Documentación
Relatos biográficos
San Josemaría y Pío XII
Pilar Urbano
1946. Las primeras palabras de cariño y aliento que Escrivá escuche en Roma serán las de monseñor Giovanni Battista Montini, un italiano de Brescia, inteligente y sensible, que, desde que terminó la guerra mundial, atiende la delicada tarea de volver a anudar las relaciones diplomáticas del Vaticano. Pasados varios años, Montini regirá la Iglesia bajo el nombre de Pablo VI.
Ahora, como si intuyera que tarde o temprano Pío XII y el fundador del Opus Dei van a tener una continuada relación, Montini empieza ya a «alfombrar» este primer encuentro, con un detalle humano: estando un día con Salvador Canals y otros dos de la Obra, les pide «alguna fotografía del fundador, para poder enseñársela al Papa». Uno de ellos, Julián Urbistondo, se lleva rápidamente la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Saca su billetera. Busca con rapidez y enseguida muestra a Montini una foto pequeña del Padre, de ésas que llevan un festón puntiagudo en los bordes. Por un momento duda si es correcto o no hacer llegar hasta las manos del Santo Padre esa fotografía, así, como está: algo amarillenta y escrita por detrás… Montini no puede evitar una sonrisa de asombro, al leer la curiosa dedicatoria que Escrivá trazó al dorso de la cartulina: «Bandido: ¿cómo te portas con tus padres?» 3
Pío XII había recibido ya dos veces a Álvaro del Portillo; y también, por separado, a los profesores de Derecho Orlandis y Canals; y al científico José María Albareda, cuya talla intelectual asombró al pontífice. Ahora se prepara la primera audiencia del Papa con Escrivá de Balaguer, que será muy pronto: el 16 de julio. Pío XII no sólo ha conocido, pues, a varios miembros de la Obra, sino que desde 1943 reza nominalmente por el fundador y tiene entre sus libros un ejemplar de Camino. 4
En esa conversación privada, Escrivá de Balaguer explica al Papa qué es y qué no es el Opus Dei. Y Pío XII le aconseja ponerse en contacto con quienes están llevando a cabo unos trabajos jurídicos que desembocarán en la nueva constitución apostólica Provida Mater Ecclesia 5. De ahí arrancarán los institutos seculares. El Opus Dei podrá tener así cierto anclaje canónico dentro de la Iglesia. No es una fórmula feliz, porque el Opus Dei ni vive ni debe vivir el «estado de perfección», que, en cambio, asumen los institutos seculares. Pero con todo, de algún modo, ahí se sanciona el hecho -entonces novedoso- de la entrega total de los laicos, permaneciendo en el mismo estado, oficio y lugar que ocupaban en el mundo.
Con el Decretum laudis de aprobación del Opus Dei, emitido apenas tres semanas después, también por Pío XII, Escrivá consigue el reconocimiento de la vocación universal a la santidad que la Obra promueve, tanto para hombres como para mujeres y tanto para sacerdotes como para laicos: una misma vocación, sin grados, sin diferencias, sin escalas y sin escalafones.
Para ello no ha necesitado utilizar atajos ni vericuetos de privilegio: Josemaría Escrivá reza y hace rezar, estudia y hace estudiar, trabaja y hace trabajar. Llama a las puertas donde deben oírle. Guarda muchas, muchísimas, antesalas. Y habla siempre con la fuerza y la humildad de quien está esforzándose por sacar adelante algo que no es ambición propia, sino encargo querido y requerido por Dios. Esa seguridad de que la Obra es divina será, sin duda, la clave de su persuasión.
Sin embargo, la constitución Provida Mater Ecclesia no es -y se verá enseguida- el «traje adecuado» para andar por las calles del mundo, nel bel mezzo della strada, siendo gente corriente, the ordinary people: los demás entre los demás. Por eso, en todo momento y en todas las instancias, Escrivá afirma con claridad y tenacidad «baturras» que él está en la dinámica de una espera: en un «conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar». 6
«El Opus Dei -escribirá años después- en la Iglesia de Dios ha presentado y ha resuelto muchos problemas jurídicos y teológicos -lo digo con humildad, porque la humildad es la verdad-, que parecen sencillos cuando están solucionados: entre ellos, éste de que no haya más que una sola clase, aunque esté formada por clérigos y laicos». 7
Pío XII vislumbra un espléndido panorama: la santidad individuada y el apostolado personal que el Opus Dei podrá irradiar por toda la tierra. También se percata del temple espiritual de Josemaría Escrivá y de la envergadura divina de su fundación, que él mismo sancionará de modo definitivo el 16 de junio de 1950. Algo más tarde, el Papa le comenta al cardenal Norman Gilroy, de Sydney, Australia, que está hondamente impresionado por una visita reciente de Escrivá de Balaguer: «Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestro tiempo» (é un vero santo, un uomo mandato da Dio per i nostri tempi). 8 Nada hace presentir entonces las horas amargas, los durísimos sufrimientos, que Josemaría ha de padecer, aun sin quererlo el Papa, bajo este pontificado.
Sus gestiones en los despachos vaticanos siguen con intensidad. Es un forcejeo de lógica jurídica, que trata de abatir viejos murallones canónicos para abrir un camino a la Obra. No es fácil. Los goznes de algunas puertas tienen óxido de muchos siglos. Las fórmulas obtenidas en 1941, en 1943, y la que se prepara ahora, para hacerla oficial en 1947, son las soluciones posibles y las más adecuadas… O sea, las menos inadecuadas. Pero «no había otra salida, sin embargo: o se aceptaba todo, o seguíamos sin un sendero por donde caminar. Realmente hemos sido la aguja para meter el hilo, y la experiencia nos está confirmando que los que han pedido luego la aprobación como institutos seculares se encuentran a gusto y aceptan con alegría -porque ése es su camino- aun las cosas que no van con nuestra secularidad: cada día se ve más claramente que, dejando el hilo, la aguja debe salir fuera del tejido que llaman ahora institutos seculares». 11
El 31 de agosto Escrivá regresa a Madrid. Lleva consigo dos documentos importantes: el breve Cum Societatis y la carta Brevi sane, de alabanza de los fines de la Obra. Y un curioso y muy estimable regalo personal del Papa: las reliquias completas de dos muchachitos mártires cristianos: santa Mercuriana y san Sinfero. Pío XII manifiesta así que ha entendido la similitud entre los miembros del Opus Dei y aquellos primeros cristianos; que la llamada a la santidad no tiene edad: la inicia el Espíritu Santo, con el aldabonazo del bautismo; y que en la Obra hay mujeres y hombres, como en toda familia y como en toda porción del pueblo de Dios: dos cuerpos, separados y distintos, pero alentados por una misma y única alma.
En Roma se intensifican los trabajos de redacción de la constitución Provida Mater Ecclesia. Al piso de Città Leonina acuden muchas visitas. La gran mayoría son personajes eclesiásticos, que trabajan en diversos dicasterios y congregaciones de la curia. Sin embargo, el Padre se siente como un muelle comprimido. Y no se pierde un minuto, ni se da puntada sin hilo, pero Escrivá lleva un ritmo interior de urgencia: la Obra no puede ir al paso de los hombres, sino «al paso de Dios». El 6 de diciembre escribe a los miembros de la Obra residentes en Madrid: «Todas nuestras cosas van muy bien, pero con excesiva calma». 15
Dos días después, Pío XII le recibe de nuevo en audiencia privada. El 16 de ese mismo mes, en otra carta a los suyos de Madrid, les indica: «No olvidéis que ha sido en la octava de la Virgen, cuando ha comenzado a cuajar la solución de Roma». 16 El fundador ha podido saber que la Santa Sede no sólo está dispuesta sino deseosa de otorgar cuanto antes la aprobación al Opus Dei. Conviene aprovechar esa oportunidad, aunque lo que se obtenga sea provisional. Las gestiones, pues, siguen adelante.
Pronto comenzarán a buscar la que ha de ser sede central definitiva del Opus Dei. Montini y Tardini han sugerido a Escrivá que se instale cerca de la Santa Sede: que ponga casa «y casa amplia» en Roma.
El consejo de Montini y de Tardini está muy bien fundamentado: conviene instalarse cerca de la Santa Sede. Son varias las razones. Hay que roturar el camino jurídico. La Obra debe romanizarse, que no es «vaticanizarse», sino impulsar desde Roma su genuina entraña de universalidad. Escrivá quiere que el Papa sienta la cercanía de su amor de buen hijo y pueda contar con la Obra como un instrumento de apostolado secular «que sólo desea servir a la Iglesia, sin servirse de ella».
Notas
3. AGP, RHF T-21167, pp. 1323-1324.
4. Testimonio de doña Encarnación Ortega Pardo (AGP, RHF T-05074).
5. La Provida Mater Ecclesia está fechada el 2 de febrero de 1947. El Decretum laudis de aprobación canónica del Opus Dei es del 24 de febrero de 1947; es decir, tan sólo tres semanas después de promulgarse la nueva Constitución apostólica.
6. Carta 8-XII-1949, n. o 18.
7. Carta 8-VIII-1956, n. o 5.
8. Testimonio de S.E.R. monseñor Thomas Muldoon, obispo titular de Fessei, auxiliar de Sydney (Australia) (AGP, RHF T-04261).
11. Carta 7-X-1950 n. os 21 y 22.
15. AGP, RHF, EF 461206-2.
16. AGP, RHF, EF 461216-1.
Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere: los años romanos de Josemaría Escrivá, Plaza y Janés, Barcelona, 1995, pp. 27 y ss.

Pío XII había recibido ya dos veces a Álvaro del Portillo; y también, por separado, a los profesores de Derecho Orlandis y Canals; y al científico José María Albareda, cuya talla intelectual asombró al pontífice. Ahora se prepara la primera audiencia del Papa con Escrivá de Balaguer, que será muy pronto: el 16 de julio. Pío XII no sólo ha conocido, pues, a varios miembros de la Obra, sino que desde 1943 reza nominalmente por el fundador y tiene entre sus libros un ejemplar de Camino. 4
En esa conversación privada, Escrivá de Balaguer explica al Papa qué es y qué no es el Opus Dei. Y Pío XII le aconseja ponerse en contacto con quienes están llevando a cabo unos trabajos jurídicos que desembocarán en la nueva constitución apostólica Provida Mater Ecclesia 5. De ahí arrancarán los institutos seculares. El Opus Dei podrá tener así cierto anclaje canónico dentro de la Iglesia. No es una fórmula feliz, porque el Opus Dei ni vive ni debe vivir el «estado de perfección», que, en cambio, asumen los institutos seculares. Pero con todo, de algún modo, ahí se sanciona el hecho -entonces novedoso- de la entrega total de los laicos, permaneciendo en el mismo estado, oficio y lugar que ocupaban en el mundo.
Con el Decretum laudis de aprobación del Opus Dei, emitido apenas tres semanas después, también por Pío XII, Escrivá consigue el reconocimiento de la vocación universal a la santidad que la Obra promueve, tanto para hombres como para mujeres y tanto para sacerdotes como para laicos: una misma vocación, sin grados, sin diferencias, sin escalas y sin escalafones.
Para ello no ha necesitado utilizar atajos ni vericuetos de privilegio: Josemaría Escrivá reza y hace rezar, estudia y hace estudiar, trabaja y hace trabajar. Llama a las puertas donde deben oírle. Guarda muchas, muchísimas, antesalas. Y habla siempre con la fuerza y la humildad de quien está esforzándose por sacar adelante algo que no es ambición propia, sino encargo querido y requerido por Dios. Esa seguridad de que la Obra es divina será, sin duda, la clave de su persuasión.
Sin embargo, la constitución Provida Mater Ecclesia no es -y se verá enseguida- el «traje adecuado» para andar por las calles del mundo, nel bel mezzo della strada, siendo gente corriente, the ordinary people: los demás entre los demás. Por eso, en todo momento y en todas las instancias, Escrivá afirma con claridad y tenacidad «baturras» que él está en la dinámica de una espera: en un «conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar». 6
«El Opus Dei -escribirá años después- en la Iglesia de Dios ha presentado y ha resuelto muchos problemas jurídicos y teológicos -lo digo con humildad, porque la humildad es la verdad-, que parecen sencillos cuando están solucionados: entre ellos, éste de que no haya más que una sola clase, aunque esté formada por clérigos y laicos». 7
Pío XII vislumbra un espléndido panorama: la santidad individuada y el apostolado personal que el Opus Dei podrá irradiar por toda la tierra. También se percata del temple espiritual de Josemaría Escrivá y de la envergadura divina de su fundación, que él mismo sancionará de modo definitivo el 16 de junio de 1950. Algo más tarde, el Papa le comenta al cardenal Norman Gilroy, de Sydney, Australia, que está hondamente impresionado por una visita reciente de Escrivá de Balaguer: «Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestro tiempo» (é un vero santo, un uomo mandato da Dio per i nostri tempi). 8 Nada hace presentir entonces las horas amargas, los durísimos sufrimientos, que Josemaría ha de padecer, aun sin quererlo el Papa, bajo este pontificado.
Sus gestiones en los despachos vaticanos siguen con intensidad. Es un forcejeo de lógica jurídica, que trata de abatir viejos murallones canónicos para abrir un camino a la Obra. No es fácil. Los goznes de algunas puertas tienen óxido de muchos siglos. Las fórmulas obtenidas en 1941, en 1943, y la que se prepara ahora, para hacerla oficial en 1947, son las soluciones posibles y las más adecuadas… O sea, las menos inadecuadas. Pero «no había otra salida, sin embargo: o se aceptaba todo, o seguíamos sin un sendero por donde caminar. Realmente hemos sido la aguja para meter el hilo, y la experiencia nos está confirmando que los que han pedido luego la aprobación como institutos seculares se encuentran a gusto y aceptan con alegría -porque ése es su camino- aun las cosas que no van con nuestra secularidad: cada día se ve más claramente que, dejando el hilo, la aguja debe salir fuera del tejido que llaman ahora institutos seculares». 11
El 31 de agosto Escrivá regresa a Madrid. Lleva consigo dos documentos importantes: el breve Cum Societatis y la carta Brevi sane, de alabanza de los fines de la Obra. Y un curioso y muy estimable regalo personal del Papa: las reliquias completas de dos muchachitos mártires cristianos: santa Mercuriana y san Sinfero. Pío XII manifiesta así que ha entendido la similitud entre los miembros del Opus Dei y aquellos primeros cristianos; que la llamada a la santidad no tiene edad: la inicia el Espíritu Santo, con el aldabonazo del bautismo; y que en la Obra hay mujeres y hombres, como en toda familia y como en toda porción del pueblo de Dios: dos cuerpos, separados y distintos, pero alentados por una misma y única alma.
En Roma se intensifican los trabajos de redacción de la constitución Provida Mater Ecclesia. Al piso de Città Leonina acuden muchas visitas. La gran mayoría son personajes eclesiásticos, que trabajan en diversos dicasterios y congregaciones de la curia. Sin embargo, el Padre se siente como un muelle comprimido. Y no se pierde un minuto, ni se da puntada sin hilo, pero Escrivá lleva un ritmo interior de urgencia: la Obra no puede ir al paso de los hombres, sino «al paso de Dios». El 6 de diciembre escribe a los miembros de la Obra residentes en Madrid: «Todas nuestras cosas van muy bien, pero con excesiva calma». 15
Dos días después, Pío XII le recibe de nuevo en audiencia privada. El 16 de ese mismo mes, en otra carta a los suyos de Madrid, les indica: «No olvidéis que ha sido en la octava de la Virgen, cuando ha comenzado a cuajar la solución de Roma». 16 El fundador ha podido saber que la Santa Sede no sólo está dispuesta sino deseosa de otorgar cuanto antes la aprobación al Opus Dei. Conviene aprovechar esa oportunidad, aunque lo que se obtenga sea provisional. Las gestiones, pues, siguen adelante.
Pronto comenzarán a buscar la que ha de ser sede central definitiva del Opus Dei. Montini y Tardini han sugerido a Escrivá que se instale cerca de la Santa Sede: que ponga casa «y casa amplia» en Roma.
El consejo de Montini y de Tardini está muy bien fundamentado: conviene instalarse cerca de la Santa Sede. Son varias las razones. Hay que roturar el camino jurídico. La Obra debe romanizarse, que no es «vaticanizarse», sino impulsar desde Roma su genuina entraña de universalidad. Escrivá quiere que el Papa sienta la cercanía de su amor de buen hijo y pueda contar con la Obra como un instrumento de apostolado secular «que sólo desea servir a la Iglesia, sin servirse de ella».
Notas
3. AGP, RHF T-21167, pp. 1323-1324.
4. Testimonio de doña Encarnación Ortega Pardo (AGP, RHF T-05074).
5. La Provida Mater Ecclesia está fechada el 2 de febrero de 1947. El Decretum laudis de aprobación canónica del Opus Dei es del 24 de febrero de 1947; es decir, tan sólo tres semanas después de promulgarse la nueva Constitución apostólica.
6. Carta 8-XII-1949, n. o 18.
7. Carta 8-VIII-1956, n. o 5.
8. Testimonio de S.E.R. monseñor Thomas Muldoon, obispo titular de Fessei, auxiliar de Sydney (Australia) (AGP, RHF T-04261).
11. Carta 7-X-1950 n. os 21 y 22.
15. AGP, RHF, EF 461206-2.
16. AGP, RHF, EF 461216-1.
Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere: los años romanos de Josemaría Escrivá, Plaza y Janés, Barcelona, 1995, pp. 27 y ss.
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