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Presentación de la primera edición en árabe de "Es Cristo que pasa"
Mons. Boulos Matar
Según el Arzobispo maronita de Beirut, Mons. Boulos Matar, las enseñanzas de san Josemaría: "son una llamada a que el paso de Dios entre nosotros sea ocasión para salvar nuestra vida, y conducirla a su fin, siguiendo a Cristo, imitándole y cumpliendo sus mandamientos".
Cuando éramos pequeños, a los diez años, más o menos, nuestros padres nos contaban que Nuestro Señor Jesucristo pasa por el vecindario a medianoche, en la fiesta del Bautismo del Señor (Fiesta de la Epifanía en la Liturgia maronita), y por toda la tierra. En ese momento todas las cosas se postraban delante de Él; también los árboles de los bosques, excepto uno: la higuera. Es posible que esta excepción esté arraigada entre la gente, debido a la maldición que Jesús hizo descender sobre ese árbol porque no tenía fruto, y porque Judas se ahorcó en él.
En todo caso, me acuerdo que velaba hasta medianoche durante esas fiestas en la ventana de nuestra vieja casa para ver, en vivo, la postración de los árboles ante el paso de Jesús. A veces fuertes vientos doblaban los árboles, pero siempre quedaba uno que no se arrodillaba, o al menos yo lo imaginaba así. Con el paso de los años he comprendido el sentido de esa fe con la seguridad de que la venida de Jesús entre nosotros supone el comienzo de la salvación, y que la naturaleza puede está más preparada para recibir a su Creador y obedecerle que el hombre que rechaza la sumisión y se enorgullece: sólo se postra ante sí mismo o ante las cosas hechas por él mismo.
A este mundo encantado fui transportado por el título del libro de San Josemaría Escrivá, fundador de la Prelatura del Opus Dei. "Es Crsito que pasa", como si fuera para todos nosotros una llamada a que el paso de Dios entre nosotros sea ocasión para salvar nuestra vida, y conducirla a su fin, siguiéndole, imitándole y cumpliendo sus mandamientos. En este recorrido somos iluminados por Aquél que dice de sí mismo “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
Permitidme ahora, antes de abrir el libro y leer su contenido y hablar del autor mismo, porque, como se adivina por el título, es fruto de la fatiga del escritor, el resultado de su reflexión y el reflejo de su personalidad.
Este santo vio la luz en España, el 9 de enero de 1902. Murió en 1975, a los 73 años de edad. Vivió cincuenta años de sacerdocio y, al servicio del Opus Dei, que le debe su existencia. Fue durante su adolescencia cuando comenzaron a aparecer poco a poco los signos de una vocación especial, personal; una misión que Dios le encargó realizar.
Esta vocación se caracteriza, desde nuestro punto de vista, por dos características principales. La primera es el anuncio del Evangelio, la predicación y la dirección espiritual, más que la celebración de los sacramentos como se hace en una parroquia, tales como el Bautismo, la Confirmación, el Matrimonio y el acompañamiento de los enfermos en su sufrimiento. El hombre que tenía esta vocación vio, por inspiración divina, que debía consagrarse a recordar el mensaje de la llamada a la santidad, como el apóstol Pablo, que dijo de si mismo: “Cristo me ha enviado a predicar y no a bautizar”. Es el deseo de acompañar a las almas, en su camino hacia Dios; a las almas que buscan una ayuda cuando Cristo pasa a su lado. Es entonces cuando brilla sobre ellas el sol de la gracia y del amor, y comienzan a progresar en el camino del Señor, que es la razón de su alegría y les ofrece la buena nueva del Reino de Dios.
La segunda característica de esta vocación está en la gran importancia dada al significado de la santidad, y a vivirla no sólo en la vida clerical sino también en la vida de cada creyente, independientemente de su situación social. La santidad es una llamada universal a todos los fieles y no una vocación específica para los consagrados. Se realiza a través de la vida ordinaria, y por el cumplimiento del deber de cada uno. Este deber es en sí mismo un camino de santidad.
Ser santos es una necesidad urgente en medio del siglo veinte, en la espiritualidad de San Josemaría, y en el Concilio Vaticano II, que presentó una imagen del cristianismo como Pueblo de Dios. Esta imagen es clara en los Hechos de los Apóstoles y en las epístolas de Pablo, que no escribía sólo para los sacerdotes, sino para todos los fieles, en cada ciudad, dirigiéndose a ellos como los santos bendecidos por Dios sin excepción. La espiritualidad que emanó de las órdenes religiosas, tan eficaz en la vida de la Iglesia, daba la impresión que la santidad estaba reservada solamente a los que entran en esas órdenes, y que el trabajo de la gente corriente, no tiene ninguna relación con la santidad. O que la santidad consiste en salir del mundo, y no en santificarlo en todos los ámbitos personales: familiares, sociales, políticos, internacionales… Aquí aparece el Concilio Vaticano II para iluminar la misión de los laicos en la Iglesia. No hay duda de que el trabajo de San Josemaría fue en esta dirección antes y después del concilio, y que ese trabajo vino por inspiración de la Iglesia. Él también, a su vez, la inspiró enormemente.
Eso es lo que podemos decir del autor del libro, que nos presenta hoy Monseñor Jesús González, nuestro querido amigo que vosotros conocéis y queréis, responsable del Opus Dei en el Líbano, desde su capital Beirut y su obispado. Y si no he conseguido presentar bien al escritor, le toca a él añadir y compensar lo que falte, gracias a su conocimiento especial, él que lleva esta institución en el corazón, y la dirige en nuestro país, realizando así el sueño visto por el santo fundador de hacer llegar su misión a las costas libanesas. Aprovecho de nuevo esta ocasión para acoger esta espiritualidad, y a los que la viven, luchando en el interior de la Iglesia por nuestro país, nuestro pueblo y por la misión única del Líbano en esta región del mundo.
En cuanto al libro del que hablamos, está compuesto de varias homilías, siguiendo el año litúrgico, desde la preparación del Nacimiento del Salvador, pasando por la Epifanía, por la Cuaresma -que prepara la celebración del memorial de la muerte y de la Resurrección-, por el solemne inicio de la Iglesia en Pentecostés; llegando a la fiesta de la Santísima Virgen en verano, y terminando con la fiesta de Cristo Rey, como si esta fiesta fuese una estación de llegada, siempre deseada, celebrada al terminar cada año litúrgico, en la esperanza de la gran fiesta del retorno de Cristo, y el cumplimiento de su reinado sobre todo universo.
El año litúrgico es en el fondo una ocasión que se nos presenta para vivir nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. Y éstas son gracias divinas que nos han sido dadas desde nuestro bautismo y confirmación en Cristo. No quisiera comparar esta dialéctica entre la línea ascendente de la vida personal de cada hombre, y la línea circular que se vive un año tras otro, lo que se conoce en la antropología, por la dialéctica entre el dato fundamental, es decir, equivalente al mito, y lo celebrado en los días de fiesta, que se conoce con el nombre de rito. Pero la Iglesia ha querido, en la sucesión de las fiestas, cada año, hacernos penetrar en el misterio de Cristo. Así estas fiestas llegan a ser estaciones sucesivas en nuestra vida, en las que tomamos fuerza para continuar la marcha en nuestra larga ruta hacia el fin último de la existencia. En estas estaciones encontraremos a Cristo y no nos desviaremos. Pero si nos desviáramos, podremos volver, por el arrepentimiento y la confesión. Retomaremos así el gran camino de la vida, corregiremos el rumbo y marcharemos de nuevo según su orientación.
Después de estas primeras consideraciones sobre el libro, y subrayando en dos palabras el estilo del autor, que se caracteriza por la profundidad teológica y la relación entre el Evangelio y la vida, utilizando un lenguaje al alcance de todo el mundo, comenzamos la lectura de los sucesivos capítulos. Así nos encontraremos en un estado de meditación continua, en el divino evento, y en la gracia que nos ofrece Dios para vivir este acontecimiento. El escritor dice que el año litúrgico es el camino de Dios. Nosotros lo aprendemos para dirigirnos con serenidad. Pero el autor nos recuerda directamente que, la santidad (aunque sea en medio de la vida ordinaria) no se realiza efectivamente por la indiferencia y el dejarse llevar, sino por la vigilia y el sentido de responsabilidad. Así, si Dios nos habla, por ejemplo, debemos responderle, y poner nuestras almas al servicio del Evangelio. Porque son los cristianos quienes completan la acción de los apóstoles, y lo que les mantendrá en el camino de Dios, será la aceptación de su Palabra en todo momento, y la participación eficaz y continua en los misterios divinos. Este punto de vista hacia la Palabra Divina y la Eucaristía se convierten en una parte de nuestra vida y de nuestra personalidad. Así pues, el cristiano es el hombre de la escucha, del desvelo, del estar siempre preparado, del servicio, por amor a Dios. Así el autor nos habla de la Navidad, y nos invita a arrodillarnos delante del Niño en la cuna, y agradecer al Cielo que se haya inclinado hacia la tierra. También nos recuerda la humildad de Dios, y todo el bien que Él quiere para nosotros a través de esta humildad. Cristo ha venido para servir, y si no le imitamos en esa virtud nuestro vínculo con Él se vuelve afectivo, pero no eficaz. Y está convencido de que estamos llamados a vincularnos con Cristo, para hacer su trabajo y cumplir la voluntad del Padre, como lo hizo Jesús; y eso cada día, en toda ocasión, sean cuales sean las circunstancias.
Con la llegada de la Navidad, el autor contempla la Sagrada Familia, a partir de la cual habla de cada familia cristiana, y de cómo deben parecerse en la santidad de la Primera Familia, la Familia ideal. Llama la atención diciendo que la imitación de Cristo no será dura, pero tampoco fácil. Y es que tenemos necesidad, en nuestra vida, de una fuerza divina, que nos ponga en estado de poder hacer el bien, porque la obra humana es también la obra divina. A partir de este principio, San Josemaría se adentra en la contemplación de San José, y del rostro de María, declarando que José es el modelo del servidor fiel, a partir de su vida corriente y de la obediencia total y generosa a la voluntad divina. José fue maestro de Jesús y su servidor, siempre dispuesto para defenderlo, cumpliendo todo esto alegremente y con una caridad perfecta, que dirige su vida y sus acciones. El santo Escrivá nos enseña en este libro y en todos sus escritos, que los santos son nuestro ejemplo perfecto, próximos a nosotros, y los hijos de Dios. Si contemplamos su manera de obrar, la nuestra mejorará y se alejará del mal.
Pasa después, de la etapa de Navidad, dentro del año litúrgico, a la de Cuaresma, y la preparación de la fiesta de Pascua. Pero quisiera señalar que en esta rápida lectura no pongo delante de vosotros todos los tesoros del libro, ya que mi papel en esta intervención consiste particularmente en invitaros a descubrir personalmente esos tesoros, leyéndolos y meditándolos. El autor dice que la Cuaresma es el tiempo del retorno a Dios. No es pues una estación de fiesta sino una ocasión de convertirse. Es un tiempo bendecido, y, efectivamente, el tiempo de la ascensión fiel a la obediencia de Cristo y a vivir según sus mandamientos. Por esto el escritor nos remarca las tentaciones vividas por Cristo durante su ayuno y preparación para su solemne misión, que son tentaciones en la obediencia al Padre y en la libertad, que nos caracteriza, evitando así de hundirnos en las riquezas del mundo hasta asfixiarnos. A partir de esta meditación el santo nos llama a vencer, también nosotros, las tentaciones por las que pasamos, y a no ahogarnos en el mundo, sino a poner todas las cosas de este mundo en su justo lugar. Así pues, el camino de Cristo no es un simple paseo, sino una lucha y una victoria, que nos llevan a propagar el perfume del amor. Y de allí se descubre que la victoria pasa por la cruz y el sacrificio con Cristo crucificado y resucitado de la muerte.
En conclusión, esta meditación del período de Cuaresma nos conduce a la meditación siguiente, al valor de la muerte de Cristo y de su Resurrección. El autor subraya aquí una verdad esencial: la muerte de Cristo es un camino para el cristiano, y la salvación segura. ¿No es eso lo que se canta a la Virgen, en nuestra oración maronita, la noche del Viernes Santo, diciendo: “Que la muerte de Tu Hijo dé la vida a los que la piden?” La muerte de Cristo se convierte pues para nosotros, en fuerza para la realización de nuestra vida. Y en eso Dios no niega nuestra libertad, ni cambia nuestra flaqueza de un modo extraordinario, sino que respeta esa libertad y conoce esa flaqueza. Pero por su muerte y su sacrificio extremo nos da una capacidad de amor tan grande que se puede vencer nuestra debilidad. La victoria de Cristo en su Resurrección, ofrece un impulso a nuestra Vitoria en la caridad, que es capaz de todo en nosotros. El Gólgota se convierte en un paso hacia la caridad, y por eso se convierte también en camino de salvación.
Después el escritor pasa, siguiendo el año litúrgico, a la etapa de Pentecostés, invitándonos en esta ocasión a comprender bien el sentido del apostolado cristiano, que es lo que les sucedió a los apóstoles, quienes correspondieron totalmente a su misión, el día de Pentecostés por la fuerza del Espíritu Santo. ¿Es que se puede celebrar la Pentecostés y el inicio de la Iglesia sin profundizar en el espíritu del cristianismo y de su misión? El autor plantea la cuestión en el mundo actual, con sus dificultades espirituales, a todos los niveles, diciendo: “¿Es que Cristo ha fracasado, después de dos mil años de la vida de la Iglesia y de sus primeros impulsos?” A esta pregunta responde claramente: “No, Cristo no ha fracasado.” Luego declara que debemos, en todo momento, obedecer al Espíritu Santo, que es capaz de crear el mundo de nuevo y de cambiar la faz de la tierra.
Del Espíritu Santo y de su acción en la tierra, pasa el autor a la consideración del papel de la Virgen María en la vida de la Iglesia y de su misión. Dice que María construye la Iglesia continuamente, porque ella reúne a sus hijos y les une con la Cabeza, que es su Hijo Jesús, y les une entre ellos como miembros del único Cuerpo Místico. La Madre de Cristo es también la Madre de los cristianos, en eso aprendemos a ser hijos de María, que se inclina hacia nosotros con amor. Es entonces cuando vivimos con Ella una intimidad espiritual, haciendo entrar el calor en nuestros corazones. Por esta filiación seremos impulsados a la vida apostólica, con María, y por su intercesión.
Finalmente el autor nos hace llegar a la fiesta de Cristo Rey, esa fiesta que profetiza el fin del mundo, donde el Señor reúne los buenos a su derecha y los malos a su izquierda, y juzga al mundo entero. Pero antes que esto, dice el escritor, se pide que Cristo reine sobre nosotros, sus servidores y sus apóstoles, y que aceptemos a este Rey con amor. El mundo no quiere el reino de Cristo, porque tiene sus proyectos y su modo de vida. Pero estos planes se vacían de humanidad, tarde o temprano, contra los que los llevan a cabo. Cara a esto, los que aman a Cristo, ganarán por Su amor, y el Reino de Dios crecerá en libertad y en fuerza, hasta que todo sea cumplido.
Al final de mi discurso quisiera mencionar una observación del santo escritor, con la que termina su libro, diciendo, en la página 400: “Yo he predicado durante mi vida entera la libertad personal, unida a la responsabilidad personal. La he buscado como Diógenes buscaba un hombre”. En este sentido, nosotros hacemos lo que podemos, y Dios completa en nosotros, y con nosotros, su creación y su voluntad. También el autor recomienda la libertad responsable para todos, declarando que el Reino de Dios será llevado a cabo gracias a esa libertad y a esa responsabilidad y a la gracia de Dios que todo lo puede. El libro termina con un acto de fe en Dios y en el hombre sometido a la voluntad de Dios, que se dirige por el camino de Dios hacia el Reino de los cielos. En conclusión, cuando Cristo pasa, la tierra florece, el hombre se encuentra a sí mismo, porque ha encontrado a su Señor.
Muchas gracias.

En todo caso, me acuerdo que velaba hasta medianoche durante esas fiestas en la ventana de nuestra vieja casa para ver, en vivo, la postración de los árboles ante el paso de Jesús. A veces fuertes vientos doblaban los árboles, pero siempre quedaba uno que no se arrodillaba, o al menos yo lo imaginaba así. Con el paso de los años he comprendido el sentido de esa fe con la seguridad de que la venida de Jesús entre nosotros supone el comienzo de la salvación, y que la naturaleza puede está más preparada para recibir a su Creador y obedecerle que el hombre que rechaza la sumisión y se enorgullece: sólo se postra ante sí mismo o ante las cosas hechas por él mismo.
A este mundo encantado fui transportado por el título del libro de San Josemaría Escrivá, fundador de la Prelatura del Opus Dei. "Es Crsito que pasa", como si fuera para todos nosotros una llamada a que el paso de Dios entre nosotros sea ocasión para salvar nuestra vida, y conducirla a su fin, siguiéndole, imitándole y cumpliendo sus mandamientos. En este recorrido somos iluminados por Aquél que dice de sí mismo “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
Permitidme ahora, antes de abrir el libro y leer su contenido y hablar del autor mismo, porque, como se adivina por el título, es fruto de la fatiga del escritor, el resultado de su reflexión y el reflejo de su personalidad.
Este santo vio la luz en España, el 9 de enero de 1902. Murió en 1975, a los 73 años de edad. Vivió cincuenta años de sacerdocio y, al servicio del Opus Dei, que le debe su existencia. Fue durante su adolescencia cuando comenzaron a aparecer poco a poco los signos de una vocación especial, personal; una misión que Dios le encargó realizar.
Esta vocación se caracteriza, desde nuestro punto de vista, por dos características principales. La primera es el anuncio del Evangelio, la predicación y la dirección espiritual, más que la celebración de los sacramentos como se hace en una parroquia, tales como el Bautismo, la Confirmación, el Matrimonio y el acompañamiento de los enfermos en su sufrimiento. El hombre que tenía esta vocación vio, por inspiración divina, que debía consagrarse a recordar el mensaje de la llamada a la santidad, como el apóstol Pablo, que dijo de si mismo: “Cristo me ha enviado a predicar y no a bautizar”. Es el deseo de acompañar a las almas, en su camino hacia Dios; a las almas que buscan una ayuda cuando Cristo pasa a su lado. Es entonces cuando brilla sobre ellas el sol de la gracia y del amor, y comienzan a progresar en el camino del Señor, que es la razón de su alegría y les ofrece la buena nueva del Reino de Dios.
La segunda característica de esta vocación está en la gran importancia dada al significado de la santidad, y a vivirla no sólo en la vida clerical sino también en la vida de cada creyente, independientemente de su situación social. La santidad es una llamada universal a todos los fieles y no una vocación específica para los consagrados. Se realiza a través de la vida ordinaria, y por el cumplimiento del deber de cada uno. Este deber es en sí mismo un camino de santidad.
Ser santos es una necesidad urgente en medio del siglo veinte, en la espiritualidad de San Josemaría, y en el Concilio Vaticano II, que presentó una imagen del cristianismo como Pueblo de Dios. Esta imagen es clara en los Hechos de los Apóstoles y en las epístolas de Pablo, que no escribía sólo para los sacerdotes, sino para todos los fieles, en cada ciudad, dirigiéndose a ellos como los santos bendecidos por Dios sin excepción. La espiritualidad que emanó de las órdenes religiosas, tan eficaz en la vida de la Iglesia, daba la impresión que la santidad estaba reservada solamente a los que entran en esas órdenes, y que el trabajo de la gente corriente, no tiene ninguna relación con la santidad. O que la santidad consiste en salir del mundo, y no en santificarlo en todos los ámbitos personales: familiares, sociales, políticos, internacionales… Aquí aparece el Concilio Vaticano II para iluminar la misión de los laicos en la Iglesia. No hay duda de que el trabajo de San Josemaría fue en esta dirección antes y después del concilio, y que ese trabajo vino por inspiración de la Iglesia. Él también, a su vez, la inspiró enormemente.
Eso es lo que podemos decir del autor del libro, que nos presenta hoy Monseñor Jesús González, nuestro querido amigo que vosotros conocéis y queréis, responsable del Opus Dei en el Líbano, desde su capital Beirut y su obispado. Y si no he conseguido presentar bien al escritor, le toca a él añadir y compensar lo que falte, gracias a su conocimiento especial, él que lleva esta institución en el corazón, y la dirige en nuestro país, realizando así el sueño visto por el santo fundador de hacer llegar su misión a las costas libanesas. Aprovecho de nuevo esta ocasión para acoger esta espiritualidad, y a los que la viven, luchando en el interior de la Iglesia por nuestro país, nuestro pueblo y por la misión única del Líbano en esta región del mundo.
En cuanto al libro del que hablamos, está compuesto de varias homilías, siguiendo el año litúrgico, desde la preparación del Nacimiento del Salvador, pasando por la Epifanía, por la Cuaresma -que prepara la celebración del memorial de la muerte y de la Resurrección-, por el solemne inicio de la Iglesia en Pentecostés; llegando a la fiesta de la Santísima Virgen en verano, y terminando con la fiesta de Cristo Rey, como si esta fiesta fuese una estación de llegada, siempre deseada, celebrada al terminar cada año litúrgico, en la esperanza de la gran fiesta del retorno de Cristo, y el cumplimiento de su reinado sobre todo universo.

Después de estas primeras consideraciones sobre el libro, y subrayando en dos palabras el estilo del autor, que se caracteriza por la profundidad teológica y la relación entre el Evangelio y la vida, utilizando un lenguaje al alcance de todo el mundo, comenzamos la lectura de los sucesivos capítulos. Así nos encontraremos en un estado de meditación continua, en el divino evento, y en la gracia que nos ofrece Dios para vivir este acontecimiento. El escritor dice que el año litúrgico es el camino de Dios. Nosotros lo aprendemos para dirigirnos con serenidad. Pero el autor nos recuerda directamente que, la santidad (aunque sea en medio de la vida ordinaria) no se realiza efectivamente por la indiferencia y el dejarse llevar, sino por la vigilia y el sentido de responsabilidad. Así, si Dios nos habla, por ejemplo, debemos responderle, y poner nuestras almas al servicio del Evangelio. Porque son los cristianos quienes completan la acción de los apóstoles, y lo que les mantendrá en el camino de Dios, será la aceptación de su Palabra en todo momento, y la participación eficaz y continua en los misterios divinos. Este punto de vista hacia la Palabra Divina y la Eucaristía se convierten en una parte de nuestra vida y de nuestra personalidad. Así pues, el cristiano es el hombre de la escucha, del desvelo, del estar siempre preparado, del servicio, por amor a Dios. Así el autor nos habla de la Navidad, y nos invita a arrodillarnos delante del Niño en la cuna, y agradecer al Cielo que se haya inclinado hacia la tierra. También nos recuerda la humildad de Dios, y todo el bien que Él quiere para nosotros a través de esta humildad. Cristo ha venido para servir, y si no le imitamos en esa virtud nuestro vínculo con Él se vuelve afectivo, pero no eficaz. Y está convencido de que estamos llamados a vincularnos con Cristo, para hacer su trabajo y cumplir la voluntad del Padre, como lo hizo Jesús; y eso cada día, en toda ocasión, sean cuales sean las circunstancias.
Con la llegada de la Navidad, el autor contempla la Sagrada Familia, a partir de la cual habla de cada familia cristiana, y de cómo deben parecerse en la santidad de la Primera Familia, la Familia ideal. Llama la atención diciendo que la imitación de Cristo no será dura, pero tampoco fácil. Y es que tenemos necesidad, en nuestra vida, de una fuerza divina, que nos ponga en estado de poder hacer el bien, porque la obra humana es también la obra divina. A partir de este principio, San Josemaría se adentra en la contemplación de San José, y del rostro de María, declarando que José es el modelo del servidor fiel, a partir de su vida corriente y de la obediencia total y generosa a la voluntad divina. José fue maestro de Jesús y su servidor, siempre dispuesto para defenderlo, cumpliendo todo esto alegremente y con una caridad perfecta, que dirige su vida y sus acciones. El santo Escrivá nos enseña en este libro y en todos sus escritos, que los santos son nuestro ejemplo perfecto, próximos a nosotros, y los hijos de Dios. Si contemplamos su manera de obrar, la nuestra mejorará y se alejará del mal.
Pasa después, de la etapa de Navidad, dentro del año litúrgico, a la de Cuaresma, y la preparación de la fiesta de Pascua. Pero quisiera señalar que en esta rápida lectura no pongo delante de vosotros todos los tesoros del libro, ya que mi papel en esta intervención consiste particularmente en invitaros a descubrir personalmente esos tesoros, leyéndolos y meditándolos. El autor dice que la Cuaresma es el tiempo del retorno a Dios. No es pues una estación de fiesta sino una ocasión de convertirse. Es un tiempo bendecido, y, efectivamente, el tiempo de la ascensión fiel a la obediencia de Cristo y a vivir según sus mandamientos. Por esto el escritor nos remarca las tentaciones vividas por Cristo durante su ayuno y preparación para su solemne misión, que son tentaciones en la obediencia al Padre y en la libertad, que nos caracteriza, evitando así de hundirnos en las riquezas del mundo hasta asfixiarnos. A partir de esta meditación el santo nos llama a vencer, también nosotros, las tentaciones por las que pasamos, y a no ahogarnos en el mundo, sino a poner todas las cosas de este mundo en su justo lugar. Así pues, el camino de Cristo no es un simple paseo, sino una lucha y una victoria, que nos llevan a propagar el perfume del amor. Y de allí se descubre que la victoria pasa por la cruz y el sacrificio con Cristo crucificado y resucitado de la muerte.
En conclusión, esta meditación del período de Cuaresma nos conduce a la meditación siguiente, al valor de la muerte de Cristo y de su Resurrección. El autor subraya aquí una verdad esencial: la muerte de Cristo es un camino para el cristiano, y la salvación segura. ¿No es eso lo que se canta a la Virgen, en nuestra oración maronita, la noche del Viernes Santo, diciendo: “Que la muerte de Tu Hijo dé la vida a los que la piden?” La muerte de Cristo se convierte pues para nosotros, en fuerza para la realización de nuestra vida. Y en eso Dios no niega nuestra libertad, ni cambia nuestra flaqueza de un modo extraordinario, sino que respeta esa libertad y conoce esa flaqueza. Pero por su muerte y su sacrificio extremo nos da una capacidad de amor tan grande que se puede vencer nuestra debilidad. La victoria de Cristo en su Resurrección, ofrece un impulso a nuestra Vitoria en la caridad, que es capaz de todo en nosotros. El Gólgota se convierte en un paso hacia la caridad, y por eso se convierte también en camino de salvación.
Después el escritor pasa, siguiendo el año litúrgico, a la etapa de Pentecostés, invitándonos en esta ocasión a comprender bien el sentido del apostolado cristiano, que es lo que les sucedió a los apóstoles, quienes correspondieron totalmente a su misión, el día de Pentecostés por la fuerza del Espíritu Santo. ¿Es que se puede celebrar la Pentecostés y el inicio de la Iglesia sin profundizar en el espíritu del cristianismo y de su misión? El autor plantea la cuestión en el mundo actual, con sus dificultades espirituales, a todos los niveles, diciendo: “¿Es que Cristo ha fracasado, después de dos mil años de la vida de la Iglesia y de sus primeros impulsos?” A esta pregunta responde claramente: “No, Cristo no ha fracasado.” Luego declara que debemos, en todo momento, obedecer al Espíritu Santo, que es capaz de crear el mundo de nuevo y de cambiar la faz de la tierra.
Del Espíritu Santo y de su acción en la tierra, pasa el autor a la consideración del papel de la Virgen María en la vida de la Iglesia y de su misión. Dice que María construye la Iglesia continuamente, porque ella reúne a sus hijos y les une con la Cabeza, que es su Hijo Jesús, y les une entre ellos como miembros del único Cuerpo Místico. La Madre de Cristo es también la Madre de los cristianos, en eso aprendemos a ser hijos de María, que se inclina hacia nosotros con amor. Es entonces cuando vivimos con Ella una intimidad espiritual, haciendo entrar el calor en nuestros corazones. Por esta filiación seremos impulsados a la vida apostólica, con María, y por su intercesión.
Finalmente el autor nos hace llegar a la fiesta de Cristo Rey, esa fiesta que profetiza el fin del mundo, donde el Señor reúne los buenos a su derecha y los malos a su izquierda, y juzga al mundo entero. Pero antes que esto, dice el escritor, se pide que Cristo reine sobre nosotros, sus servidores y sus apóstoles, y que aceptemos a este Rey con amor. El mundo no quiere el reino de Cristo, porque tiene sus proyectos y su modo de vida. Pero estos planes se vacían de humanidad, tarde o temprano, contra los que los llevan a cabo. Cara a esto, los que aman a Cristo, ganarán por Su amor, y el Reino de Dios crecerá en libertad y en fuerza, hasta que todo sea cumplido.
Al final de mi discurso quisiera mencionar una observación del santo escritor, con la que termina su libro, diciendo, en la página 400: “Yo he predicado durante mi vida entera la libertad personal, unida a la responsabilidad personal. La he buscado como Diógenes buscaba un hombre”. En este sentido, nosotros hacemos lo que podemos, y Dios completa en nosotros, y con nosotros, su creación y su voluntad. También el autor recomienda la libertad responsable para todos, declarando que el Reino de Dios será llevado a cabo gracias a esa libertad y a esa responsabilidad y a la gracia de Dios que todo lo puede. El libro termina con un acto de fe en Dios y en el hombre sometido a la voluntad de Dios, que se dirige por el camino de Dios hacia el Reino de los cielos. En conclusión, cuando Cristo pasa, la tierra florece, el hombre se encuentra a sí mismo, porque ha encontrado a su Señor.
Muchas gracias.
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