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Relatos biográficos

Magnanimidad, fe, "locura"

Etiquetas: Opus Dei, Virgen, Torreciudad, Josemaría Escrivá
Torreciudad es, desde hace nueve siglos, punto de encuentro de piedad mariana. San Josemaría se ha sumado a esta historia: su amor a la Virgen le llevó a promover la construcción de un santuario. Por entonces, llevar a cabo ese proyecto parecía una locura.

Javier de Mora-Figueroa conoció a san Josemaría en el año 1967, “cuando yo era oficial de la Marina de Guerra. Un detalle simpático fue que al despedirme, como iba de uniforme, me preguntó qué pensarían mis compañeros si vieran que me dejaba dar un beso por un cura. Le contesté rápidamente: pues pensarían que usted es mi padre”.

Actualmente, don Javier es rector del santuario de Torreciudad, uno de los centros de atracción más importantes de la zona de Huesca (España). Por aquí pasan miles de peregrinos de todo el mundo. Por ejemplo, con motivo de la JMJ han visitado el santuario más de 7.000 jóvenes de 40 países distintos.

¿Cómo empieza esta historia?
Barbastro, 1904. Un niño de dos años está al borde de la muerte por una enfermedad aguda. El médico advierte a sus padres que el niño, desgraciadamente, no pasará de esa noche y que él acudiría a su casa por la mañana para saber a qué hora había sido la defunción. Pero al día siguiente, al llegar el médico y preguntar la hora de la muerte, le pasan a una habitación donde el niño salta en su cuna alegremente, totalmente recuperado.

Es sabido que ese niño se llamaba Josemaría Escrivá de Balaguer y que su curación fue debida a que su madre, Doña Dolores, había acudido a la intercesión de la Virgen, haciendo la promesa de ir en peregrinación a la imagen que se veneraba en la ermita de Torreciudad si el niño curaba.

Pasan los años y san Josemaría guarda en su alma el deseo de hacer un santuario a la Virgen, para incrementar su devoción y poner a disposición del pueblo cristiano otra casa más de Nuestra Señora donde acudir a pedir gracias, a consolarse o a agradecer los beneficios recibidos por su mano.

Este verano, han pasado por aquí más de 7.000 jóvenes de todo el mundo
Este verano, han pasado por aquí más de 7.000 jóvenes de todo el mundo
San Josemaría decía que los milagros que deseaba en este santuario eran la conversión y la paz para muchas almas. ¿En qué consisten estos milagros?
Pienso que san Josemaría se refería, principalmente, a dos tipos de milagros: personas que se confiesan, incluso después de muchos años, y no católicos que deciden abrazar la plenitud de la vida en la Iglesia. Muchas personas que acuden por motivos turísticos, acaben preguntándose ¿por qué he terminado reconciliándome con Dios? La mayoría responderá: “la Virgen me ha empujado”.

Desde que san Josemaría acudió por primera vez a Torreciudad siendo niño hasta que pudo realizar el sueño de levantar este santuario a la Virgen pasaron sesenta y seis años. Nunca es tarde... ¿Ha habido personas que hayan decidido cambiar de vida después de años de haber visitado Torreciudad?
Respondo con una historia. Un día, una chica de un país nórdico que hacía de intérprete para sus compañeros de peregrinación, se emocionó hasta llorar sin recato. Cuando le pregunté por qué se había conmovido, me contó que hacía años había estado cerca de Torreciudad pero los monitores del campamento no le habían dejado entrar porque “eran supersticiones de los católicos”.
Ella -dijo- sabía que María era la Madre de Jesús. Además, como cristiana creía que Jesucristo era Dios; luego, María también era la Madre de Dios. Entonces, desde lejos, le dijo a la Virgen: enséñame el camino de la verdad. Al volver a su país estudió la doctrina católica y se convirtió al catolicismo. Terminó diciéndome: “y ahora, por fin, he podido venir a Torreciudad para darle las gracias a la Virgen. ¿No cree que es para emocionarse?”

Los arquitectos conocían el deseo del Fundador del Opus Dei: no hacer una estructura pequeña, angosta, pues Torreciudad debía acoger a mucha gente. Esta petición se pueden leer como una manifestación de magnanimidad, como una “locura”... ¿o como las dos cosas?
Son palabras de fe y amor. El 23 de mayo de 1975 san Josemaría llegó de nuevo a Torreciudad. Pudo ver prácticamente terminado el santuario y no quiso ocultar su satisfacción: “con material humilde, de la tierra, habéis hecho material divino”. Poco después, en su humildad, se le oyó decir: “Me parece un sueño; y es que soy hombre de poca fe”. Cuando vio el retablo, casi terminado, se le iluminó el rostro con una sonrisa emocionada: “Es todo un señor retablo… ¡Bien!. Sólo los locos (...) hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos... ¡Muy bien!”

Como recuerda su sucesor Mons. Álvaro del Portillo, “en cierto modo, la última piedra de su devoción mariana fue el santuario de Torreciudad (...). Quiero subrayar que la misma idea de edificar este santuario al final de los años sesenta, constituyó una prueba verdaderamente extraordinaria de su fe: por el esfuerzo económico que exigía; porque eran años de evidente crisis en la piedad popular; por su ubicación, fuera de toda ruta turística y lejos de una gran ciudad; en fin, por hacer una amplia cripta de confesonarios en un período en que decaía la práctica de la confesión”.

El santuario está enclavado en la misma zona de hace 100 años ¿sigue siendo un sitio “a desmano”?
No es un sitio aislado. Tenemos autopistas desde las principales ciudades españolas, tres aeropuertos cercanos, la línea de trenes de alta velocidad, llega hasta Huesca, etc. De hecho con motivo de la JMJ han pasado por aquí 7.000 jóvenes de 40 países distintos: Rusia, Singapur, de todos los países de América y Europa, desde Hong Kong, Macao o la isla de Guam, Siria, etc.

Aun así, ¿todo esfuerzo es poco?
El 7 de abril de 1970 Mons. Escrivá viajó a Torreciudad. Volvía por primera vez al lugar donde sus padres le habían traído para dar gracias a la Virgen por su curación. Manifestó que venía dolorido por no haber vuelto antes, y quiso hacer una romería, caminando descalzo desde un kilómetro antes de llegar a la vieja ermita.
A la izquierda, una panorámica actual de santuario. A la derecha, san Josemaría, de romería a la Virgen de Torreciudad.
A la izquierda, una panorámica actual de santuario. A la derecha, san Josemaría, de romería a la Virgen de Torreciudad.
Cuando, después de rezar dos partes del rosario le animaron a calzarse, contestó: Después de sesenta y seis años es bien poca cosa lo que estoy haciendo por la Virgen. Hay muchos pastores que van descalzos todos los días por estos riscos. No hago nada extraordinario.

Era una época en la que san Josemaría sentía, de modo particularísimo, la urgencia de acudir a Dios por medio de la Virgen, con una oración vibrante y confiada, para que pusiera remedio a tantas necesidades de la Iglesia. Ya el año anterior había visitado cinco santuarios marianos de Europa. Después de Torreciudad viajó a Fátima y, al mes siguiente, cruzó el Atlántico para postrarse a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe.