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San Josemaría Escrivá de Balaguer y el obispo de Ávila, Mons. Santos Moro: Epistolario durante la Guerra Civil

Constantino Ánchel y Federico M. Requena

Etiquetas: Amistad, Guerra civil, Historia, Iglesia, Salamanca, Ávila, Burgos
Entre otros objetivos el Instituto Histórico de San Josemaría se propone preparar la edición crítica de las obras publicadas y otros escritos del Fundador del Opus Dei, entre los que se encuentra su epistolario. En un artículo publicado en el volumen 1 de la revista Studia et Documenta se da a conocer la primera parte de la correspondencia habida entre San Josemaría Escrivá y Mons. Santos Moro Briz, que pertenece al periodo 27 de enero de 1938 – 7 de junio de 1939, durante la guerra civil española: son un total de 22 cartas de san Josemaría y 14 de don Santos Moro. En la versión completa del artículo, se transcriben las treinta cartas, ilustradas con bastantes notas, algunas extensas, para un mejor entendimiento del contenido.

La publicación de los documentos va precedida de una introducción histórica que muestra el nacimiento y desarrollo de una amistad, unas reflexiones generales sobre el epistolario de San Josemaría y don Santos y unas consideraciones sobre el contenido y significado de la correspondencia que se cruzaron entre los dos. Un fragmento amplio de esa introducción es lo que se puede leer a continuación.
Reverso de la carta de Mons. Santos Moro a san Josemaría, desde Ávila, del 27 de febrero de 1938
Reverso de la carta de Mons. Santos Moro a san Josemaría, desde Ávila, del 27 de febrero de 1938


El epistolario de san Josemaría está compuesto por una amplia y nutrida correspondencia (varios millares de cartas) con fieles del Opus Dei y con otras personas de muy diversos países y condiciones sociales; hasta el momento sólo se conoce de modo muy parcial.

En los últimos años, se han publicado fragmentos de cartas del epistolario de san Josemaría en las biografías sobre su persona y en trabajos o estudios jurídicos, teológicos, etc., sobre el Opus Dei, pero todavía no ha visto la luz ningún conjunto de cartas completo (1).

Tiene interés, dentro de esta correspondencia, la que mantuvo durante los años treinta y cuarenta con obispos españoles. A continuación, se edita una parte de la relación epistolar con Mons. Santos Moro Briz, obispo de Ávila. Concretamente, la serie de cartas que se intercambiaron durante la Guerra Civil española. En total, 30 documentos –18 de san Josemaría y 12 de don Santos Moro–, escritos entre enero de 1938 y marzo de 1939 (2). La reproducción de estas cartas resulta valiosa también por lo que respecta a la figura del obispo de Ávila. En la actualidad no hay publicado epistolario alguno de don Santos Moro y no hay noticia de que se haya hecho intento de recopilar sus cartas (3).

Don Santos Moro. Obispo de Ávila
Don Santos Moro Briz nació el 1 de junio de 1888 en Santibáñez de Béjar, provincia de Salamanca, entonces Diócesis de Ávila (4). Hizo sus estudios sacerdotales en el Seminario de Ávila y, desde 1904, en Roma, donde obtuvo los doctorados de Filosofía, Teología y Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana. Recibió la ordenación sacerdotal el 16 de julio de 1911. En 1913 regresó a Ávila y recibió encargos de formación en el seminario. También desempeñó varios cargos en la curia y ejerció una amplia labor sacerdotal en la catedral —de la que era canónigo— con horas de confesonario, predicación frecuente, asistencia espiritual a diversas cofradías y asociaciones, etc. En 1919 la Institución Teresiana abrió una residencia en Ávila para mujeres estudiantes de Magisterio. Moro fue su capellán; desde entonces nació una gran amistad con su fundador, san Pedro Poveda, que se alojaba en casa de don Santos en sus visitas a Ávila. El 21 de junio de 1935 fue nombrado obispo de Ávila y recibió la consagración el 22 de septiembre.

Su biógrafo le presenta como un hombre de gran fe, empuje, preocupación pastoral, innovador, poco amigo del espectáculo, y hospitalario (5). Por el palacio episcopal de Ávila pasó un buen número de eclesiásticos, especialmente en los años de la guerra, pues era escala casi obligada para algunos destinos del sur. Un aspecto de su labor de pastor poco conocido, pero de interés, lo reveló el card. Vicente Enrique y Tarancón, en la homilía pronunciada durante sus funerales: “era el obispo con quien nos confesábamos todos. Era el director espiritual del episcopado español” (6). Estuvo al frente de la Iglesia abulense hasta la aceptación de su dimisión, el 19 de octubre de 1968. Falleció en su pueblo natal, el 24 de mayo de 1980.

Respecto a la actividad epistolar del obispo de Ávila, Jiménez Duque destaca que “fue hombre de despacho. Él veía toda la correspondencia, y directamente la despachaba en su gran mayoría. No escribía a máquina. Con su letra menuda y fina iba contestando a unos y otros. A veces algún secretario particular le sustituía en ello, pero esto era difícil, porque él medía las palabras, y no era fácil acertar con su exactitud” (7). Todas estas características se ponen de manifiesto en la colección de cartas de don Santos a san Josemaría, que ahora se publican.

Casi todas las cartas están encabezadas por la expresión “Mi querido amigo” y, sin perder el tono cordial y de gran confianza, trata a todos siempre de “usted”. Al respecto escribe su biógrafo: “Por más amigo que de él fuese el Obispo –y los tenía muy amigos–, o por muy compañeros suyos que fueran algunos sacerdotes –sus condiscípulos, por ejemplo–, para los primeros tenía siempre el «Excmo. y Revdmo. Sr.» al comenzar una carta o un Saluda, y para los otros un respeto inigualable. «Esta norma –decía en cierta ocasión–, aunque parezca un poco chocante, porque los jóvenes opinan que todos somos iguales, me ha dado siempre muy buen resultado... y ya no voy a cambiar a mis ochenta años” (8).

De la lectura de las cartas se comprobará la precisión de Jiménez Duque, al definir el uso que don Santos hacía del idioma: “Su estilo era pulcro, ático, castizo. Cultivaba el castellano con veneración. (Sobre su mesa de despacho solía tener un libro, cuyo autor no recuerdo, y que se titulaba ¡Pobre idioma!). Se leía con gusto en su sencillez y transparencia. [...] En sus escritos privados (Cartas...) era breve, medía las palabras para no decir más de lo que quería” (9).

Relación de don Santos Moro con san Josemaría Escrivá de Balaguer
Cuenta el mismo don Santos cómo conoció a san Josemaría: “fue al comienzo de los años treinta, en Madrid, en casa de don Pedro Poveda, otro insigne y admirable sacerdote. Recuerdo que don Josemaría entró en la habitación donde me encontraba con el P. Poveda, que me lo presentó. Enseguida hizo don Pedro alusión a que don Josemaría estaba llevando a cabo una fundación de mayor amplitud que la suya, dirigida a los seglares. Don Josemaría era entonces un sacerdote muy joven –rondaba los treinta años–, muy cordial y simpático, afable y abierto en el trato, elegante y respetuoso al mismo tiempo” (10).

Con la información que nos da don Santos, no podemos establecer con precisión la fecha de este encuentro; sólo que fue a partir de 1931, año en que san Josemaría había conocido a san Pedro Poveda (11).

Cuando comenzó la Guerra Civil española, Moro –obispo de Ávila desde junio de 1935– se encontraba en Salamanca practicando los ejercicios espirituales. Enseguida llegó a Ávila, donde permaneció hasta el fin del conflicto, ausentándose sólo para las visitas pastorales (12).

A san Josemaría la guerra le sorprendió en Madrid, donde vivió escondido, de refugio en refugio, hasta el otoño de 1937. El 8 de octubre emprendió la evasión hacia la otra zona de España, a través de los Pirineos. Tras una corta estancia en Pamplona, se estableció en Burgos el 8 de enero de 1938. Desde esta ciudad castellana se desplazó con frecuencia a los distintos lugares donde estaban destinados los primeros miembros del Opus Dei y otras personas que se dirigían con él en Madrid, antes de la guerra. Igualmente, llevó a cabo diversos viajes con el propósito de ir dando a conocer el Opus Dei a varios obispos (13).

Así, el día 19 de enero llegó a Palencia y estuvo con el obispo, el beato Manuel González García (14). El día 20 llegó a Salamanca. De esta ciudad salió el día 22 hacia Ávila y aprovechó el viaje para ver a don Santos Moro (15). Fue una visita corta, pues por la noche estaba de nuevo en Salamanca, donde permaneció unos días y visitó a mons. Enrique Pla y Deniel (16).

La entrevista con el obispo de Ávila, de pocas horas, casi imprevista y avisada con poco tiempo, dejó honda huella en don Santos y en san Josemaría. Así lo relata el mismo don Santos: “En cierta ocasión tuve una fuerte impresión de la sobrenaturalidad de la actuación del Fundador del Opus Dei; tan profunda fue que a pesar de los muchos años transcurridos, se mantiene viva en mi memoria. Nos hallábamos en una galería del palacio episcopal de Ávila. No recuerdo muy claramente el conjunto de aquella conversación, que versaba en líneas generales sobre su inesperado viaje. Pero sí recuerdo que una corta frase, como dicha para sí mismo, me sorprendió: fue una expresión breve en la que se entendía que no había venido al azar, por satisfacción personal o por motivos humanos aun buenos y nobles. Vi claramente que estaba movido por Dios, que cumplía lo que Dios le pedía. Para mí fue como un rayo de luz que me llevó a entender vivamente el motivo sobrenatural de su actuación” (17).

Son significativas, en esta misma línea, las palabras que escribió don Santos Moro a la persona que había facilitado el encuentro: “Veo que todavía estoy en deuda con Vd., por no haberle dado las gracias por el preciado regalo que me envió con la visita de José Mª Escrivá. ‘Me contentó en extremo…’. Hay que pedir a N. Señor que envíe muchos operarios de ese temple a esta Viña. Afectuosamente la bendice y se encomienda en sus oraciones el Obispo de Ávila. 31 enero 1938” (18).

A partir de este momento, la amistad entre san Josemaría y don Santos Moro se sirve también del cauce epistolar y se inicia una correspondencia que durará hasta el final de sus vidas.

Don Santos ofreció a san Josemaría en varias ocasiones su palacio episcopal de Ávila –un viejo caserón– para que pasara una breve temporada de descanso, oración y trabajo. Las circunstancias iban posponiendo la aceptación del ofrecimiento, pero en agosto de 1938 pudo hacerse realidad. El lunes 8, san Josemaría llegó a Ávila. Así escribió: “Mucho retraso lleva el tren. Llegamos a las once a Ávila. Me esperan, en nombre del Sr. Obispo, y un autobús me deja en la puerta de su palacio. Son las once y cuarto. Monseñor, santo y gentil, ha hecho retrasar la cena. Esta mañana celebré después que acabó su Misa el Prelado. Cada instante veo más detalles de perfección en la vida de este bendito Señor Obispo. El Señor haga que sepa aprovecharme de estos ejemplos, llenos de sencillez y naturalidad” (19).

El día 11 vuelve a escribir a Burgos sobre su estancia en la ciudad abulense: “¡Qué bueno –santísimo– es este Señor Obispo! Esto es una escuela de todas las virtudes, con un fundamento de humildad que las llena de fortaleza. Consuela ver cómo nos quiere. Aquí me tenéis como en mi propia casa: sólo me faltáis vosotros, pero, ¡si supierais cuánta compañía os hago, a cada uno, durante el día y durante la noche! Es mi misión: que seáis felices después, con Él; y ahora, en la tierra, dándole gloria” (20).

La estancia en Ávila de agosto de 1938 facilitó el cumplimiento de uno de los objetivos propuestos, como decía a los que habían quedado en Burgos: “Van saliendo los guiones de ejercicios (21): desde ahora, ofreced oraciones y sacrificios para que el Espíritu Santo obre en las almas sacerdotales que me han de escuchar: si esos Srs. Sacerdotes salen más enamorados de Jesucristo, Jesús nos premiará también a nosotros con más Amor; que amor con Amor lo paga” (22). Estos guiones fueron la base de la predicación a sacerdotes que, a partir de los ejercicios de Vergara, en septiembre de 1938, san Josemaría predicó al clero de varias diócesis españolas, acabada la guerra: Valencia, León, Segovia, Madrid, Pamplona, Ávila… (23).

La siguiente estancia en Ávila fue un año más tarde, en julio de 1939 –es decir fuera ya del periodo que abarca la correspondencia que publicamos–, y en circunstancias bien distintas de la anterior. La guerra había terminado y, desde finales de marzo, san Josemaría estuvo en Madrid atareado en el impulso de los apostolados del Opus Dei. En esas fechas del verano se trabajaba en la instalación de la nueva sede de la residencia de estudiantes, en la calle de Jenner. Sus hijos, al verle bastante fatigado, le insistieron para que se tomara unos días de descanso, acogiéndose de nuevo a la hospitalidad del obispo de Ávila (24).

Las relaciones con el obispo de Ávila continuaron, entre otras cosas, porque el prelado abulense acudió a san Josemaría para que predicara ejercicios al clero de su diócesis (25): “La confianza que tenía en el espíritu sacerdotal de don Josemaría y la seguridad en el bien que su palabra haría a los sacerdotes de Ávila me llevó a encargarle –junto con otro sacerdote– de las tandas de Ejercicios espirituales para el clero que organizamos al terminar la guerra civil. Eran momentos muy importantes para organizar la diócesis, agrupar al clero alrededor de su Obispo y unirlo con auténtica fraternidad. Hacía falta una palabra de orientación y aliento para la vida de mis sacerdotes abulenses. Yo estuve presente, como es natural, y como resumen puedo recoger las mismas palabras que dije entonces a los asistentes: ‘Don Josemaría, cuando habla, siempre hiere; unas veces con espada toledana, y otras con bomba de mano’. Así traté de expresar la fuerza que tenía la predicación de aquel sacerdote joven que hablaba de lo que él mismo vivía” (26).

Durante los años cuarenta continuó una estrecha relación entre san Josemaría y el obispo de Ávila, que no se interrumpió con la marcha del fundador del Opus Dei a Roma en 1946. Ciertamente, a partir de los años cincuenta las visitas se espaciaron y vinieron a coincidir bien con alguno de los viajes de san Josemaría a España, bien con las visitas que don Santos hizo a la Ciudad Eterna, especialmente en los tiempos del Concilio Vaticano II.

Contenido de las cartas
El contenido del epistolario cruzado entre don Santos Moro y san Josemaría es manifestación del proceso de crecimiento de una amistad y, salvo pequeños asuntos concretos, los mensajes escritos se sustentan en las conversaciones personales habidas entre los dos y las presuponen. No se encuentran en estas cartas grandes temas o extensos tratados. Aquí aparece lo cotidiano, lo inmediato, el día a día. Por eso se ha considerado conveniente poner abundantes y, a veces, extensas notas que ilustren al lector sobre los asuntos que aparecen, o le pongan en antecedentes acerca de lo escrito.

Un primer tema que salta a la vista es la constante petición de oraciones –que san Josemaría reitera una y otra vez a Moro–, por sus chicos, por la labor que se disponía a realizar en un momento dado, por todo... (27).

Otros asuntos son más “cotidianos”: el interés de san Josemaría por lograr estipendios de Misas, durante los años de la guerra, que entregaba al obispo de Ávila para que los destinara a sacerdotes más necesitados; la petición de libros para la biblioteca de la futura residencia en Madrid; la solicitud de indulgencias para el recordatorio de un difunto; el anuncio de futuras publicaciones de san Josemaría; felicitaciones de Pascua; información de viajes y actividades apostólicas; petición de licencias ministeriales; aviso de visitas, suyas o de otros miembros de la Obra o amigos; el envío de paquetes que don Santos había aceptado guardar en su palacio episcopal, a la espera de que, acabada la guerra, san Josemaría y los suyos pudieran llevarlos a Madrid.

Terminan estos párrafos introductorios recordando brevemente un tema, apenas esbozado, que está en la base de esta relación epistolar y que se explicita en algunos momentos: el interés de san Josemaría por establecer una relación directa con los obispos. Ya hemos indicado que, desde su llegada a Pamplona, en diciembre de 1937, sintió la necesidad de dar a conocer personalmente a los prelados la realidad del Opus Dei. Tarea en la que no le faltó la colaboración de don Santos Moro, como él mismo testimonia: “Tengo la seguridad de haber prestado un servicio a nuestra Santa Madre la Iglesia cuando tuve ocasión de poner en relación a don Josemaría con el entonces Obispo de Salamanca, Mons. Pla y Deniel –más tarde Cardenal Arzobispo de Toledo– y con Mons. Antonio García, Arzobispo de Valladolid, que habían sido Obispo y Vicario General de Ávila, respectivamente. Así tuvieron también ellos ocasión de descubrir a este instrumento del Señor y bendecir la espléndida labor que, sin innecesarios alardes, estaba floreciendo [...]. A todos los Prelados nos hablaba con detalle del Opus Dei, y así conocíamos su naturaleza y sus fines, su universalidad” (33).

Constantino Ánchel estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona y se doctoró en Ciencias de la Educación en la Universidad de Navarra (1973); Doctor en Teología en esta misma Universidad (1979). Jefe del Departamento de Orientación y profesor de Enseñanza Secundaria, ha trabajado en la Oficina de la Causa de los Santos de la Prelatura del Opus Dei en Madrid y en Roma, y ha sido perito histórico en otras causas de canonización. Actualmente es investigador y documentalista del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer. Ha editado En torno a la edición crítica de Camino. Análisis y Reflexiones, Madrid, Rialp, 2003.

Federico M. Requena es licenciado en Historia por la Universidad de Murcia (1987) y doctor en Teología por la Universidad de Navarra (1995). Actualmente es subdirector del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer de la Universidad de Navarra y profesor Asociado del Instituto de Historia de la Iglesia de la misma Universidad. Ha publicado libros, artículos y dirigido investigaciones sobre la historia de la vida espiritual en la España contemporánea. Es autor de Fuentes para la Historia del Opus Dei.


Notas
1. Así, por ejemplo, sobre el epistolario de san Josemaría ha visto la luz, en una publicación de la Abadía de Montserrat, el trabajo del P. Josep de Calasanz Laplana, “Sant Josepmaria Escrivà de Balaguer i l’abat de Montserrat Aureli Mª Escarré”, Qüestions de vida cristiana, 211 (2003), pp. 118-129. En este trabajo, aunque hay abundantes citas del epistolario cruzado entre san Josemaría y el abad, no se incluye ninguna carta completa.
2. Todas esas cartas se encuentran en el Archivo General de la Prelatura (AGP). Al reproducir cada documento se ofrece la referencia archivística correspondiente (ndR: No se incluyen las cartas en esta versión reducida del artículo).
3. En AGP se conservan cincuenta y seis cartas y tarjetones de don Santos Moro a san Josemaría. Doce corresponden al periodo que abarca esta edición.
4. La bibliografía sobre don Santos Moro no es muy abundante: Antonio García Zurdo, Historia de un pontificado [Dr. D. Santos Moro Briz, 1935-1968], Ávila, s.n. [1968], 51 pp. Algo más extenso el libro de Baldomero Jiménez Duque, Don Santos Moro Briz, Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1993, 145 pp. Por lo que respecta a publicaciones del obispo de Ávila, en la Biblioteca Nacional se localizan dos obras prologadas por él. De más amplitud y difusión hay que reseñar, precisamente, su testimonio sobre san Josemaría publicado en Aa.Vv., Beato Josemaría Escrivá de Balaguer: un hombre de Dios. Testimonios sobre el Fundador del Opus Dei, Madrid, Palabra, 1994, 447 pp. El testimonio de mons. Moro se encuentra en las pp. 245-255.
5. Cfr. Baldomero Jiménez Duque, op. Cit., pp. 69-71 y 105-107.
6. Ibid., p. 55.
7. Ibid., p. 65.
8. Ibid., p. 112.
9. Ibid., p. 82.
10. “Testimonio de don Santos Moro Briz sobre el Fundador del Opus Dei”, en AA.VV, Beato Josemaría Escrivá…, p. 246.
11. En AGP se conservan dos cartas de don Santos Moro a san Josemaría de fechas 10 y 21 de febrero de 1933.
12. Cfr. Baldomero Jiménez Duque, op. cit., p. 28.
13. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, Madrid, Rialp, 2002, pp. 253-276.
14. Cfr. Itinerario, 1937-1944, anotación del 19-I-1938. El Itinerario es el nombre dado a los pequeños papeles en que san Josemaría, desde que llegó a San Sebastián procedente de la otra zona de España, consignó de modo muy esquemático, la fecha y los sitios que visitaba, añadiendo ocasionalmente alguna observación. El Itinerario se conserva en AGP, Sec. A, Leg. 34, Carp. 3, Exp. 1. En adelante se citará, Itinerario, anotación y fecha. Sobre la relación entre san Josemaría y el beato Manuel González, cfr. Josemaría Escrivá, Camino, edición crítico-histórica, preparada por Pedro Rodríguez, 3ª ed., Madrid, Rialp, 2004, p. 680, nota 20 (de ahora en adelante, citaremos esta obra como Camino, ed. Crít.).
15. Cfr. Itinerario, anotaciones de los días 20-22-I-1938.
16. Tras esa entrevista, mons. Pla y Deniel le concedió licencias ministeriales. El documento de concesión lleva la fecha de 25 de enero de 1938. AGP, Sec. A, Leg. 5, Carp. 2, Exp. 17.
17. “Testimonio de don Santos Moro Briz…”, cit., pp. 248-249. Don Santos no sitúa la fecha, pero por las circunstancias (una visita, al parecer, no anunciada: “su inesperado viaje”) y los efectos bien pudiera ser esta primera.
18. Tarjeta de Santos Moro a Josefa Segovia, 31 de enero de 1938. AGP, Sec. E, Leg. 164, Carp. 1, Exp. 506. Josefa Segovia fue la primera Directora General –hasta su muerte– de la Institución Teresiana. Todo hace suponer que, en esta ocasión, había facilitado el encuentro entre san Josemaría y don Santos Moro.
19. Carta de san Josemaría a los fieles del Opus Dei en Burgos, desde Ávila, 8 de agosto de 1938, AGP, Sec. A, Leg. 255, Carp. 4. Desde que fijó su residencia en Burgos, el día 8 de enero de 1938, san Josemaría estuvo siempre acompañado por algún miembro del Opus Dei. Cuando llegó a la ciudad castellana, ya estaban allí Juan Jiménez Vargas y José María Albareda, que le habían acompañado desde la salida de Madrid, hasta pasar a la otra zona de España. Juan partió enseguida hacia su destino de médico en el frente de Teruel. El 23 de enero arribó destinado a Burgos Francisco Botella. El 9 de marzo, Pedro Casciaro llegó a su nuevo destino, también en Burgos. Tanto Casciaro como Botella acompañaron a san Josemaría en su salida de la zona de España controlada por el gobierno de la República. Albareda, Botella y Casciaro fueron los miembros del Opus Dei que convivieron con san Josemaría en Burgos, de modo permanente. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. Cit., pp. 240-241 y 250-252.
20. Carta de san Josemaría a los fieles del Opus Dei en Burgos, desde Ávila, 11 de agosto de 1938, AGP, Sec. A, Leg. 255, Carp. 4.
21. Como se verá más adelante, se refiere a los ejercicios espirituales que iba a predicar en septiembre, en Vergara (Guipúzcoa), a los sacerdotes de la Diócesis de Vitoria, por encargo de don Javier de Lauzurica, administrador apostólico de la diócesis.
22. Carta de san Josemaría a los fieles del Opus Dei en Burgos, desde Ávila, 11 de agosto de 1938, AGP, Sec. A, Leg. 255, Carp. 4.
23. Sobre estos guiones, cfr. Camino, ed. Crít., pp. 133-136.
24. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., p. 398.
25. Predicó esos ejercicios del 1 al 7 de julio de 1940 (cfr. Itinerario, anotaciones de los días 30-VI a 8-VII-1940).
26. “Testimonio de don Santos Moro Briz…”, cit., p. 251.
27. Cfr. ibid., p. 248.
33. “Testimonio de don Santos Moro Briz…”, cit., pp. 249-250.


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