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San Josemaría y el Jubileo

Mons. Javier Echevarría

Etiquetas: Conversión, Iglesia, Javier Echevarría, Papa
San Josemaría vivió cuatro años Jubilares. Monseñor Javier Echevarría fue testigo de las disposiciones con las que recorrió los dos últimos, contagiando su devoción a quienes tenía cerca: " Me pidió que rezase con mucha fe, especialmente en San Pedro, sintiéndome muy unido al Papa, para que se incrementase la santidad de los que formamos parte de la Iglesia y aumentasen en todas partes las conversiones".


Cuatro fueron los Años jubilares que se celebraron en vida del Fundador del Opus Dei: 1925, 1933, 1950 y 1975. El primero coincidió con su ordenación sacerdotal, que tuvo lugar el 28 de marzo de 1925. El segundo, en 1933, lo transcurrió en Madrid, sin posibilidad de viajar en peregrinación a Roma por su carencia de medios económicos. Sin embargo, en sus Apuntes íntimos aparecen dos notas que atestiguan su disposición de ánimo.
El día 5 de enero de 1933, víspera de la Epifanía, escribió: "¡Cuánto espero de mi Dios, en este Año Santo!" Y más adelante, el 18 de abril, a propósito de los misterios pascuales que el Jubileo conmemoraba, leemos: "Agradezco a mi Padre la compunción que me hizo sentir en la noche del jueves santo al viernes, que pasé en Santa Isabel. Y luego... ¡no merezco, Dios mío —¡mío!—, esa alegría que pusiste en mi corazón!"

Una Talla de San Pedro
En cambio, Isidoro Zorzano, uno de los primeros fieles del Opus Dei, pudo viajar a Roma con ese motivo. Trabajaba como ingeniero en Málaga. San Josemaría había escrito en Camino: “Católico, Apostólico, ¡Romano! —Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu "romería", videre Petrum, para ver a Pedro”. A Isidoro, en aquella ocasión, le hizo varios encargos, como el de comprar una talla de San Pedro sedente lo más grande posible. Isidoro la adquirirá y la llevará consigo, bendecida por el Papa, al volver a España.

Me gusta que seas muy romano
Los que estábamos a su lado en 1950 y 1975 podemos dar fe de la veneración que San Josemaría sintió siempre por las indulgencias, que se hacía en esos momentos —si cabe— aún más viva: en ambas ocasiones se apresuró en la misma mañana del primer día del año jubilar a visitar, con algunos hijos suyos, las basílicas romanas para obtener la indulgencia. Y luego recorrió de nuevo muchas otras veces ese mismo itinerario, con espíritu penitente. Llamaba la atención su piedad mientras rezaba, y su modo de vivir la comunión de los santos.

En el verano de 1950 pasé unas semanas en Castelgandolfo con otros miembros del Opus Dei. San Josemaría venía desde Roma a vernos con mucha frecuencia. De aquella temporada recuerdo el afecto con que nos hablaba del Papa. Se levantaba y acudía con ilusión, cuando nos acercábamos a la carretera para acompañar en la oración y en el afecto filial a Pío XII, que volvía de Roma a Castelgandolfo, después de las audiencias con motivo del Año Santo.

En esa ocasión me sugirió que, antes de volver a España, pasara dos días en Roma para ganar el Jubileo y visitar las cuatro Basílicas. Me pidió que rezase con mucha fe, especialmente en San Pedro, sintiéndome muy unido al Papa, para que se incrementase la santidad de los que formamos parte de la Iglesia y aumentasen en todas partes las conversiones. Quería que en aquellas caminatas no fueran turismo, sino oración y formación espiritual: así lo aconsejaba a quienes trataba.

Como buen Pastor, urgió a los fieles del Opus Dei a que en el Año Santo redoblaran sus esfuerzos por acercar muchas almas al sacramento de la Penitencia; y animó a los sacerdotes a que gastaran gozosamente sus mejores energías, muchas horas cada día, en administrarlo con generosidad. No puedo pasar por alto su celo sacerdotal, pues personalmente se encargó de mover a los sacerdotes del Opus Dei para que prestasen ese servicio con total disponibilidad.

Alegría y esperanza
Impresionaba su alegría ante el don de la indulgencia jubilar, manifestación de la misericordia paterna de Dios, que purifica a sus hijos de toda mancha y los regenera a una vida nueva. En sus charlas familiares, en sus conversaciones con los que acudían a Roma para buscar sus consejos, en su correspondencia con multitud de almas, se refleja el convecimiento firme de que el Año Santo es un tiempo especial de gracia y, por tanto, una ocasión espléndida para comenzar de nuevo en nuestro camino espiritual.

Con la alegría, era la esperanza la virtud a la que invitaba con más fuerza a los que le escuchaban. En enero de 1950, en cartas dirigidas a sus hijos de diversos países, les decía que si su lucha se hacía más sincera, como premio a sus esfuerzos "este Año Santo será fecundo". Les pedía empeño en la lucha por la santidad y en el afán de sembrar la semilla cristiana por los caminos divinos de la tierra. “Todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos” (Mt 7, 17-18). Nadie da lo que no tiene. El cristiano es fecundo sólo si lucha de verdad por alcanzar la santidad.

La realidad de las indulgencias está intimamente relacionada con la doctrina del Cuerpo Místico: del bien de un miembro sano de la Iglesia se desprenden beneficios espirituales para todos los demás. Así escribía el beato Josemaría en diciembre de 1931: "Cuando un alma de niño hace presentes al Señor sus deseos de indulto, debe estar segura de que verá pronto cumplidos esos deseos: Jesús arrancará del alma la cola inmunda, que arrastra por sus miserias pasadas: quitará el peso muerto, resto de todas las impurezas, que le hace pegarse al suelo: echará lejos del niño todo el lastre terreno de su corazón, para que suba hasta la majestad de Dios, a fundirse en la llamarada viva de Amor, que es El". Y unos días después seguía con esa petición al Señor: "Yo quiero que Jesús me indulte... del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en menos de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios".

El fundador del Opus Dei insistía una y otra vez, durante el Año Santo, en que el Señor, en esos momentos de gracia, se vuelca en derramar su misericordia sobre cada cristiano, pero es necesaria nuestra correspondencia. Así, a finales de noviembre de 1974, cercana ya la apertura del Jubileo del año 1975, en una renunión familiar en Roma decía: "Llega el Año Santo. No será santo si no rezamos mucho, cada día más".

Pocos días después, enviaba una carta a todas sus hijas e hijos en la que les exhortaba a responder generosamente a esa llamada divina que es el Jubileo: "Deseo que en este Año Santo que comenzamos —que exige de nosotros más oración y más santidad personal—, el Señor os llene de sus gracias, y su Santísima Madre María, Madre nuestra, con San José, Nuestro Padre y Señor, os acompañen en cada instante con su intercesión omnipotente".

Comenzar y recomenzar
En 1975, además, san Josemaría celebraba su Jubileo sacerdotal: 50 años habían transcurrido desde que, el 28 de marzo de 1925, recibiera la ordenación como sacerdote en Zaragoza.

El 27 de marzo, víspera de ese aniversario, hacía su oración en voz alta ante un grupo de hijos suyos. Nos decía: "A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea. Estoy comenzando, recomenzando, en cada jornada. Y así hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de estar pendientes de El, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones. (...) Señor, gracias por todo. ¡Muchas gracias! Te las he dado; habitualmente te las he dado. Antes de repetir ese grito litúrgico —gratias tibi, Deus, gratias tibi!—, te lo venía diciendo con el corazón".

Siempre, con ocasión de los años jubilares, el Señor escuchó sus plegarias y las colmó de frutos: en 1925, el beato Josemaría recibió la ordenación sacerdotal; en 1933, su labor apostólica se extendió considerablemente; en 1950, el 16 de junio, la Santa Sede concedió su aprobación al Opus Dei; en 1975, Dios acogió su alma, para siempre, en la gloria del Cielo.


Hoja Informativa, n. 25