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Testimonios

Por el mensaje de una estampa

Anastasia Ngumuta, médico y ama de casa, Nairobi, Kenia

1 de enero de 2001

Etiquetas: Familia y profesión, Filiación divina, Visión sobrenatural, Oración estampa san Josemaría
Soy médico en una clínica privada de Nairobi, Kenia. Estoy casada y tengo cuatro hijos de 24, 23, 20, y 11 años y medio.

Nací y me crié en un marco rural en el Distrito Machakos de Kenia. Mi padre tenía un trabajo humilde en Nairobi y durante la mayor parte del tiempo, mis siete hermanas y yo vivíamos con nuestra madre. Mi madre trabajaba duro como campesina para completar los ingresos de mi padre en una zona semiárida. A mis hermanas y a mí nos enseñaron a trabajar mucho y a valorar la vida familiar, pues la nuestra era una familia feliz.

Mi padre era singular en el sentido de que estaba satisfecho de querer y educar a hijas en una zona y en una época en la que las hijas no eran muy valoradas. Cuando mi padre murió, yo tenia 18 años, y mi madre pasó una época muy difícil para mantener escolarizadas a mis hermanas pequeñas en medio de la oposición de algunos familiares.

Me casé a una edad temprana, cuando cursaba primero de Medicina. Siguiendo el ejemplo de mis padres, trabajé duro en mis estudios y, a la vez, logré ocuparme de una familia que crecía. Curiosamente, fue mientras estaba en la Universidad cuando tuve la suerte de hacerme con una estampa de san Josemaría. No recuerdo si alguien me habló de él o no, pero me atrajo su enseñanza: la estampa indicaba que fundó el Opus Dei, un camino hacia la santidad cumpliendo con los deberes corrientes de la vida. Recé esa estampa fielmente a lo largo de los años, pues me emocionaba el mensaje de la oración.

En algún momento compré un ejemplar de “Camino” y lo leí un poco, pero no me interesé mucho. Fue cuando nuestro tercer hijo comenzó a asistir a la Escuela Primaria Strathmore cuando aprendí lo que es “este camino hacia la santidad haciendo cosas corrientes”. Admiré la manera de ocuparse de los alumnos y la molestia que los profesores se tomaban para hacernos participar en la educación de nuestros hijos. Era asombroso que las reuniones de padres se convocaran fuera de su jornada laboral ¡y ni siquiera nos lo cobraban!

Cuando tuve noticia de un viaje para asistir a la beatificación de san Josemaría, decidí sin más ir a Roma como amiga del Opus Dei y desde entonces mi vida ha cambiado completamente. Justo antes del viaje asistí por primera vez a un retiro espiritual, que me emocionó profundamente y me abrió nuevos horizontes. Con el tiempo, adquirí varios libros de san Josemaría y sobre su vida y los leí con gran interés.

Mi perspectiva de la vida ha cambiado. El esfuerzo que supone trabajar en un empleo a tiempo completo, ocuparme de mi marido y mis hijos y los familiares ya no produce el sentimiento de frustración que solía producir. He descubierto que la alegría es compatible con el sufrimiento.

El saber que todos somos hijos e hijas de Dios y hermanos y hermanas de Cristo me ayuda a tratar a mis pacientes con respeto, atendiendo sus necesidades pacientemente. Veo en los enfermos el tesoro que san Josemaría decía que eran, y procuro enseñarles a ofrecer su sufrimiento a nuestro Señor, a la vez que hago lo que puedo para aliviárselo. Durante el día procuro darme cuenta de que trabajo para Dios, y no simplemente por el dinero o el prestigio.

Ya en los primeros momentos me di cuenta de cómo san Josemaría amaba la institución del matrimonio y enseñaba que la familia es la unidad básica de la sociedad, y si se destruye la familia, la sociedad se desintegra. Por ello organizo mi cargado horario de modo que gane tiempo para mi marido y mis hijos.

He tenido que privarme de varias cosas para cumplir este principio. Una vez renuncié a un empleo de profesora universitaria, ya que no podría hacerlo bien y al mismo tiempo ocuparme de mis hijos porque en aquella época mi marido estaba trabajando fuera de Nairobi. Cada vez que me sentía tentada de lamentar mi decisión, me decía: si Dios me pide que me interese por las almas, mi cometido tiene que empezar con mi familia.

Ahora no aceptaría un empleo lejos de casa, a menos que pudiera mudarme con la familia, sin comprometer su bienestar, por muy lucrativo que pudiera ser el empleo. El domingo lo pasamos en familia; comemos y cenamos juntos y tratamos de ir juntos a Misa.

Como no somos ricos, en vacaciones viajamos a nuestro pueblo natal donde pasamos el tiempo con mis suegros, visitamos a mi madre y a otros familiares. Cada vez que podemos permitírnoslo, organizamos una reunión para toda la familia: padres, hermanos y hermanas y sus familias. Esto significa mucho trabajo, pero me ha estimulado saber que san Josemaría mimaba la vida familiar. Nos enseñó a aprender del ejemplo de la Sagrada Familia que tuvo una vida sencilla pero esperanzadora y alegre.

Cada vez que me fallan las fuerzas, con la gracia de Dios me levanto y vuelvo a empezar tal como decía san Josemaría: “Nunc coepi”, “Ahora comienzo”.