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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Pobreza: elegir lo peor para uno mismo
Un criterio que siempre ha enseñado Mons. Escrivá de Balaguer es elegir lo peor para uno mismo. Así lo practicó, por ejemplo, cuando se trasladó a Diego de León, 14, al comienzo de los años cuarenta.
El edificio era un viejo palacete de estilo francés, en el que se vivía con gran estrechez. Desde fuera podía dar una impresión contraria, sobre todo, si se miraba con mentalidad de vida religiosa, pues su aspecto nada tenía que ver con un convento. Además, con no poco esfuerzo, pudieron instalarse poco a poco, y dignamente, las habitaciones de las dos primeras plantas del chalet. Era ésta la zona de representación. El Fundador del Opus Dei recibía a las visitas en un despacho de la primera planta, decorado con prestancia: zócalo empanelado de madera, tresillo de cuero, mesa recia de líneas clásicas, cortinas amplias. Pero en el resto de la casa se sufría mucha penuria material, y la peor habitación era la suya. Había elegido un dormitorio, muy frío en el invierno, sofocante en el verano. Estaba en la tercera planta.
Al final, se impuso el cariño de los socios de la Obra, y aprovechando que estaba fuera de Madrid –dirigiendo un curso de retiro espiritual– trasladaron sus cosas a un cuarto mejor, en la segunda planta, que habían dejado libre.
Esta habitación era más amplia. Prácticamente se conserva ahora como entonces. Sigue ahí la pobre cama de metal en que dormía. Alguna vez le propusieron buscar otra mejor, y un poco más grande, pero siempre dijo que no. La usó por última vez en mayo de 1975, un mes antes de su muerte. A un lado hay un viejo escritorio, que llamaba siempre la pianola, porque tiene, en efecto, todo el aire de las antiguas pianolas familiares. Entre otros motivos de decoración aparece un borriquillo, una fotografía hecha en la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, un globo terráqueo, y un cuadro de San Pedro, de un pintor anónimo. El pintor había querido ilustrar la figura del Apóstol con un gallo, pero le había salido un pajarraco raro. Desde Roma, en febrero de 1948, Mons. Escrivá de Balaguer encargaría en la posdata de una carta: ¡Cómo me gustaría encontrar convertido en gallo la perdiz de San Pedro que hay en mi cuarto! Al Apóstol tampoco le vendría mal un retoque...
Don Manuel Martínez Martínez le visitó un día en Diego de León, acompañando al P. Ballester, entonces Obispo de León: “Yo me quedé admirado de la austeridad con que vivían aquellos hombres; uno me parece que era secretario de ayuntamiento, otro era ingeniero; en fin, que eran personas de cierta categoría y por eso aquello me admiró más. Cuando salí me decía a mí mismo: ni un capuchino vive con la austeridad con que viven éstos”. Cuando se iban, el Fundador de la Obra le pidió que no dijera nada de lo que había visto. “No quería –dedujo don Manuel Martínez– que se supiera la vida de austeridad que aquí llevaban, y por consiguiente que nadie pudiera comentarlo”.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Salvador Bernal, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid, 1976.
El edificio era un viejo palacete de estilo francés, en el que se vivía con gran estrechez. Desde fuera podía dar una impresión contraria, sobre todo, si se miraba con mentalidad de vida religiosa, pues su aspecto nada tenía que ver con un convento. Además, con no poco esfuerzo, pudieron instalarse poco a poco, y dignamente, las habitaciones de las dos primeras plantas del chalet. Era ésta la zona de representación. El Fundador del Opus Dei recibía a las visitas en un despacho de la primera planta, decorado con prestancia: zócalo empanelado de madera, tresillo de cuero, mesa recia de líneas clásicas, cortinas amplias. Pero en el resto de la casa se sufría mucha penuria material, y la peor habitación era la suya. Había elegido un dormitorio, muy frío en el invierno, sofocante en el verano. Estaba en la tercera planta.
Al final, se impuso el cariño de los socios de la Obra, y aprovechando que estaba fuera de Madrid –dirigiendo un curso de retiro espiritual– trasladaron sus cosas a un cuarto mejor, en la segunda planta, que habían dejado libre.
Esta habitación era más amplia. Prácticamente se conserva ahora como entonces. Sigue ahí la pobre cama de metal en que dormía. Alguna vez le propusieron buscar otra mejor, y un poco más grande, pero siempre dijo que no. La usó por última vez en mayo de 1975, un mes antes de su muerte. A un lado hay un viejo escritorio, que llamaba siempre la pianola, porque tiene, en efecto, todo el aire de las antiguas pianolas familiares. Entre otros motivos de decoración aparece un borriquillo, una fotografía hecha en la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, un globo terráqueo, y un cuadro de San Pedro, de un pintor anónimo. El pintor había querido ilustrar la figura del Apóstol con un gallo, pero le había salido un pajarraco raro. Desde Roma, en febrero de 1948, Mons. Escrivá de Balaguer encargaría en la posdata de una carta: ¡Cómo me gustaría encontrar convertido en gallo la perdiz de San Pedro que hay en mi cuarto! Al Apóstol tampoco le vendría mal un retoque...
Don Manuel Martínez Martínez le visitó un día en Diego de León, acompañando al P. Ballester, entonces Obispo de León: “Yo me quedé admirado de la austeridad con que vivían aquellos hombres; uno me parece que era secretario de ayuntamiento, otro era ingeniero; en fin, que eran personas de cierta categoría y por eso aquello me admiró más. Cuando salí me decía a mí mismo: ni un capuchino vive con la austeridad con que viven éstos”. Cuando se iban, el Fundador de la Obra le pidió que no dijera nada de lo que había visto. “No quería –dedujo don Manuel Martínez– que se supiera la vida de austeridad que aquí llevaban, y por consiguiente que nadie pudiera comentarlo”.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Salvador Bernal, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid, 1976.
Relación de contenidos
- Personas de las tendencias políticas más diferentes
- El Padre comprendía de sobra todo lo que yo hubiera querido decir
- Los pasos del Opus Dei por todo el mundo
- Vivir vida de fe, de esperanza y de amor
- ¿Sabéis por qué la Obra se ha desarrollado tanto?
- Dificultades económicas
- Privaciones Continuas
- Esos muros parecen de piedra y son de amor
- VillaTevere y el Colegio Romano de la Santa Cruz
- Imitar la vida de Cristo
- La limosna de la viuda pobre
- Medios humanos y sobrenaturales
- Pobre de solemnidad
- Desprendimiento y naturalidad
- Sin la generosidad no hubiera salido adelante el Opus Dei
- Visitas a los pobres
- Suplir la falta de dinero con buen gusto
- Desprendimiento de los bienes materiales
- Pobreza en los inicios: el ejemplo de Valencia
- Pobreza: elegir lo peor para uno mismo
- Consecuencias prácticas del desprendimiento de los bienes materiales
- Una taza de loza desportillada
- Pobreza en detalles concretos
- El desprendimiento que Dios quería para el Opus Dei
- Pobreza y señorío
- El 'limpio resplandor' de un corazón pobre
- El sacrificio de Abel
- Vivir la liturgia
- Para el culto de Dios, todo el lujo, la majestad y la belleza son poco
- Riqueza en el culto: el sacrificio de Abel
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