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Panteón y Santa María ‘sopra Minerva’
Lugares de Roma (4)

Pero lo más impresionante viene cuando uno atraviesa el pórtico de vetustas columnas, penetra entre las abiertas puertas de bronce y llega al interior del templo. Descubre allí la inesperada maravilla de la luz, que afluye desde la abertura redonda del techo, resbala por las paredes cilíndricas e invade todo el espacio con su serenidad dorada, llena de majestad y reposo.
El Panteón, como su nombre indica, era el templo que los romanos habían dedicado a una pluralidad de dioses. En la forma que ha llegado hasta hoy, fue construido bajo Adriano, entre los años 118 y 128 de nuestra era. Siglos más tarde, cuando el Imperio romano ya había sido en gran parte evangelizado, el emperador Focas lo donó a la Iglesia, y en el año 609 el Papa Bonifacio IV lo transformó en la iglesia de Santa María ad Martyres. A partir de entonces, el templo fue también un gran relicario, porque el Papa quiso que custodiase los restos de millares de cristianos, muchos de ellos mártires, que hasta ese momento se encontraban en las catacumbas.
En esa época ya tardía, casi en los albores de la Edad Media, la dedicación del antiguo Pantheon pagano a los mártires ponía de manifiesto en qué alto grado la Iglesia se reconocía deudora de quienes habían sido testigos de Cristo hasta el extremo de entregar su vida por la fe. Niños como Tarsicio, vírgenes como Inés y Cecilia, madres de familia como Perpetua, ancianos como Policarpo... habían sido, en su debilidad, más fuertes que todas las legiones. Habían triunfado, como el Maestro, en la locura de la Cruz, y por eso merecían ser cantados y venerados en los siglos sucesivos.

Santa Catalina había acudido a Roma a ruegos del Papa Urbano VI, necesitado de su oración y consejo ante la gravísima crisis del Cisma de Occidente. La santa residía en una casa situada muy cerca del Panteón, acompañada por más de veinte caterinati –así llamaban a sus discípulos– que la habían seguido desde Siena.
También el Fundador del Opus Dei nutrió desde muy joven una gran devoción por los mártires que han sido en todas las Iglesias semillas de otros cristianos; así lo recordaba en un texto más reciente: "Venero con todas mis fuerzas la Roma de Pedro y de Pablo, bañada por la sangre de los mártires, centro de donde tantos han salido para propagar en el mundo entero la palabra salvadora de Cristo"1.
Santa María sopra Minerva
Detrás del Panteón, y muy cerca de la calle donde vivía Santa Catalina, se encuentra la iglesia de Santa María sopra Minerva, donde reposan sus sagrados restos, en un sarcófago situado bajo el altar mayor. Esta iglesia –la única de estilo gótico en Roma– conserva en su interior gran cantidad de obras de arte de autores muy reconocidos, pero desde finales del siglo XIV ha sido visitada ante todo por fieles deseosos de acudir a la intercesión de la gran santa de Siena.
En la Urbe, Catalina se entregó de lleno al servicio a la Iglesia y del Romano Pontífice: por invitación del Papa Urbano VI, habló durante un consistorio a los cardenales, instándoles a confiar en el Señor y a mantnerse firmes en la defensa de la verdad; escribió cartas a los reyes de los principales países de Europa, para convencerlos de que reconocieran al único y verdadero Vicario de Cristo; también se dirigió –con su estilo persuasivo, lleno de fuego– a varias personalidades de la cristiandad de aquel tiempo, animándoles a que acudieran a Roma per fare muro, para crear una muralla en torno al Papa; y pacificó a los mismos habitantes de Roma cuando, a causa de las intrigas urdidas por los cismáticos, se produjeron tumultos en la ciudad.

Interior de la iglesia de Santa María Sopra Minerva
Santa Catalina hacía suyos los sufrimientos de la Iglesia en aquellas horas difíciles. En Roma, el Señor quiso aceptar el ofrecimiento de su vida por la Iglesia, que la santa le había reiterado en muchas ocasiones. Así, agotada por el dolor que oprimía su corazón a causa del cisma que desgarraba el Cuerpo Místico de Cristo, y padeciendo además graves dolencias físicas, entregó su alma a Dios rodeada de sus discípulos, a los que no se cansaba de recomendar que viviesen la caridad fraterna y que también ellos estuviesen dispuestos a dar la vida por la Iglesia.
San Josemaría tenía devoción a Santa Catalina desde su juventud: en su honor, por ejemplo, llamó familiarmente catalinas a los cuadernos donde iba anotando apuntes de la intimidad de su alma.
Años más tarde, ante las dificultades por las que atravesaba la Iglesia, el Fundador del Opus Dei acudió a quien en una situación similar había sido una apasionada defensora de la verdad: "se me ha avivado la devoción, que en mí es vieja, a Santa Catalina de Siena" –escribía en una carta de 1964–: "porque supo amar filialmente al Papa, porque supo servir sacrificadamente a la Santa Iglesia de Dios y... porque supo heroicamente hablar"3.

Los sagrados restos de Santa Catalina de Siena se encuentran bajo el altar mayor
Notas
1. San Josemaría, Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972
2. Santa Catalina de Siena, Carta 373.
3. Carta a Florencio Sánchez Bella, citada en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, III, Los caminos divinos de la tierra, p.532
4. San Josemaría, Carta 9-I-1951, n. 8, citada en A.Vázquez de Prada, op. cit., p. 286
5. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 171
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