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Testimonios

Rusia también estuvo en la Plaza de San Pedro

Alexander Zorin, poeta, ortodoxo, Rusia

17 de marzo de 2003

Etiquetas: Canonización
La capacidad de la plaza situada delante de la basílica de San Pedro es de 300.000 personas. Sin embargo, hoy habrá más de 400.000. La mitad de ellos, serán hombres y mujeres jóvenes de unos veinte años. La canonización de Josemaría Escrivá ha atraído hasta Roma a personas de todo el mundo. Los voluntarios - unos 1.800 jóvenes, no todos italianos - estarán a mano para cualquier necesidad. Ahora, entre el flujo y reflujo de la muchedumbre, encauzan la inundación como capitanes experimentados. Tienen puestos de trabajo en el aeropuerto, en las calles de la ciudad y en la plaza de San Pedro.

Un cuerpo denso de carabinieri , estrictos y corteses a la vez, cierran las zonas cercanas a la basílica. Las sillas de ruedas tienen permitido el paso y se agrupan en incontable número alrededor de La Colonnata , muy cerca del altar. Una de ellas transporta a un sacerdote que hace treinta años sufrió un accidente automovilístico y quedó paralítico de por vida. El trauma no le impide servir como pastor, ayudar a la gente, celebrar Misa diariamente...

El sol brilla ya sobre la cúpula de la basílica, sobre el tapiz de Josemaría Escrivá y sobre la cruz que está en la punta del obelisco. La plaza de San Pedro, fresca y despejada como el valle de una montaña, se llena lentamente con los peregrinos.

Tuve la sensación de que sobre los brazos de La Colonnata se alzaban ramas con forma de arbusto, como suele ser frecuente en el centro de Roma: sobre el asfalto y empedrados, terrazas con vegetación exuberante de macetas y floreros. Pero, inspeccionándolo de cerca, me di cuenta de que no eran plantas, sino periodistas con equipos electrónicos que simulaban ramas.

Detrás de mí, estaban sentadas dos señoras mayores con aspecto de amas de casa. Al parecer, alguien les dijo que éramos rusos. Con las cejas levantadas y gesticulando animadamente, dijeron: “Estamos rezando por la difusión de los escritos de Josemaría en Rusia”.

Justo delante tenía la enorme espalda de un nigeriano. Le pregunté: “¿Sois muchos?” “Sí, ochocientos”. Y señalando a los de su grupo dice: “Estamos allí”. De todas formas, su espalda no fue ningún estorbo, pues las pantallas gigantes localizadas en diversos puntos de la plaza permitían a todo el mundo ver lo que pasaba.

Frente al altar central los escalones de mármol blanco están decorados con flores -regalo de un floricultor latinoamericano- dispuestas amplia y coloridamente en forma de hojas de palmera.

La multitud crece y el sol continúa su ascenso, brillando sobre el icono de la Madre de Dios en la parte alta del brazo derecho de La Colonnata. Fue puesto allí durante el pontificado actual, cuando hicieron notar que en la plaza de San Pedro hacía falta una imagen de la Madre de Dios. “Esto se tiene que solucionar”, dijo el Santo Padre.

Una mujer mulata de pelo sedoso lleva en el cuello una cruz de color rojo . Estamos en el sector cuatro, o, mejor dicho, en una sección bien atendida; como las voluntarias que trabajan en la plaza no llevan megáfonos o walkie-talkies , ella necesita gritar que es doctora y que la gente puede acudir a ella ante cualquier necesidad por mínima que sea: puede ofrecer primeros auxilios y dar algún dulce para calmar el dolor. Al escuchar la palabra ‘dulce’, las personas mayores de entre la muchedumbre se ríen y aplauden: una reacción vigorosa.

El día promete ser sofocante y nadie ha traído paraguas. Gorras y boinas que en realidad no lo son cuando se dan la vuelta. Pañuelos y mapas de Roma son usados como protección contra el sol. No hemos traído nada y por la tarde el lado izquierdo de la cara de todo el mundo –mejilla y cuello incluidos–, se habrá puesto moreno en contraste con el lado derecho.

Las campanas de la basílica tocan un sonido suave y melodioso. De repente, la plaza se agita, todo el mundo se levanta de su sitio: un coche blanco llama la atención en el pasillo que rodea la plaza. Es el Papa, encorvado, concentrado. Levanta la cabeza, y, con una mano temblorosa, bendice a la multitud.

El coche llega hasta el estrado. El Papa camina hasta el altar sin que le ayuden, apoyándose en su báculo.

Anoche se reunieron muchos jóvenes frente a las habitaciones del Papa, formando un mar de voces que gritaba: “Viva il Papa!”, “Juan Pablo, segundo, te quiere todo el mundo”. Pero, esto ¿ha sido siempre así? El disparo que hace tiempo se escuchó en la plaza de San Pedro suscita la duda. Recuerdo perfectamente ese día de mayo... Nosotros –un grupo de laicos ortodoxos– estábamos reunidos para hacer oración en un apartamento en Moscú cuando sonó el teléfono comunicándonos la terrible noticia...

En el cielo inalterado de Buonarroti sobrevuela tímidamente un helicóptero con ruido estrepitoso. Desciende sobre la plaza, emerge desde detrás de la cúpula, desaparece entre los techos del Vaticano.. ¿qué está haciendo?, ¿filma?, ¿vela por la seguridad?

En la pantalla gigante de televisión aparece una toma desde las alturas de la multitud. Una masa de cabezas. Perdonadme por esta comparación, pero parece un recipiente de caviar completamente repleto. Miro alrededor y me doy cuenta de que cada huevo de caviar representa una cara concentrada, inteligente.

Sobre el Papa, por encima del baldaquino del altar en la fachada de la basílica, cuelga un gran tapiz de Josemaría Escrivá. La imagen de un santo: una cara amable con gafas sobre un fondo azul celeste, como un cielo pintado por Miguel Ángel Buonarroti.

Comienza la Misa. Nada más empezar, antes de la Liturgia de la Palabra, el Cardenal que está al frente de la Congregación para las Causas de los Santos se dirige al Papa para pedir la canonización de Escrivá y el Papa lee una declaración ensalzándolo.

Para facilitar que la gente siga la ceremonia, la liturgia del día ha sido imprimida y distribuida en distintas lenguas. El Papa pronuncia el canon eucarístico, iniciando así la parte más importante de la liturgia. La plaza de San Pedro, repleta de cientos de miles de personas unidas en la oración sacramental, guarda silencio. Es como si estuviéramos en una habitación vacía. Una mariposa revolotea, trazando un fluido cardiograma de silencio. La voz del Papa, la voz del órgano, la voz de las oraciones comunes. Comunión...

Un millar de sacerdotes se extienden en tres vertientes hacia los cuadrantes que, inmóviles, esperan en la plaza. Llevan en sus manos copones que contienen los dones sagrados y, como azucenas del campo, blancas sombrillas se abren sobre ellos. Cada uno sabe exactamente el lugar que debe ocupar.

Es sorprendente ver este orden tan perfecto que para los miembros del Opus Dei es algo normal. Aún dentro de los inmensos cuadrantes de sillas, las personas que comulgarían –y, repito, eran cientos de miles– no se empujaban sino que se acercaban serenamente a los sacerdotes con el copón.

La sombra del obelisco, como las manecillas del reloj, llega a la fila en que estábamos sentados nosotros. El obelisco, –este antiguo monumento traído desde Heliópolis– conmemora la muerte de los primeros mártires... En los días del Imperio Romano, el Circo de Nerón se encontraba exactamente en este lugar; arrojaban cristianos como carne viva para perros hambrientos y animales salvajes. Ahora, en este lugar está teniendo lugar un sacrificio incruento.

En el tapiz del santo se reflejan las manecillas de un reloj por encima de las cabezas de la multitud. Él también fue sometido a duros juicios; compartió la crucifixión de Cristo en las circunstancias de la vida ordinaria. Como dijo el Papa durante la audiencia con los participantes en la canonización, el día después de la ceremonia: “En el Fundador del Opus Dei destaca el amor a la voluntad de Dios. Existe un criterio seguro de santidad: la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina hasta las últimas consecuencias. El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros; a cada uno confía una misión en la tierra. El santo no logra ni siquiera concebirse a sí mismo fuera del designio de Dios: vive sólo para realizarlo. San Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada. La santidad está realmente al alcance de todos”

Ese mismo día, después de la Misa, el santo recién canonizado aparece en la pantalla de televisión... Un vídeo lo muestra en reuniones con diversos grupos. He aquí las palabras del mismo Escrivá. Le preguntan: “¿Cómo se puede amar a Jesús?”; “Estando con Él en la Palabra y en el Pan, hablando con Él todo el día. Aunque Cristo cuando viene, viene con una cruz: Enfermedad, traición. Tenemos que estar preparados para esas cosas. Cuando una persona está preparada, estas cosas tiran para arriba, la cruz exalta.” Y más: “Hay algo divino en la vida de cada día, y tú debes descubrirlo.” Y más aún: “Yo tengo muchos amigos que no son católicos...”

Nosotros entre ellos. Nosotros tres de Rusia. Si, si, sólo nosotros tres entre los cientos de miles que vinieron de 84 países.

El espíritu ecuménico forma parte del pontificado del Papa Juan Pablo II. Fue una sorpresa, y un regalo incalculable para todos que el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana apareciera en el estrado. ¡La plaza de San Pedro reventó de gozo!

Tenemos cerca dos hombres mayores. ¿Quiénes son? Gente del lugar, probablemente italianos. Tienen unos auriculares entre los dos y los comparten. Lo mismo hacen con unos prismáticos. De pie continuamente está a su lado una joven voluntaria con un extraño anillo en la nariz. Ella les ayudó a ver al Papa mientras pasaba cerca el coche. Era gracioso ver como los sostenía, al mismo tiempo que se tambaleaba como una hoja.

Un altavoz anuncia que está prohibido arrojar flores, banderas y cosas por el estilo al coche del Papa. Es costumbre que en ocasiones como ésta acerquen niños mientras pasa el Papa. Él los bendice y a veces los besa. Pero, de repente, un niño, caído de los brazos de su madre, aterriza en el regazo del papa... Un pequeño mensaje para el siglo XXI bajo la apariencia del llanto de un niño...