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Testimonios

Mi vuelta a casa

Irena Kalpas, Polonia.

Varsovia, 5 de enero de 2011

Etiquetas: Abandono en Dios, 26 de junio, Polonia
No conocía a San Josemaría, ni siquiera había oído hablar de él, pero quizá él ya me conocía a mí. Fue así como se encontró conmigo en Varsovia, en la calle Filtrowa, en el aniversario de su fallecimiento, el 26 de junio a las 11 de la mañana.

Irena Kalpas en su casa
Irena Kalpas en su casa
Durante la Guerra, hace ya 66 años, fui desterrada con mi familia de Polonia. No había vuelto a la zona donde vivía de pequeña y desconocía que mi casa natal seguía en pie.

Hasta que un día cualquiera para mí entonces, el 26 de junio de 2002 –aniversario del fallecimiento de San Josemaría-, pasé por allí y me encontré con algo que cambió mi vida y con el mensaje de la posibilidad de ser santa en medio del mundo.

No conocía a San Josemaría, ni siquiera había oído hablar de él, pero quizá él ya me conocía a mí. Fue así como se encontró conmigo en Varsovia, en la calle Filtrowa, en el aniversario de su fallecimiento, el 26 de junio a las 11 de la mañana. A esa hora abría la verja de entrada al jardín de la casa de la cual, hace 58 años (el 11 de agosto de 1944) nos desterraron a mí y a mi familia en pleno conflicto bélico.

Varsovia en guerra
Varsovia en guerra
Durante todos estos años nunca había vuelto a mi casa, era un mundo que pasó. Me resultaba demasiado doloroso el recuerdo de los familiares queridos que habían sido asesinados. En mi nueva –solitaria– vida de posguerra, nunca, ni siquiera una vez, sentí el impulso de pasar por ese tramo de la calle. Hasta allí sólo me desplazaba con mis oraciones.

Pero, he aquí que sin ninguna intención, plan o previsión recorrí desde el principio hasta el final mi antigua calle y me encontré delante de la entrada de nuestra casa. Después, como en un sueño pero era totalmente real, alguien me invitó a entrar a la casa. Pasé al hall, a nuestro salón, al comedor, y –no importa la distribución fuese distinta– de repente me encontré en una preciosa capilla. Para mí eso fue un schok, y ahora veo claro que fue un milagro –San Josemaría me había llevado allí–.

De otra forma, ¡nunca hubiera conocido el Opus Dei! No se puede describir que impresionada quedé: en nuestra antigua casa había una capilla. Precisamente en el lugar donde estaba la mesa del comedor, al rededor de la cual trabajaban mi madre y mi tía -que murió trágicamente en la cámara de gas en el campo de concentración–, ahora hay un altar, donde vive Jesús en el Sagrario. Y desde el cuadro que cuelga de una pared, al lado, sonríe –con una sonrisa buena e inteligente– ¡San Josemaría! En ese momento me enteré que la casa era un Centro del Opus Dei, donde viven chicos universitarios.

Hasta entonces, el 26 de junio de 2002, todavía no sabía nada sobre San Josemaría. Pocos meses después de este descubrimiento, me atrevo a decir, que ya me había empapado de él, de su espíritu.

Vista panorámica de Varsovia
Vista panorámica de Varsovia
Un paso adelante
Pienso que San Josemaría, no sólo me dio la gracia de vivir aquella emoción tan grande, sino que me ayudó a dar un enorme paso adelante en mi mundo número uno, o sea, en mi vida interior. Me sentía tan agradecida hacia él, que tenía un imperioso deseo de conocer su vida y el espíritu del Opus Dei. Empecé a leer su biografía, a conocer su pensamiento y sus escritos. El libro Amigos de Dios pasó a ser para mí una ayuda diaria.

San Josemaría me es increíblemente cercano en su forma de pensar, en su vivir diario y en su sencillez de trato con Dios. ¡Es realmente una Obra de Dios!

He vivido muchos años, y he pasado por muchos momentos difíciles, pero siempre he sentido la protección de Dios y siempre me ha ayudado apoyarme en la fe. Y después también mi encuentro con el Opus Dei.

Es evidente que ese día me condujo San Josemaría a la que fuera mi casa en el pasado. Comencé desde ese momento a recibir formación cristiana en la Obra y al año siguiente Dios me dio la enorme gracia de la vocación. Cada día siento con más fuerza la necesidad de transmitir todo aquello que Dios me ha concedido, de contar mi descubrimiento, el paso de una vida gris a una vida de intenso trato con Dios en el día a día.

Desde entonces y hasta hoy
Poco a poco, constantemente, hasta el día de hoy, he ido conociendo y profundizando en el espíritu de la Obra, el contenido de la formación espiritual, el sentido de las prácticas de piedad –que pasaron a ser para mí no obligación sino una necesidad interior–, y va creciendo en mí el afán de hablar de este camino divino a los demás, especialmente a la gente joven.

Empecé a vivir una profunda alegría por la conciencia de la presencia de Dios junto a mí a lo largo del día. Cuando me preguntan sobre lo que más me atrajo del espíritu de la Obra, contesto sin vacilar: la alegría de vivir con Dios en cada momento de la vida diaria, en cada cosa que hacemos, que es un sencillo vivir cara a la santidad, sin nada de dramático ni artificial. Así es como lo vivo e intento transmitirlo a las personas con las que me encuentro.
En el fondo del alma me gustaría cantar y gritar: ¡Gentes!, ¿no véis cuánto os da Dios?

Ahora, en mis años de vejez, sin familia…. Le doy muchas gracias a Dios y a San Josemaría por haberme ayudado a formar parte de esta Familia.