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San Josemaría y su lógica divina de la libertad
Carlos Soria

Josemaría Escrivá veía la libertad con la transparencia luminosa que da entenderla como un don de Dios. Oía el canto de la libertad en todos los misterios de la fe católica. Estaba convencido de que una libertad con sentido sólo era capaz de germinar íntegramente en el campo cristiano.
Gritaba constantemente su amor a la libertad. Se definió alguna vez como “el último romántico” que buscaba, y buscaba, y buscaba la libertad soñada y no la hallaba en ninguna parte del mundo.
Hasta se desconcertaba un poquito cuando se encontraba en su camino con personas que desconfiaban de la libertad, como si sospechasen que la defensa de la libertad entrañaba algún peligro para su fe.
Defendió siempre la libertad de todos los hombres, la libertad de todos los cristianos, la libertad de todos su hijos, con su oración, con su pluma, con su lengua, a gritos, con susurros, ante los poderosos y ante los hombres sencillos.
Fundió —para hacer más fuerte la libertad— dos palabras hasta hacerlas en su vida y en su pensamiento una aleación inseparable: libertad y responsabilidad. Una libertad personal unida siempre a una responsabilidad también personal.
Con una expresión suya —«¡en la duda, por la libertad!»— hizo de la libertad un principio interpretativo del pensamiento y la acción. Y con la disposición de transmitir fielmente la herencia recibida de las manos de Dios, quería dejar a sus hijos en lo humano —solía decir— un gran amor a la libertad y el buen humor. San Josemaría rechaza el concepto autista de la libertad, tejido con la idea de ser libre por ser libre, sin ningún norte ni guía, en un entendimiento de la libertad como una brújula loca. Tampoco comparte un concepto puramente epidérmico, emocional, instintivo que lleva a gritar ¡libertad, libertad, libertad!, pero que es frágil, quebradizo porque carece de fundamentos. Tampoco defiende una libertad constitutivamente paralítica, que huye del compromiso, y termina arrastrada en cualquier dirección por cualquier viento. Ni piensa que la libertad pueda definirse únicamente como ausencia de coacción. Ni da a la libertad humana, aquí, en la tierra, una dimensión de plenitud, ya que diría que mientras dura nuestro paso por la tierra ninguno ha alcanzado la plenitud de su libertad.
Con los ojos de la fe fijos en Dios, san Josemaría entiende la libertad como una libertad con sentido, como la «libertad de la gloria de los hijos de Dios»1. Una libertad que se inicia en esta tierra a partir de una verdad y de una promesa enunciadas por el propio Jesucristo: «la verdad os hará libres»2.
La verdad que da sentido a la libertad y abre todas sus puertas es resumida por san Josemaría con una sencillez conmovedora. Esa verdad liberadora es «saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre»3.
La filiación divina confiere por tanto su sentido a la libertad humana y señala también su finalidad. En el pensamiento de san Josemaría, la libertad que los hombres han recibido es para ser, sentirse y vivir libremente como hijos de Dios, filiación que constituye su verdad más íntima.
Siempre se maravilló del regalo de la libertad que Dios había hecho a los hombres. «Nada le impedía —escribe— habernos creado impecables, con un impulso irresistible hacia el bien». Pero no lo hizo así porque Dios «no desea siervos forzados, prefiere hijos libres»4.
Esta lógica divina —que quiere unos síes electivos, libres y laboriosos, nunca mecánicos ni fatalistas, siempre inspirados en el amor y la ternura de la filiación divina— influirá tanto en san Josemaría que se proyectará en todas las direcciones de su pensamiento.
Amó el pluralismo en la vida civil y en la vida religiosa, la espontaneidad en la acción cristiana, la libertad de las conciencias, la libertad de los cristianos en todas las materias opinables. No le gustaban poco ni mucho los grandes o pequeños tiranos. Potenciaba la diversidad. Respetaba y hacía respetar la personalidad de cada persona. Encaraba a las almas ante su personal responsabilidad delante de Dios y de los hombres. No quería ni almas ni personalidades en serie. Nunca pensó en la violencia ni para vencer ni para convencer. Fue siempre partidario del agua clara, del aire limpio, de los espacios abiertos, para que las almas pudieran tratar antes, más y mejor, de tú a Dios.
El autor, Carlos Soria, es profesor de Ética de la Información y antiguo Decano de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Navarra.
Notas
1. Rom 8, 21.
2. Io 8, 32.
3. Amigos de Dios, 26.
4. Ibidem, 33.
Actas del Congreso "La grandeza de la vida corriente", Vol. XII Comunicación y ciudadanía, EDUSC, 2004.
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