PortadaLibrosApuntes sobre la vida del fundador del Opus DeiSer santo es ser dichoso, también aquí en la tierra


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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Ser santo es ser dichoso, también aquí en la tierra
Unos veinte días antes de morir, el 7 de junio de 1975, en una conversación con más de un centenar de socios del Opus Dei, del enorme corazón de Mons. Escrivá de Balaguer surgió, improvisado, un cántico a la alegría de vivir:
Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ¡y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, la otra se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ¡esta otra Vida! (...)
¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba San Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo.
Ser santo es ser dichoso, también aquí en la tierra. Y me preguntaréis quizá: Padre, y usted ¿ha sido dichoso siempre? Yo, sin mentir, recordaba hace pocos días, no sé dónde fue, que no he tenido nunca una alegría completa; siempre, cuando viene una alegría, de esas que satisfacen el corazón, el Señor me ha hecho sentir la amargura de estar en la tierra, como un chispazo del Amor... Y, sin embargo, no he sido nunca infeliz, no recuerdo haber sido infeliz nunca. Me doy cuenta de que soy un gran pecador, un pecador que ama con toda su alma a Jesucristo. Así, que infeliz, nunca; alegría completa, nunca tampoco. ¡Ay que lío me he hecho!
Ayudadme a ser santo; pedid por mí para que sea bueno y fiel. Pero que no se quede todo en palabras; poned también obras, que el ejemplo arrastra.
También ocurrió en Roma. Lo firmó Jesús Urteaga en Mundo Cristiano. El Fundador del Opus Dei había advertido en la cara de un estudiante un gesto de contrariedad. Le preguntó qué le pasaba. Y cuando le dijo que estaba cansado, le contestó sonriendo:
–Hijo mío, yo llevo cincuenta años haciendo las cosas a contrapelo.
Pero no era fácil notarlo, porque, como solía enseñar, muchas veces la mejor mortificación es la sonrisa. Diez días antes de su muerte, el 15 de junio de 1975, decía en otra conversación con un numeroso grupo de socios de la Obra:
Yo tengo la devoción de celebrar frecuentemente –cuando lo permite la liturgia– la Misa de la Santísima Virgen; me paree que os lo he dicho alguna vez. Y hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito! Creen por ahí que la alegría de vivir es cosa pagana, porque lo que buscan es la alegría de morir, de suicidarse neciamente, suicidarse con estiércol hasta por encima de los ojos. Seguir a Cristo, buscar la santidad es tener la alegría de vivir. Los santos no son tristes, ni melancólicos; tienen buen humor.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ¡y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, la otra se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ¡esta otra Vida! (...)
¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba San Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo.
Ser santo es ser dichoso, también aquí en la tierra. Y me preguntaréis quizá: Padre, y usted ¿ha sido dichoso siempre? Yo, sin mentir, recordaba hace pocos días, no sé dónde fue, que no he tenido nunca una alegría completa; siempre, cuando viene una alegría, de esas que satisfacen el corazón, el Señor me ha hecho sentir la amargura de estar en la tierra, como un chispazo del Amor... Y, sin embargo, no he sido nunca infeliz, no recuerdo haber sido infeliz nunca. Me doy cuenta de que soy un gran pecador, un pecador que ama con toda su alma a Jesucristo. Así, que infeliz, nunca; alegría completa, nunca tampoco. ¡Ay que lío me he hecho!
Ayudadme a ser santo; pedid por mí para que sea bueno y fiel. Pero que no se quede todo en palabras; poned también obras, que el ejemplo arrastra.
También ocurrió en Roma. Lo firmó Jesús Urteaga en Mundo Cristiano. El Fundador del Opus Dei había advertido en la cara de un estudiante un gesto de contrariedad. Le preguntó qué le pasaba. Y cuando le dijo que estaba cansado, le contestó sonriendo:
–Hijo mío, yo llevo cincuenta años haciendo las cosas a contrapelo.
Pero no era fácil notarlo, porque, como solía enseñar, muchas veces la mejor mortificación es la sonrisa. Diez días antes de su muerte, el 15 de junio de 1975, decía en otra conversación con un numeroso grupo de socios de la Obra:
Yo tengo la devoción de celebrar frecuentemente –cuando lo permite la liturgia– la Misa de la Santísima Virgen; me paree que os lo he dicho alguna vez. Y hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito! Creen por ahí que la alegría de vivir es cosa pagana, porque lo que buscan es la alegría de morir, de suicidarse neciamente, suicidarse con estiércol hasta por encima de los ojos. Seguir a Cristo, buscar la santidad es tener la alegría de vivir. Los santos no son tristes, ni melancólicos; tienen buen humor.
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Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
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Relación de contenidos
- Los tres Primeros Sacerdotes del Opus Dei
- Los sacerdotes diocesanos en el Opus Dei
- Los primeros del Opus Dei
- Isidoro Zorzano, Juan Jiménez Vargas, Ricardo Fernández Vallespín
- Amigo de sus amigos
- Un amigo alegre y optimista
- Ahí viene el sacerdote que siempre está de buen humor
- Sembradores de paz y alegría
- Tiempo de amigos: Confianza, lealtad, gratitud
- La virtud más importante
- Gratitud y memoria
- Una gratitud especial
- Tiempo para los amigos
- Supo querer
- Con el mismo corazón
- Se pasó el tiempo de dar perras gordas y ropa vieja
- Ser santo es ser dichoso, también aquí en la tierra
- Alegría de vivir
- Los enfermos son el tesoro del Opus Dei
- Más sabía de Madrid que muchos madrileños
- Hombres y mujeres de mil razas y colores
- Tres, trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones
- San Josemaría en hospitales y suburbios
- El Opus Dei crecía para adentro
- La artillería de los hospitales de Madrid
- Alguna que otra pedrada
- De cien almas, nos interesan las cien
- ¿Vale más vuestro trabajo o el de un ministro?
- Corazón Universal. Una Audacia: la Academia DYA
- Abriendo horizontes
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