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Respeto a la palabra y a la persona
Pablo Cabellos

La definición de palabra que aporta el diccionario de la RAE es técnica y, a mi parecer, pobre: «Segmento del discurso unificado habitualmente por el acento, el significado y pausas potenciales inicial y final». Esta es la primera acepción. La tercera y cuarta son, respectivamente: «facultad de hablar» y «aptitud oratoria». Este gran don del hombre, que es su principal vehículo de comunicación, merece algo más. La palabra expresa belleza, enuncia la verdad, explica el bien, manifiesta sentimientos, se hace oración, sirve para compartir, etc. También es instrumento para el mal cuando construye mentiras, difama o es sencillamente lugar para la superficialidad.
Pero no intento hacer un discurso gramatical. Deseo ir más al fondo. En la vida cotidiana escuchamos muchísimas cosas: a través de los medios de comunicación, en una charla profesional, familiar o amigable, en reuniones u oyendo homilías y discursos. Se perciben locuciones hermosas y se leen temas que aportan e instruyen. Y también vaciedades, insultos o palabras ociosas, de las que, según las Escrituras, se nos pedirá cuenta. Hay palabras disgregadoras e insolidarias en la vida civil y en la eclesiástica, pero deberían ser instrumento de unidad entre los hombres en vez de una Babel que no viene causada por la natural diversidad, sino por el enconamiento separador, que es lo más opuesto al fin unitivo que tiene la capacidad de expresarse.

Con la palabra nos referimos a realidades diversas, a las que conseguimos conocer un poco mejor según el acierto del verbo empleado. Podemos ahondar en el hombre, en las instituciones, en los seres vivientes, en las cosas, en la esencia de lo espiritual, y tratar de expresarlos del modo más acertado. El respeto a la palabra es así respeto al ser de lo definido o descrito. Pero también «hay gentes que rebajan la palabra, que es uno de los dones más preciosos que el hombre ha recibido de Dios, regalo bellísimo para manifestar altos pensamientos de amor y de amistad con el Señor y con sus criaturas, hasta que se entienda por qué Santiago dice de la lengua que es un ´mundo entero de malicia´. Tantos daños puede producir: mentiras, denigraciones, deshonras, supercherías, insultos, susurraciones, torturas». Estas palabras de San Josemaría Escrivá reflejan una situación que sufrió en su propia carne. No fue siempre maldad, ni sectarismo. A veces se repiten tópicos falsos y viejos sencillamente por pereza, por falta de estudio, por superficialidad.
Quizá por eso G. Eliot alaba «al hombre que, no teniendo nada que decir, se abstiene de demostrárnoslo con sus palabras». Cuando no se tiene nada que aportar, o se hace mal o falta el conocimiento debido o se frivoliza lo tratado, entonces, el regalo bellísimo de la palabra se convierte en veneno que, lejos de exponer la verdad, la distorsiona, la convierte en mentira o en una vedad a medias que quizá es peor que la propia mentira. El mismo santo, en una entrevista a Time, afirmaba: «son mayoría -por fortuna- las publicaciones que no se contentan con repetir cosas viejas, y falsas; que tienen clara conciencia de que ser imparciales no es difundir algo a mitad de camino entre la realidad y la calumnia, sin esforzarse por reflejar la vedad objetiva». Porque ésa es otra vía para rebajar la palabra y lo que expresa. Como lo es, en ocasiones, un simple adjetivo que acerca la realidad a la orilla que conviene al orador o escritor aún a costa de deformarla. Sería mucho más noble que la orilla de todos fuera la del bien, la verdad, la belleza. No significa esto que la palabra no se utilice para opinar y discrepar libremente. «Bueno es llamar a las cosas por sus nombres, pero es mejor hallar para las cosas nombres bellos» (B. Jarnés). Así la libertad de expresión no constituiría un pasaporte para el insulto, la manipulación, la calumnia, el sectarismo o la mentira. No es ético ni estético. Rebaja al que la emplea, porque de la abundancia del corazón habla la boca, según se lee en Mateo. Y en el Libro del Buen Amor, el Arcipreste de Hita escribe que «el buen decir no cuesta más que la neçedad». Pero todo esto no es cuestión de leyes fundamentalmente -aunque sean precisas-, sino de educación, de elegancia, de respeto a la palabra y a la persona.
Pablo Cabellos, Levante, Valencia (España), 7 de febrero de 2006
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