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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Alguna que otra pedrada
Jenaro Lázaro se enteró en 1930 que además de la labor en los hospitales, el Padre atendía varias catequesis. No localiza bien los nombres exactos de los barrios, pero sí que iba mucho por Vallecas. El 1 de octubre de 1967, Mons. Escrivá de Balaguer volvió de nuevo a Vallecas. Muchas cosas habían cambiado. En el salón de actos de Tajamar, obra apostólica promovida por el Opus Dei, su Fundador rememoró que, cuando tenía veinticinco años, venía mucho por todos estos descampados, a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto..., y alguna que otra pedrada.
Y continuaba refiriéndose a Tajamar: Hoy para mí esto es un sueño, un sueño bendito, que vivo en tantos barrios extremos de ciudades grandes, donde tratamos a la gente con cariño, mirando a los ojos, de frente, porque todos somos iguales (...) Soy un pecador que ama a Jesucristo con todas las fuerzas de su alma; me siento muy feliz, aunque no me faltan las penas, porque en este mundo el dolor nos acompañará siempre. Quiero que améis a Jesucristo, que lo conozcáis, que seáis felices, como yo: no es difícil conseguir ese trato. Delante de Dios, como hombres, como criaturas, somos todos iguales.
(...) He hablado de mis veinticinco años. Yo tenía barruntos de lo que quería el Señor. Hasta los veintiséis no lo supe. Quería esta locura, esta locura de cariño, de unión, de amor.
Un sueño de juventud se había hecho realidad. El corazón sacerdotal de Mons. Escrivá de Balaguer sentía la preocupación por todas las almas, porque ante Dios, somos todos iguales: pobres criaturas, necesitadas de la misericordia divina. En aquellos años sufrió mucho por el desamparo en que se vivía –y se moría– en los suburbios madrileños, por su ambiente sórdido –infrahumano– que también contribuía a alejar a muchos de Dios. Conoció situaciones tremendas, sólo comparables a las de los hospitales a los que don Josemaría hacía que le acompañasen los chicos que trataba. Porque, como afirma otro de los que iban por el Hospital de Santa Isabel, después de pasar una tarde de domingo cortando el pelo o las uñas a los enfermos, lavándoles la cara o vaciando las escupideras, “casi siempre vomitábamos al salir”.
Repulsivo es el adjetivo que Juan Jiménez Vargas aplica al modo en que muchas personas vivían –algunas por desidia– en la zona de la catequesis de Tetuán. Él era de familia media, estudiante de Medicina, y de temperamento nada asustadizo, más bien todo lo contrario. Poco después de aquella clase de formación cristiana en el asilo de Porta Coeli, según relata, comenzaron una catequesis en el barrio de Tetuán, que era entonces de los peores de Madrid. Allí comprobó que el Fundador del Opus Dei tenía mucha experiencia en el trato con los niños, sabía hacerles comprender la doctrina y les facilitaba la confesión.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Y continuaba refiriéndose a Tajamar: Hoy para mí esto es un sueño, un sueño bendito, que vivo en tantos barrios extremos de ciudades grandes, donde tratamos a la gente con cariño, mirando a los ojos, de frente, porque todos somos iguales (...) Soy un pecador que ama a Jesucristo con todas las fuerzas de su alma; me siento muy feliz, aunque no me faltan las penas, porque en este mundo el dolor nos acompañará siempre. Quiero que améis a Jesucristo, que lo conozcáis, que seáis felices, como yo: no es difícil conseguir ese trato. Delante de Dios, como hombres, como criaturas, somos todos iguales.
(...) He hablado de mis veinticinco años. Yo tenía barruntos de lo que quería el Señor. Hasta los veintiséis no lo supe. Quería esta locura, esta locura de cariño, de unión, de amor.
Un sueño de juventud se había hecho realidad. El corazón sacerdotal de Mons. Escrivá de Balaguer sentía la preocupación por todas las almas, porque ante Dios, somos todos iguales: pobres criaturas, necesitadas de la misericordia divina. En aquellos años sufrió mucho por el desamparo en que se vivía –y se moría– en los suburbios madrileños, por su ambiente sórdido –infrahumano– que también contribuía a alejar a muchos de Dios. Conoció situaciones tremendas, sólo comparables a las de los hospitales a los que don Josemaría hacía que le acompañasen los chicos que trataba. Porque, como afirma otro de los que iban por el Hospital de Santa Isabel, después de pasar una tarde de domingo cortando el pelo o las uñas a los enfermos, lavándoles la cara o vaciando las escupideras, “casi siempre vomitábamos al salir”.
Repulsivo es el adjetivo que Juan Jiménez Vargas aplica al modo en que muchas personas vivían –algunas por desidia– en la zona de la catequesis de Tetuán. Él era de familia media, estudiante de Medicina, y de temperamento nada asustadizo, más bien todo lo contrario. Poco después de aquella clase de formación cristiana en el asilo de Porta Coeli, según relata, comenzaron una catequesis en el barrio de Tetuán, que era entonces de los peores de Madrid. Allí comprobó que el Fundador del Opus Dei tenía mucha experiencia en el trato con los niños, sabía hacerles comprender la doctrina y les facilitaba la confesión.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
- Los tres Primeros Sacerdotes del Opus Dei
- Los sacerdotes diocesanos en el Opus Dei
- Los primeros del Opus Dei
- Isidoro Zorzano, Juan Jiménez Vargas, Ricardo Fernández Vallespín
- Amigo de sus amigos
- Un amigo alegre y optimista
- Ahí viene el sacerdote que siempre está de buen humor
- Sembradores de paz y alegría
- Tiempo de amigos: Confianza, lealtad, gratitud
- La virtud más importante
- Gratitud y memoria
- Una gratitud especial
- Tiempo para los amigos
- Supo querer
- Con el mismo corazón
- Se pasó el tiempo de dar perras gordas y ropa vieja
- Ser santo es ser dichoso, también aquí en la tierra
- Alegría de vivir
- Los enfermos son el tesoro del Opus Dei
- Más sabía de Madrid que muchos madrileños
- Hombres y mujeres de mil razas y colores
- Tres, trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones
- San Josemaría en hospitales y suburbios
- El Opus Dei crecía para adentro
- La artillería de los hospitales de Madrid
- Alguna que otra pedrada
- De cien almas, nos interesan las cien
- ¿Vale más vuestro trabajo o el de un ministro?
- Corazón Universal. Una Audacia: la Academia DYA
- Abriendo horizontes
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