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San Josemaría habla a médicos y enfermeras

Gonzalo Herranz

Etiquetas: Dolor, Enfermedad, Trabajo
San Josemaría dirigía siempre a los profesionales de la sanidad palabras de aliento que animaban a mejorar su formación profesional para servir mejor.
Son expresiones de agradecimiento por la labor que realizan en servicio de los hombres. Son también voces de aliento que animan a no abandonar la constante tarea del mejoramiento de la formación profesional, para servir mejor. Son apelaciones al sentido de la responsabilidad como cristianos, en favor de la ayuda espiritual que se ha de ofrecer a los enfermos.

No esperemos encontrar aquí otras palabras que las palabras de un sacerdote de Jesucristo. Y como sacerdote, san Josemaría percibió ese rasgo analógicamente sacerdotal que tienen las profesiones de la salud, porque son entrega activa y celosa a un servicio lleno de nobleza a los hombres.

Lo declaraba ante la pregunta que le hizo un traumatólogo, de cómo evitar la rutina, la tibieza en la actuación profesional. El Fundador del Opus Dei le respondió: «Ten presencia de Dios, como ya lo haces. Ayer estuve con un enfermo, un enfermo al que quiero con todo mi corazón de Padre, y comprendo la gran labor sacerdotal que hacéis los médicos. Pero no te pongas orgulloso, porque todas las almas son sacerdotales. ¡Hay que actuar ese sacerdocio! Cuando te laves las manos, cuando te pongan la bata, cuando te metas los guantes, tú piensa en Dios, y piensa en ese sacerdocio real del que habla san Pedro; y tú, entonces, no tendrás rutina: harás bien a los cuerpos y a las almas».

Año y medio más tarde, en una tertulia que tantos de nosotros recordaremos siempre -fue la última vez que nuestro primer Gran Canciller estuvo en la Universidad de Navarra- una enfermera de la Clínica Universitaria le interrogó acerca de cómo podría mejorar su trabajo. Gozándose de la oportunidad que se le brindaba de reiterar consejos y deseos otras veces expresados, respondió: «Esta pregunta me la han hecho enfermeras de muchas naciones, muchas veces, y me da mucha alegría que me dirijan esa pregunta u otras semejantes, porque es necesario que haya muchas enfermeras cristianas. Porque vuestra labor es un sacerdocio, tanto y más que el de los médicos. Iba a decir que más, porque tenéis la delicadeza -perdóname la cursilería-, la inmediatez porque estáis siempre junto al enfermo. El médico va, y luego se marcha; los llevará en la cabeza, pero no los tiene constantemente ahí, delante de los ojos. De manera que pienso que ser enfermera es una vocación particular de cristiana. Pero, para que esa vocación se perfeccione, es preciso que seáis unas enfermeras bien paradas, científicamente, y luego que tengáis delicadeza muy grande: la delicadeza de que lleva fama la Facultad y la Clínica Universitaria de Navarra. ¡Dios te bendiga, hija mía! »

Esos dos atributos, delicadeza y calidad científica, les eran exigidos igualmente a los médicos: «Me conmuevo -decía- cuando me cuentan algo que muchos de vosotros habréis experimentado. Los médicos no tienen más remedio que hacer como los confesores, pero en lo material: y los médicos de aquí no se preocupan sólo de lo material, sino también del alma. Tienen la misma preocupación que tú, y no le dicen a uno: desnúdese, sin más... Todo el mundo me comenta lo mismo: ¡qué delicadeza!, ¡qué atenciones! Se ve que manejan su ciencia; pero, sobre lodo, además de ser unos grandes hombres y unos grandes médicos, tienen una delicadeza extraordinaria. Ahora que no se me pongan orgullosos los médicos, porque los demás hacen lo mismo, cada uno en su terreno. Emulación, conviene que haya, para que cada día seáis más delicados, más cristianos; no solo más sabios, no solo más maestros, sino más discípulos de Cristo».

Estas palabras que fueron pronunciadas en aquella misma última tertulia de san Josemaría en la Universidad de Navarra tienen el valor de un testamento, de un último deseo, que todos los que trabajamos en esta Universidad hemos de esforzarnos en cumplir. Para la enfermera, para el médico, el ser discípulo de Cristo se concreta en detalles, de los que aquí sólo podemos enumerar unos pocos: el amor a los Sacramentos, una profunda concepción de la muerte, un sólido sentido del valor de la vida.


Extracto del libro de Miguel Ángel Monge (ed), San Josemaría y los enfermos, Palabra, Madrid 2004

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