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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Pues sé tú también muy loco, hijo mío
Con corazón de enamorado celebraba la Misa el Fundador del Opus Dei. Y con cariño la decía hasta en los detalles más menudos. Don Vicente Jabonero, histopatólogo de Oviedo, se fijó en uno, durante la Misa de Mons. Escrivá de Balaguer en el campus de la Universidad de Navarra en 1967. Le llamó la atención que, al rezar el Confiteor, hiciera una pausa en el Ideo, precor. El doctor Jabonero entendió que era lógico que fuese así, con la pausa propia de la coma, y no seguido: como si en castellano se dijera “por tanto, ruego a...” Y glosa: “la coma (pausa) era obligada. Entonces comprendí, prácticamente, lo que en Camino había escrito respecto de la oración vocal: Mira lo que dices y a quién lo dices...”.
Don Juan Antonio Paniagua, profesor de Historia de la Medicina, se acuerda del reducido piso de Valladolid, al que llamaban “El Rincón”. Se empleaba para la labor apostólica con estudiantes universitarios, al principio de los años cuarenta. Allí aprendió, de la mano del Fundador del Opus Dei, a valorar la importancia de los más pequeños gestos de amor a la Sagrada Eucaristía, a evitar cualquier improvisación en lo relativo al culto divino. Pues Juan Antonio Paniagua advirtió que estos detalles ante todo revelaban –velaban– un amor: un amor chiflado como el de aquel que describe Camino (438):
–¡Loco! –Ya te vi –te creías solo en la capilla episcopal– poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre Él, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos.
–¡Qué locura!, ¿verdad?, cuenta Paniagua que apuntó el Fundador del Opus Dei a Javier Silió, el más joven de los que entonces estaban allí.
–Sí, Padre, ¡qué locura!, dijo él, y le respondió:
–Pues sé tú también muy loco, hijo mío.
A raíz de la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer, el obispo de Aquisgrán, Mons. Pohlschneider expuso: “Los sesenta mil socios del Opus Dei lloran la muerte del Padre, que se les ha ido. Pero después de su muerte le guardarán fidelidad interior, porque saben lo que le deben. Pueden decir, con palabras de Lacordaire: “La felicidad más grande que un hombre puede gozar en la tierra es haber encontrado en la vida a un verdadero hombre según el corazón de Dios, a un auténtico sacerdote”.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Don Juan Antonio Paniagua, profesor de Historia de la Medicina, se acuerda del reducido piso de Valladolid, al que llamaban “El Rincón”. Se empleaba para la labor apostólica con estudiantes universitarios, al principio de los años cuarenta. Allí aprendió, de la mano del Fundador del Opus Dei, a valorar la importancia de los más pequeños gestos de amor a la Sagrada Eucaristía, a evitar cualquier improvisación en lo relativo al culto divino. Pues Juan Antonio Paniagua advirtió que estos detalles ante todo revelaban –velaban– un amor: un amor chiflado como el de aquel que describe Camino (438):
–¡Loco! –Ya te vi –te creías solo en la capilla episcopal– poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre Él, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos.
–¡Qué locura!, ¿verdad?, cuenta Paniagua que apuntó el Fundador del Opus Dei a Javier Silió, el más joven de los que entonces estaban allí.
–Sí, Padre, ¡qué locura!, dijo él, y le respondió:
–Pues sé tú también muy loco, hijo mío.
A raíz de la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer, el obispo de Aquisgrán, Mons. Pohlschneider expuso: “Los sesenta mil socios del Opus Dei lloran la muerte del Padre, que se les ha ido. Pero después de su muerte le guardarán fidelidad interior, porque saben lo que le deben. Pueden decir, con palabras de Lacordaire: “La felicidad más grande que un hombre puede gozar en la tierra es haber encontrado en la vida a un verdadero hombre según el corazón de Dios, a un auténtico sacerdote”.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
- Un sacerdote cien por cien
- Alma sacerdotal y mentalidad laical
- La Misa, centro y la raíz de la vida interior
- Amor a la Sagrada Eucaristía
- Una Misa en pleno monte
- Pues sé tú también muy loco, hijo mío
- Yo soy anticlerical porque amo al sacerdote
- Un sacerdote que sólo hablaba de Dios
- Tres amores: Cristo, María, el Papa
- Manifestaciones de cariño a la Virgen y a San José
- En los momentos decisivos de la historia del Opus Dei
- Padre cura, ésta no vale 'na' ¡la nuestra es la que vale!
- La Virgen y por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra
- Diréis que el Padre amaba al Papa con toda su alma
- Un sacerdote español 'muy romano'
- Afán por todas las almas
- Solicitud sacerdotal
- Contagiar de entusiasmo sacerdotal a los sacerdotes
- Retiros que dejan huella
- Rezad por todos los sacerdotes
- Amor a los religiosos
- El tesoro de la Iglesia
- Muchas vocaciones
- Madrid, 2 de octubre de 1928
- Instrumento inepto y sordo
- Viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo
- Se escapaban las almas como las anguilas en el agua
- Una nueva visión del trabajo
- La característica más decisiva de su personalidad
- Y el Fundador del Opus Dei siguió trabajando
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