculosas, que recuperaban incluso la alegría humana aunque fuesen conscientes ¿le que iban a morir. Pero aceptaban la muerte sin tragedia, con naturalidad, con esperanza. Incluso cuidando su aspecto personal para tener la paz de no entristecer a los de alrededor y presentarse con gozo ante Dios.


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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